miércoles, 1 de septiembre de 2010

COMPORTAMIENTO DEL PROFETA (S.A.W.) CON LOS NIÑOS Y JÓVENES : La educación

Autor : Muhammad ‘Alî Chenârânî
Traducido del persa por : Sumeia Younes 
Capítulo I
«Ser afectuoso con los niños forma parte de los comportamientos particulares del Profeta (s.a.w.).»




“Respetad a vuestros hijos y comportaos con ellos educadamente y de manera agradable.” 

- Del Noble Profeta del Islam (s.a.w.) -

La importancia de la educación

         Desde el momento de su nacimiento hasta que se separa del ámbito familiar y comienza una vida en común con los demás, el niño debe atravesar dos etapas formativas:
            1 – La etapa de la niñez, que abarca desde el primer año de edad hasta los siete años. En esta etapa el niño no está del todo preparado para recibir una educación directa puesto que él no conoce su propio mundo.
            2 – Desde los siete a los catorce años. En esta etapa el intelecto se desarrolla progresivamente y se prepara para la actividad intelectual, y puede aprender y recibir instrucción.
            En la primera etapa la educación debe ser indirecta, y la orden y prohibición de carácter formativa jamás debe estar acompañada de una presión psíquica, sino que el niño se familiariza con la educación y la instrucción a través de quienes lo rodean, y fundamentalmente es de esa manera que se disponen sus primeras bases morales y registra y graba en su mente buenos recuerdos y conductas apropiadas de su entorno.
            En la segunda etapa no ha de permitírsele al niño hacer su parecer ni se debe pasar por alto sus desobediencias, sino que se debe contener sus insolencias, enseñarle el orden y la disciplina y refrenar sus travesuras, evitando que desperdicie el tiempo, e incentivándolo a realizar actos devocionales y beneficiosos.[1]
Lamentablemente, la mayoría de la gente no sabe desde cuándo debe comenzar con la educación de sus hijos. Algunos padres creen que ésta debe comenzar después de completados los seis años, y otros son de la opinión de que se debe comenzar su educación a partir de los tres años de edad. Pero son ideas equivocadas, puesto que al cumplir los tres años ya están formadas el 75% de las buenas y malas cualidades del niño.
Algunos psicólogos creen que se debe comenzar con la educación del niño desde el primer día de su vida. Otros, son precavidos hasta cierto punto y consideran que debe comenzarse con la educación del niño desde el primer día del segundo mes de vida; pero tras investigaciones científicas precisas llevadas a cabo en la Universidad de Chicago, se llegó a la siguiente conclusión:
“Todo niño sano alcanza el 50% de su nivel de comprensión a los cuatro años de edad, el 30% a los ocho años, y el 20% a los diecisiete. Entonces, el niño de cuatro años posee el 50% del poder de comprensión, y los cambios que se dan entre los dos y tres años es, por mucho, mayor y más importante que los cambios que ocurren entre los ocho y nueve años”.[2]

¿Por dónde comenzamos para educar al niño?

         A fin de que la enseñanza y la educación sean beneficiosas, se debe comenzar mucho antes de lo que generalmente hoy se piensa, es decir, desde las semanas posteriores al nacimiento. En primer lugar se debe prestar atención únicamente a las cuestiones fisiológicas, y después del primer año a las cuestiones psicológicas.
            Un punto digno de considerar es que el valor del tiempo no es el mismo para el niño, puesto que el período de un día a la edad de un año es, por mucho, más largo de lo que lo es a la edad de treinta años, y quizás capte seis veces más los sucesos fisiológicos y psicológicos. Por lo tanto, no se debe dejar pasar este período tan significativo de la infancia sin ser aprovechado. Es muy probable que a lo largo de los primeros seis años de vida sea más determinante el resultado de observar pautas y normativas de vida.[3]
Es por ello que Hadrat ‘Alî (a.s.) dijo:
“Quien no aprende durante la infancia no puede prosperar en la adultez.”[4]
            Por lo tanto, el período de la infancia es la mejor época para aprender el modo y método correcto de vida, puesto que el poder de imitación, recepción y aprendizaje del niño es poderosísimo. En este período de su vida el niño graba en su interior todos los movimientos, palabras y comportamientos de quienes lo rodean con toda precisión, cual una película fotográfica.
            Es por ello que al mismo tiempo que el cuerpo del niño se desarrolla y perfecciona, se debe orientar su psiquis de forma correcta para que las cualidades elogiables se dispongan en su ser, puesto que es muy difícil modificar las conductas morales de los niños que no han sido educados con un método adecuado.
            Las personas más felices y afortunadas son aquéllas que desde el principio crecieron con una educación correcta y sana, y los atributos exaltados y valiosos se les han fijado en cuerpo y alma.
            Algunos psicólogos consideran al niño como un arbusto pequeño cuyo estado pueden cambiar fácilmente los jardineros mediante programas correctos. Pero es muy difícil corregir a quienes, al igual que un árbol añoso, se acostumbraron a una formación baja e indeseable, y aquel que desee cambiar el comportamiento de este tipo de personas deberá soportar muchas dificultades.[5]

