sábado, 2 de octubre de 2010

La Ética del Imam Al-Hasan (a.s.)

Autor: Bâqer Sharîf Al-Qurashî
Traducido del árabe por: Feisal Morhell

Asamblea Mundial de Ahl-ul Bait (a.s.) 
E
l Imam Al-Hasan es una de las personalidades sin parangón de la Pura Descendencia del Profeta (s.a.w.) y uno de sus luminosos astros. Es la flor de excelente perfume del Mensajero de Dios (s.a.w.), el “Señor de los Jóvenes del Paraíso”, y posee la condición de Imam, “ya sea que se levante o permanezca sentado (esto es, asuma un abierto liderazgo o no)” -según lo pronunciado en las narraciones en honor a él por su abuelo el Mensajero de Dios (s.a.w.)-. 

Al-Hasan -la paz de Dios sea con él- conforma el gran ejemplo de las elevadas virtudes y de sublimidad interior. Esto lo testimonian incluso sus más acérrimos enemigos como Marwân Ibn Al-Hakam cuando procedió a atacar [con flechas] su cuerpo inerte y el Imam Al-Husain (a.s.) se lo recriminó diciéndole: “¿Atacas su cuerpo [ya muerto] y he ahí que [en vida] solías hacerle padecer tormentos y dolores?”; a lo cual replicó: “Solía hacer eso con aquel cuya indulgencia equivalía lo que las montañas”.

De cualquier manera, ésta es sólo una breve exposición de lo que los narradores han transmitido sobre él en lo concerniente a las elevadas virtudes, su trato equitativo y su elevada moral. Veámoslo a continuación:

Las más elevadas virtudes

El Imam (a.s.) se refirió a las más elevadas virtudes y a los buenos atributos diciendo:
“Las más elevadas virtudes son diez: la veracidad, dar al mendigo, el buen carácter, corresponder las acciones, estrechar los vínculos de parentesco, asistir al vecino, reconocer la verdad a su dueño, ser hospitalario con el invitado, y a la cabeza de todas ellas se encuentra el pudor”.[1]
Estas cualidades conforman las bases de la perfecta moral, la cual eleva al ser humano, haciendo que florezca su personalidad.
Cierto día Mu‘âwîiah le dijo:
- ¡Oh Abâ Muhammad! Hay tres cualidades sobre las cuales no encuentro quién me responda.
- ¿Cuáles son? – preguntó el Imam (a.s.).
- La hombría de bien, la generosidad y la valentía -respondió.
El Imam le habló sobre las mismas diciendo:
“En cuanto a la hombría de bien, es que el hombre corrija los asuntos concernientes a su religión, que utilice correctamente sus bienes, que promueva la paz, y que muestre su afecto a la gente.
La generosidad, es brindar la dádiva antes de que sea requerida, donar lo bueno y alimentar durante la sequía.
La valentía, es defender al vecino, brindar respaldo en la adversidad y ser paciente ante las dificultades”.[2]
Las palabras del Imam (a.s.) expresan la realidad de estos atributos los cuales forman parte de las más elevadas virtudes.
Llegó una persona y le preguntó: “¡Oh hijo del Mensajero de Dios! ¿Quién es el mejor de la gente?”.
Dijo (a.s.): “Quien hace participar a la gente de sus medios de vida”.[3]
La respuesta del Imam (a.s.) denota la realidad de “la generosidad”, la cual constituye el más elevado de los atributos morales.

Las viles conductas morales

El Imam se refirió a las viles conductas morales que rebajan al ser humano al nivel más abyecto. Dijo (a.s.):
“La perdición de la gente se encuentra en tres cosas: la soberbia, la codicia y la envidia”.
El Imam esclareció cómo es que la perdición de la gente se encuentra en esas actitudes, diciendo:
“La soberbia: en ello se encuentra la devastación de la religión y por ello fue que Satanás fue maldito. La codicia: es el enemigo del alma, y por ello Adán fue expulsado del Paraíso. La envidia: es la vanguardia del mal, y por eso fue que Caín mató a Abel”.[4]
Estas actitudes son las madres de las vilezas que empujan a la persona a cometer crímenes y actos perniciosos. Además, él (a.s.) advirtió respecto al mal carácter diciendo: “Peor que la desgracia es poseer mal carácter”.[5]
Ciertamente que el mal carácter arrastra al ser humano a las dificultades y a las discordias, y le precipitan en un terrible mal.