El Profeta es el modelo de la gente

            Dice Dios en el Corán:
«Realmente tenéis en el Mensajero de Dios un excelente ejemplo.»[6]
            A lo largo de la historia, el Noble Mensajero del Islam (s.a.w.) fue el más grande modelo para la humanidad, puesto que, antes de ser maestro y guía de la gente a través de su lengua, fue el mejor educador y líder a través de su conducta personal.
            La personalidad del Profeta (s.a.w.) no sólo conforma un ejemplo para una época, una generación, una nación, una religión, o un lugar en particular, sino que conforma un símbolo universal y eterno para toda la gente de todos los tiempos.
Considerando y basándonos en testimonios y pruebas fiables, seguidamente analizaremos el comportamiento y métodos prácticos que el Noble Mensajero (s.a.w.) aplicaba con relación a los niños:

Brindar consideración al niño

            En el mundo actual se le da mucha importancia al niño; el Estado le pone sumo cuidado a la educación de los niños y al respeto por su personalidad en la familia y sociedad, pero aún así, el mundo de hoy no otorga una atención a la educación de los niños tal como lo hacía el gran Profeta de los musulmanes.
            Aún cuando a veces los gobernantes y dirigentes de los países avanzados visitan orfanatos y jardines de infantes y pasan una o dos horas con los niños, e incluso a veces los alzan y se toman fotografías y filmaciones de estas escenas, escribiéndose muchos artículos al respecto y reflejando así en la opinión pública su grado de respeto hacia los niños, a pesar de ello hasta ahora ninguna persona ha mostrado tanto afecto, ni ha amado ni abrazado a los niños de la manera que lo hizo el Noble Profeta del Islam (s.a.w.), con tanta simpleza y dulzura, en las arterias y calles. El Profeta (s.a.w.) sentía un amor especial por todos los niños, ya sean éstos sus hijos o los de los demás; es así que escribieron respecto a él:
“Ser afectuoso con los niños forma parte de los comportamientos particulares del Profeta (s.a.w.).”[7]
El resto de los líderes religiosos e Imames de la Shî‘ah continuaron esta misma práctica, y brindaban consideración a los niños. A continuación mencionaremos algunos casos:

1.    Hacer preguntas al niño

Hadrat ‘Alî (a.s.) siempre formulaba preguntas relacionadas al saber a sus hijos en presencia de la gente, y en algunos casos dejaba a su cargo la respuesta a las preguntas de la gente.
Cierto día ‘Alî (a.s.) hizo algunas preguntas respecto a varios temas a sus hijos, el Imam Al-Hasan y el Imam Al-Husein (a.s.), y cada uno de ellos, con expresiones cortas, le respondieron sabiamente. En ese momento ‘Alî (a.s.) se percató de la presencia de una persona llamada Hâriz Al-A‘uar en la reunión y le dijo:
“Enseña estas palabras sabias a tus hijos, puesto que fortalecerán su intelecto, mente y pensamiento.”[8]
            Con este accionar, Hadrat ‘Alî (a.s.) respetó a sus hijos de la mejor manera, originando en su ser mayor carácter e independencia.

2.    Buen trato

            Uno de los factores fundamentales con los que se brinda consideración al niño es el buen trato y las buenas maneras para con él, lo cual explicó el Mensajero de Dios (s.a.w.) en una expresión muy breve, ordenándoles abiertamente a sus seguidores a llevarla a cabo: “Respetad a vuestros hijos y comportaos con ellos educadamente y de manera agradable.”[9]
Por lo tanto, quienes pretendan que sus hijos tengan personalidad deben, de seguro, orientarlos con una enseñanza adecuada, evitando dirigirse a ellos con una conducta mala, desagradable y ofensiva, porque con maneras desagradables jamás podrán educar hijos dignos y con personalidad.

3.    Cumplir con las promesas

Cumplir con las promesas es uno de los factores que origina confianza en el niño y que es muy efectivo en desarrollar su personalidad. Los justos Imames del Islam hicieron muchas recomendaciones respecto a los niños. Seguidamente mencionaremos algunos ejemplos:
Dijo Hadrat ‘Alî (a.s.): “No es apropiado que la persona mienta, ya sea que lo haga en serio o en broma. No es apropiado que alguien le prometa algo a su hijo y no le cumpla.”[10]
Dijo ‘Alî (a.s.): Dijo el Mensajero de Dios (s.a.w.): “Si alguno de vosotros promete algo a su hijo, debe cumplirlo y no infringir su promesa.”[11]
En las fuentes y documentaciones de hadices de la Shî‘ah se transmitieron innumerables narraciones de boca de los honorables Imames de Ahl-ul Bait (a.s.) respecto al tema del cumplimiento de las promesas por parte de los padres, pero para ser breves nos abstendremos de mencionarlas.

4.    Familiarizar al niño con las dificultades

Otra de las maneras de brindarles carácter a los niños es por medio de familiarizarlos, especialmente a los varones, con las dificultades, a fin de que en el futuro puedan hacer frente a los problemas, puesto que los niños deben percatarse en la práctica que para obtener algo se requiere de esfuerzo y denuedo, y si un niño no está familiarizado con los problemas y dificultades, en el futuro se perturbará ante las diversas adversidades de la vida, y finalmente se desanimará. Esta realidad también fue explicada en las narraciones de los líderes de la religión.
Dijo el Imam Mûsa ibn Ÿa‘far (a.s.): “Es mejor que el niño se enfrente en la niñez con las dificultades y los problemas inevitables de la vida -que es el precio que hay que pagar por la vida- a fin de que sea tolerante y paciente durante su juventud y adultez.”[12]
Cabe mencionar que el hecho de familiarizar al niño con los problemas no debe ocasionarle inconvenientes; es decir, los trabajos que se le deleguen no deben sobrepasar sus capacidades. Por lo tanto, se debe tener en cuenta la capacidad del niño.
El Mensajero de Dios (s.a.w.) mencionó cuatro puntos a este respecto:
1- Aceptar lo que el niño realizó de acuerdo a sus capacidades.
2- No requerir del niño aquello que para él resulta engorroso e insoportable.
3- No inducirle a pecar y desobedecer.
4- No mentirle y no actuar tontamente frente a él.[13]
En otras narraciones se transmitió lo siguiente:
Cierto día, cuando el Mensajero de Dios (s.a.w.) tenía siete años, le preguntó a su nodriza y madre de leche (Halîmah As-Sa‘dîiah): “¿Dónde están mis hermanos?” (debido a que él se encontraba en casa de Halîmah, llamaba hermanos a los hijos de ésta). Ella respondió: “¡Querido hijo! Ellos llevaron a pastar a los corderos con los que Dios nos agració por la bendición de tu presencia aquí”. Dijo el niño: “¡Madre! No te comportaste en forma justa con relación a mí”. La madre preguntó: “¿Por qué?”. Dijo: “¿Acaso es apropiado que yo me quede bajo la sombra de la tienda bebiendo leche, mientras mis hermanos se encuentran en el desierto bajo los ardientes rayos del sol?”.[14]