Sus más elevadas virtudes

El Imam Al-Hasan (a.s.) se asemejaba a su abuelo el Mensajero (s.a.w.) en lo concerniente a lo elevado de su moral, la cual era un ejemplo de la misericordia divina que llena los corazones de esperanza y compasión. Las siguientes son facetas de su moral:

1- Su humildad

En cuanto a humildad y negación del ego, el Imam Al-Hasan (a.s.) fue único en su tiempo. Los siguientes son ejemplos de ello:
1. El Imam (a.s.) pasaba junto a un grupo de indigentes que habían dispuesto en el suelo trozos de pan que estaban comiendo, cuando le invitaron a compartir eso con ellos, y él acepto su invitación mientras decía:
“Por cierto que Dios no ama a los soberbios”.
Cuando acabó de comer con ellos les pidió que aceptaran ser sus invitados, y les alimentó, les dio prendas de vestir y les colmó de su benevolencia y generosidad.[6]

2. Entre las muestras de su humildad está que pasó junto a unos niños que se encontraban comiendo y éstos le invitaron a compartir su comida. Él aceptó y luego les llevó a su casa y les dispensó de su generosidad y magnanimidad. Y dijo:
 “Ellos tienen más distinción, puesto que no tenían más que aquello con lo que me convidaron, en tanto que nosotros podemos encontrar más de aquello con lo que les alimentamos”.[7]

3. Entre las grandes muestras de su humildad está que, cierta vez estaba sentado en un lugar y se proponía a marcharse, y he ahí que llegó hacia él un pobre. Él lo recibió y le atendió gentilmente, y le dijo:
“Ciertamente que te sentaste cuando nos proponíamos levantarnos, ¿me permites marcharme?”.
El pobre le dijo: “¡Por supuesto, oh hijo del Mensajero de Dios!”.[8]
La humildad es un indicio de la elevación y perfección de la persona. En el hadîz leemos: “La humildad no hace sino incrementar la elevación del siervo; así pues, sed humildes; que Dios tenga compasión de vosotros”.

2- Su indulgencia

La flor de excelente perfume del Mensajero de Dios (s.a.w.) se contaba entre los más indulgentes de la gente, de manera que confrontaba a quien le hacía mal mediante el perdón y la benevolencia. Entre las señales de su indulgencia:

1. Pasó junto al Imam (a.s.) una persona de la gente de Siria, de entre aquellos a quienes Mu‘âwîiah había nutrido con el aborrecimiento y rencor por Ahl-ul Bait (a.s.), la Familia del Profeta (s.a.w.); es por ello que confrontó al Imam (a.s.) mediante insultos y maldiciones, en tanto él se mantenía en silencio, sin responderle nada. Cuando aquel hombre hubo terminado sus insultos, el Imam (a.s.) se dirigió a él con una rebosante sonrisa y le dijo:
“¡Oh anciano! Creo que eres forastero. Si requieres algo de nosotros te lo brindaremos. Si nos pides orientación te orientaremos. Si nos pides que te carguemos algo lo haremos. Si estás hambriento te alimentaremos. Si estás necesitado te abasteceremos. Si estás expatriado te acogeremos…”.
El Imam siguió tratando amablemente al sirio, dirigiéndole cordiales y agradables palabras, al punto que el hombre quedó desconcertado sin poder dar respuesta alguna, y permaneció consternado sin saber cómo pedir disculpas al Imam y reparar el error que había cometido. Luego dijo:
“Dios sabe más dónde dispone Su Mensaje entre quienes le place”.[9]