5.    Valorar el trabajo del niño

         Además de todo lo que el Mensajero de Dios (s.a.w.) dijo a sus seguidores respecto a educar a los niños y brindarles consideración y carácter, él mismo aplicó todos esos puntos. Una de las prácticas del Profeta (s.a.w.) consistía en valorar los trabajos de los niños.
            Se transmitió de ‘Amr ibn Huraiz que dijo: El Mensajero de Dios (s.a.w.) pasó junto a ‘Abdul·lâh ibn Ÿa‘far ibn Abî Tâlib, y a pesar de que éste era un niño, el Profeta (s.a.w.) suplicó por él de la siguiente manera: “¡Dios mío! Agrácialo con bendiciones en las transacciones o el comercio.”[15]

6.    Ponerse de pie ante los niños

Uno de los métodos utilizados por el Noble Mensajero del Islam (s.a.w.) y por medio del cual brindaba consideración a los niños, es que a veces, por respeto a sus hijos, prolongaba la prosternación de la oración, y otras, por consideración a los hijos de los demás, finalizaba rápidamente la oración, respetando en ambos casos a los niños, y dando a la gente una lección práctica de cómo formar la personalidad de aquéllos.
Cierto día el Profeta (s.a.w.) estaba sentado cuando entraron el Imam Al-Hasan y el Imam Al-Husein (a.s.). El Mensajero de Dios (s.a.w.) se levantó de su lugar por respeto a ellos y permaneció de pie, esperándolos, pero debido a que los niños eran aún lentos en su andar, se tardaban en llegar, por lo que el Profeta (s.a.w.) se dirigió hacia ellos y les recibió. Abrió sus brazos, los alzó a ambos sobre sus hombros y se echó a andar, mientras decía: “¡Oh hijos queridos! ¡Qué buena cabalgadura es la vuestra, y vosotros, qué buenos jinetes!”.[16]
         El Profeta (s.a.w.) también se incorporaba completamente ante Hadrat Az-Zahrâ’ (a.s.).[17]

7.    Vislumbrar el futuro de los niños

            Cierto día el Imam Al-Muÿtabâ (a.s.) llamó a sus hijos y sobrinos y les dijo: “Vosotros hoy sois los niños de la sociedad; se espera que en el futuro seáis los adultos de la sociedad. Así pues, esforzaos en obtener el conocimiento y el saber. Cuando alguno de vosotros no pueda retener en su mente y memoria los asuntos relativos al saber, escribidlos y guardad esos escritos en vuestras casas para que los utilicéis cuando os hagan falta”.[18]
         Como pueden observar, el Imam Al-Muÿtabâ (a.s.) tuvo en consideración el futuro de los niños, familiarizando a los padres y madres con esta realidad. Por lo tanto, los líderes de la religión ponían atención al futuro de los niños, tal como leemos también en un hadîz:           
            Un hombre de los Ansâr, que tenía varios hijos, falleció. Él tenía cierto capital que gastó a finales de su vida en asuntos devocionales y para atraer la complacencia de Dios. Ese mismo día, sus hijos tuvieron que pedir ayuda a la gente para vivir. Esto llegó a oídos del Profeta (s.a.w.), quien preguntó: “¿Qué hicisteis con su cuerpo?”. Dijeron: “Lo enterramos”. Dijo el Profeta (s.a.w.): “Si me hubiese enterado de esto antes no habría permitido que lo enterraseis en el cementerio de los musulmanes, desde que él gastó todos sus bienes y riquezas y dejó a sus hijos mendigando entre la gente.”[19]

8.    Enseñarles las normas (ahkâm) de la religión

            La adoración, la súplica y alabanzas que los niños realizan a título de ejercitación ante la Presencia de Dios, deja un brillante efecto en su interior, si bien es posible que ellos no entiendan los significados de los términos y expresiones de la oración. Aún así, en ese mismo mundo infantil suyo comprenden el hecho de la atención a Dios, de dirigir letanías, de pedir ayuda al Creador, de suplicar y requerir ante la Presencia divina, y de sosegar el corazón en Dios y Su Infinita misericordia, sintiendo en su interior un refugio para sí, y un sosiego en su corazón durante las dificultades y al enfrentarse a las contingencias, tal como dice Dios Altísimo:
«Quienes creen y cuyos corazones se sosiegan con el recuerdo de Dios. ¿No es acaso cierto que con el recuerdo de Dios se sosiegan los corazones…?».[20]
            Para que los niños desde el comienzo sean educados creyentes y adoradores de Dios, es necesario que se establezca una armonía entre su cuerpo y alma desde el punto de vista de la fe; es por ello que el Islam ordenó a los padres dirigir a sus hijos hacia Dios y enseñarles la adoración a Dios y las instrucciones religiosas, y por otro lado, ordenó que se imponga a los niños la realización de la oración y los actos devocionales a modo de ejercitación.
            Mu‘awîiah ibn Wahab preguntó al Imam As-Sâdiq (a.s.): “¿A qué edad debemos imponerles a los niños realizar la oración?”. El Imam (a.s.) le respondió: “Estimuladles a realizar la oración entre los seis y siete años.”[21]
         Dijo el Mensajero de Dios (s.a.w.) en un hadîz: “Ordenad a vuestros hijos la oración a los siete años.”[22]
         En otra narración, el Imam Al-Bâqir (a.s.) explicó de la siguiente manera la responsabilidad que tienen los padres y madres en cuanto a la educación religiosa de los niños en las diferentes edades de los mismos:
            “A los tres años enseñadle al niño la expresión de Tawhîd (Unicidad): Lâ ilâha il·la-l·lâh (No hay divinidad sino Dios). A los cuatro años enseñadle: Muhammad Rasûl-ul·lâh (Muhammad es el Mensajero de Dios). A los cinco años orientad su rostro hacia la Qiblah y ordenadle que disponga su cabeza en prosternación. A los seis años enseñadle de forma correcta a realizar el Rukû‘ (inclinación) y el Suÿûd (prosternación). A los siete años decidle al niño: Lava tus manos y rostro (haz el Wudû) y realiza la oración.”[23]
         Los padres, madres y maestros deben tener en cuenta que la religión constituye su mayor ayuda y auxiliar, puesto que la fe es como una antorcha encendida que ilumina los caminos más oscuros, sensibiliza y despierta las conciencias, y donde sea que exista una desviación, puede guiar sencilla y fácilmente hacia la verdad y la felicidad.

Los efectos de una correcta educación en el niño

         La correcta educación de los niños ocasiona que tengan independencia de voluntad y desarrolla en ellos la confianza en sí mismos, y el respeto los convierte en individuos con personalidad, puesto que un niño que desde el comienzo se percata de su valor, cuando crece no se siente inferior, tal como se transmitió en las narraciones islámicas sobre que: el niño y su corazón son como una tierra desprovista de semillas y plantas, por lo que, acepta a la perfección cualquier semilla que se siembre en ella, y la hace crecer en su interior.[24]
            A título de ejemplo, la personalidad de ‘Alî (a.s.) alcanzó la cima del florecimiento por efecto de haber sido educado en el regazo colmado de misericordia y amor del Mensajero de Dios (s.a.w.). A pesar de que, desde el punto de vista físico y psíquico ‘Alî (a.s.) no era un niño común y corriente, sino que en su existencia se encontraban aptitudes especiales, no se deben ignorar los cuidados especiales del Profeta (s.a.w.).
            Otro de los efectos de la correcta educación del niño es que lo forma valiente e intrépido, lo cual podemos observar muy bien en la formación del Imam Al-Husein (a.s.).
            Dijo Ibn Shahâb: “Un día viernes el segundo Califa de los musulmanes se encontraba sobre el púlpito, cuando el Imam Al-Husein (a.s.), que era un pequeño niño, entró a la Mezquita y dijo: “¡Oh ‘Umar! ¡Bájate del púlpito de mi padre!”. ‘Umar lloró y dijo: “¡Tienes razón! Éste es el púlpito de tu abuelo. ¡Espera, sobrino!”. El Imam Al-Husein (a.s.) tomó la ropa de ‘Umar, y mientras la tironeaba, decía: “¡Bájate del púlpito de mi abuelo!”. ‘Umar, tras verse obligado a cortar su discurso, se bajó del púlpito y realizó la oración. Tras concluida la oración mandó llamar a Imam Al-Husein (a.s.). Apenas Al-Husein (a.s.) llegó, ‘Umar le preguntó: “¡Sobrino! ¿Quién te ordenó que me trates así?”.
            El Imam Al-Husein (a.s.) dijo: “Nadie me ordenó hacer eso”; y repitió esta frase tres veces, siendo que el Imam Al-Husein (a.s.) aún no había llegado a la pubertad.[25]
            Se transmitió en la biografía de Imam Al-Ÿawuâd (a.s.), que tras el fallecimiento del Imam Ar-Ridâ (a.s.), Al-Ma’mûn -el Califa de turno- llegó a Bagdad. Cierto día que se dirigía a cazar, llegó a una región donde tres niños jugaban. El Imam Al-Ÿawuâd (a.s.), el honorable hijo del Imam Ar-Ridâ (a.s.), que en ese entonces tenía unos once años, también estaba parado entre los niños. Cuando Al-Ma’mûn y sus parientes llegaron allí, todos los niños escaparon, pero el Imam Al-Ÿawuâd (a.s.) se quedó parado allí. Cuando el Califa se le acercó, lo miró y se vio sumamente atraído por su rostro. Se detuvo y le preguntó: “¿Qué es lo que ocasionó que no te fueras con el resto de los niños?”.
            El Imam Al-Ÿawuâd (a.s.) le respondió inmediatamente: “¡Oh Califa de los musulmanes! El camino no es estrecho como para que con mi partida lo ensanche para dar paso al Califa. Tampoco cometí ningún delito como para huir por temor a ser castigado. Yo presumo bien del Califa y me imagino que no causa ningún daño a los inocentes. Es por ello que me mantuve de pie en mi lugar y no huí”.
            Al-Ma’mûn se sorprendió por esas palabras lógicas y sólidas, y por su atractivo y cautivador rostro. Le preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Le respondió: “Muhammad”. Le preguntó: “¿Quién es tu padre?”. Respondió: “‘Alî ibn Mûsâ Ar-Ridâ (a.s.).”[26]