2. El Imam tenía una oveja y vio que su pata se había quebrado, por lo que le dijo a su sirviente:
- ¿Quién le hizo eso?
- Yo -respondió-.
- ¿Por qué hiciste eso?, preguntó el Imam.
- Para traerte preocupaciones -respondió-.
El Imam (a.s.) sonrió y le dijo:
- ¡Te voy a dar una alegría!
Luego le liberó y le dio dádivas en abundancia.[10]
Es así como el Imam (a.s.) era un ejemplo de perfecta humanidad y un símbolo de buen carácter, de manera que no le afectaba la ira, y no se molestaba cuando le hacían el mal, sino que siempre tenía en mente las palabras del Altísimo que rezan: «¡Repele (el mal) mediante el bien! Y he ahí que aquel con quien mantienes una enemistad, se convertirá en un ferviente amigo.».[11]

3- Su magnanimidad

Otra de sus elevadas virtudes morales era la magnanimidad, y conferir lo bueno motivado por lo bueno. Esta noble particularidad se ha plasmado en su forma más sublime en Abû Muhammad (el Imam Al-Hasan, con él sea la paz), de manera que fue apodado Karîm Ahl-ul Bait (El Generoso de la Gente de la Casa del Profeta), todos los cuales son una fuente de generosidad y benevolencia. Los historiadores han mencionado brillantes reseñas de su sublime generosidad; entre ellas:
1. Llegó a verle un beduino mendigando y él (a.s.) ordenó que se le diera todo lo que había en el depósito, ascendiendo ello a diez mil dírhams. Cuando le dieron eso, el beduino quedo estupefacto, y le dijo: “¡Oh señor! ¡No dejaste ni que te manifieste mi necesidad!”. El Imam le respondió con amabilidad, diciendo:
Nosotros somos gentes cuyo proceder es la amabilidad / de la cual se nutre la esperanza y el anhelo.
Nosotros brindamos antes de ser hecha la petición / por escrúpulo de ver el rostro de quien pide.
Si el mar supiera la virtud que obtenemos / además de su abundancia desbordaría vergüenza.[12]

2. Pasó el Imam (a.s.) junto a un esclavo negro que tenía entre sus manos una hogaza de pan, de la cual tiraba trozos a un perro que había cerca de él. El Imam (a.s.) le preguntó:
-¿Qué te llevó a hacer eso?
- Me dio vergüenza comer y no alimentarlo –respondió-.
El Imam observó en él una de las más generosas virtudes y quiso recompensarlo por lo que hizo, por lo que le pidió que se quedara en ese mismo lugar y no se fuera. Procedió a comprarlo y a comprar la quinta en la que se encontraba; luego lo liberó y le hizo dueño de la quinta.[13]

3. Una persona llegó a verle para pedirle que le agraciara de su favor y benevolencia. El Imam amablemente y en tono de disculpa le dijo:
“Ese no es el derecho de lo que pides, sino que está mucho más allá de mí saber qué es necesario para ti. Es algo inmenso para mí, y mis manos son incapaces de darte lo que mereces, siendo lo mucho ante Dios, poco; y no hay en mis bienes lo que pueda compensar tu agradecimiento. Si es que aceptas de mí lo que está dentro de mis posibilidades, eximiéndome de los gastos de esta reunión y de lo que está a mi cuidado, te daré…”.
El hombre se dirigió a él con educación y le respondió a su ofrecimiento diciendo: “¡Oh hijo del Mensajero de Dios! Acepto lo poco, agradezco la dádiva y considero disculpable la denegación…”
El Imam (a.s.) llamó a su representante y encargado de las cuentas, y le dijo: “Trae todo el dinero sobrante”. Éste trajo un total de cincuenta mil dírhams, que entregó a ese hombre. No contentándose con ello, le preguntó a su encargado: “¿Qué hiciste con los quinientos dinares que tenías contigo?”. Le respondió: “Los tengo”. Entonces le ordenó que también se los entregara, en tanto seguía disculpándose (por considerar poco lo que le daba).[14]
Las palabras del Imam (a.s.) que expresan: “Siendo lo mucho ante Dios, poco”, ponen de manifiesto que las dádivas y caridad que brindaba eran únicamente por Dios, sin que fuera necesario para nadie retribuirle a cambio, ni agradecerle.