[1] Bâ Tarbîiât-e Maktabî Ashnâ Shavîm, pp. 77 y 78.
[2] Ravânshenâsî-e Kudak, p. 77.
[3] Râh va Rasm-e Zendeguî, p. 118.
[4] Gurar al-Hikam, p. 697.
[5] Kudak az Nadzar-e Verâzat va Tarvîiat, pp. 223 y 224.
[6] Sûra al-Ahzâb; 33: 21.
[7] Al-Mahaÿÿat al-Baidâ’, t. 3, p. 366.
[8] Bihâr al-Anwâr, t. 35, p. 350; Al-Bidâiah wa an-Nihâiah, t. 8, p. 37.
[9] Bihâr al-Anwâr, t. 104, p. 95, hadîz nº 44.
[10] Bihâr al-Anwâr, t. 72, p. 295; Amâlî as-Sadûq, p. 252.
[11] Mustadrak al-Wasâ’il, t. 2, p. 626; Wasâ’il ash-Shî‘ah, t. 5, p. 126, antigua impresión.
[12] Wasâ’il ash-Shî‘ah, t. 5, p. 126.
[13] Al-Kâfî, t. 6, p. 50.
[14] Bihâr al-Anwâr, t. 15, p. 376.
[15] Maÿma‘ az-Zawâ’id, t. 9, p. 286.
[16] Bihâr al-Anwâr, t. 43, p. 285, t. 51; Manâqib ibn Shahr Ashûb, t. 3, p. 388.
[17] As-Sîrah al-Halabîiah, t. 3, p. 48.
[18] Bihâr al-Anwâr, t. 43, p. 25, hadîz nº 22.
[19] Qurb al-Isnâd, p. 31.
[20] Sûra ar-Ra‘d; 13: 28.
[21] Wasâ’il ash-Shî‘ah, t. 2, p. 3.
[22] Mustadrak al-Wasâ’il, t. 1, p. 171.
[23] Makârim al-Ajlâq, de Tabarsî, p. 115.
[24] Nahÿ al-Balâgah, ordenación de Feiz, Carta nº 31, p. 903.
[25] Ta’rîj al-Madînah al-Munawuarah, t. 3, p. 799.
[26] Bihâr al-Anwâr, t. 50, p. 91; Kashf al-Gummah, t. 4, p. 187.

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