4. El Imam (a.s.) pasaba por uno de los callejones de Medina y escuchó a un hombre pidiendo a Dios, Glorificado Sea, que le agraciase con diez mil dírhams, y he ahí que se dirigió a su casa y le envió a ese hombre esa cantidad inmediatamente.[15]
Éstas son algunas manifestaciones de su magnanimidad y generosidad. La generosidad era parte de su disposición natural y de los componentes de su personalidad. Una vez se le dijo: “¿Por qué nunca rechazas a un mendigo?”.
Respondió: “Yo soy un mendigo ante Dios, y le anhelo, y me avergonzaría ser un mendigo y rechazar a otro mendigo. Dios me ha habituado a colmarme con Sus bendiciones, y yo le he habituado a colmar a la gente con Sus bendiciones, y temo que si yo corto mi hábito, Él me prive de Su hábito”. Luego recitó:
Cuando llega a verme un mendigo le digo: “¡Bienvenido sea / aquel a quien favorecer constituye para mí un precepto para cumplir de inmediato,
Aquel a quien favorecer constituye una virtud para todo piadoso / que ciertamente que los mejores días del joven son aquellos en los que se le pide.[16]

Fueron atribuidos a su persona versos sobre la generosidad y la magnanimidad; entre ellos:
La generosidad es un precepto para los siervos / de parte de Dios, que es recitada en el Libro concluyente;
Prometió a los siervos generosos Sus Paraísos / y dispuso para los mezquinos el Fuego del Infierno;
Aquel que no acude tendiendo su mano para dar / a los que anhelan, en verdad que ese no es musulmán.[17]

También fueron atribuidos a él los siguientes versos:
Creaste a las criaturas con un poder / siendo algunos generosos y otros avaros;
En cuanto al generoso, ¡ese estará en bienestar! / y en cuanto al avaro, ¡ese estará sumido en una larga amargura![18].

Los desfavorecidos y los necesitados se agolpaban ante su puerta y él les colmaba de su caridad y su benevolencia. Hemos citado una exposición detallada de su generosidad en nuestro libro “La vida del Imam Al-Hasan Ibn ‘Alî (a.s.)”.

4- Su desapego

Entre las elevadas pautas de moral del nieto y flor de excelente perfume del Profeta (s.a.w.), está su desapego del mundo, asemejándose en ese aspecto a su abuelo el Mensajero de Dios (s.a.w.), de manera que se desprendió de los deseos y placeres de la vida mundanal.
En relación con el desapego, le fue atribuida la siguiente poesía:
Un pedazo de vil pan me sacia / y un sorbo de agua pura me es suficiente;
Un trozo de tela desdeñable me cubre / estando con vida, y si muero me basta para amortajarme.[19]

El grabó en su anillo lo que se transmite en el siguiente verso:
Ofrece a tu alma toda la piedad que puedas / que por cierto que la muerte te llegará, ¡oh muchacho!
Te has vuelto alegre como si no vieras / a los amados de tu corazón en los sepulcros y en descomposición.[20]

Solía usar siempre como ejemplo el siguiente verso:
¡Oh gente de los placeres mundanales! No hay permanencia en el mundo. / Entonces, dejarse seducir por una sombra efímera es estupidez.[21]

Generalmente su comida consistía en pan y sal. Mudrik Ibn Ziâd narró lo siguiente:
“Nos encontrábamos en las quintas de Ibn ‘Abbâs, y llegaron Al-Hasan y Al-Husain junto a los hijos de Al-‘Abbâs y se sentaron a la orilla de un cauce de agua, y he ahí que Al-Hasan dijo:
“¡Oh Mudrik! ¿Acaso tienes comida?”.
Dije: “Sí”, y me precipité a traerle pan y dos manojos de hortalizas. Él comió y dijo: “¡Oh Mudrik! ¡Qué delicioso es esto!”. Luego le trajeron una comida excelente, pero me dijo: “Reúne a los criados y ofréceles esta comida”. Es así que ellos comieron eso sin que él probara nada de la misma”.
Mudrik le dijo: “¿Por qué no comiste de esta comida?”.
Respondió: “Ciertamente que aquella comida (pan, sal y hortalizas) es más deliciosa para mí”.[22]
Los biógrafos coinciden en que el Imam era de las personas más desapegadas luego de su abuelo y de su padre. Muhammad Ibn Bâbwaih Al-Qummî compiló un libro al que llamó Zuhd Al-Hasan (“El desapego de Al-Hasan”).[23]

5- Su contrición a Dios

Entre las elevadas pautas de moral de Abû Muhammad (a.s.) se encuentra la contrición a Dios, Glorificado Sea, y la dedicación absoluta a Él, de un modo como la gente no vio semejante en lo referente a adoración y obediencia a Dios, Glorificado Sea.
Transmiten los narradores: No fue visto en ningún momento sino pronunciando recuerdos de Dios,[24] en glorificación y alabanza. Cuando mencionaba el Paraíso y el Infierno se estremecía como aquel a quien le ha picado un alacrán, rogando a Dios por el Paraíso y amparándose en Él del Infierno. Cuando mencionaba la muerte y lo que le sigue, como la Resurrección y la Congregación, lloraba como lo hacen los temerosos y arrepentidos.[25]
Cuando mencionaba la exposición de las acciones ante Dios, sollozaba hasta llegar a perder el conocimiento.[26]
Entre las manifestaciones de su adoración a Dios se encuentran las siguientes:

6- Su ablución y su rezo

Cuando el Imam (a.s.) se proponía hacer la ablución (wudû) su estado se transformaba, puesto que en su interior surgía un intenso temor a Dios, Glorificado Sea, por lo que su color se tornaba amarillento y sus hombros se estremecían. Cuando finalizaba la ablución y se proponía ingresar en la mezquita, elevaba su voz diciendo:
“¡Dios mío! Tu invitado está a Tu puerta. ¡Oh Benefactor! Ha venido hacia Ti el malhechor; así pues, pasa por alto lo feo que tenemos mediante lo bello que Tú tienes, ¡oh Generosísimo!”.[27]
Cuando llegaba a rezar se manifestaba ese temor al punto de que todos sus miembros se estremecían; y cuando concluía el rezo de la mañana no hablaba sino mediante el recuerdo de Dios, Glorificado Sea, hasta que el sol salía.[28]

7- Su peregrinación a la Casa de Dios

Entre las manifestaciones de su contrición a Dios, Glorificado Sea, y sus inmensos actos de adoración, tenemos que peregrinó a la Casa Sagrada de Dios, la Ka‘bah, veinticinco veces a pie, en tanto los animales iban delante suyo.[29]
Se le preguntó respecto a sus peregrinaciones a pie y contestó:
“Me avergonzaría ante mi Señor si es que no me dirigiera a Su Casa caminando”.[30]

8- La caridad que hacía con sus bienes

El Puro Imam (a.s.), la flor de excelente perfume del Mensajero de Dios (s.a.w.), ofrecía todo lo costoso y valioso para obtener la complacencia de Dios, Glorificado Sea, por lo cual dos veces se desprendió de todo lo que poseía, otorgándolo a los pobres, como así también, tres veces dividió en dos sus bienes por la causa de Dios, al punto de llegar a dar uno de sus calzados, quedándose con el otro.[31]

9- Su recitación del Corán con sumisión

El Imam (a.s.) recitaba el Sagrado Libro de Dios con suma atención y estado de sumisión, de manera que siempre que leía alguna aleya en la que se invoca a los creyentes, decía: ¡Al·lahumma labbaik! (“¡Dios mío, te respondo, heme aquí!”).[32] Solía leer todas las noches la Sura al-Kahf (La Caverna, nº 18).[33]

10- Satisfacer las necesidades de la gente

El Imam (a.s.) era ávido en satisfacer las necesidades de la gente. Cierta vez un hombre se dirigió a él requiriéndole algo mientras se encontraba en medio del tawâf o circunvalación a la Casa Sagrada de Dios, por lo que el Imam (a.s.) interrumpió inmediatamente su tawâf y se dirigió presuroso a satisfacer lo que necesitaba aquel hombre, pues vio que ello gozaba de mucha más virtud ante Dios que concluir su circunvalación, a pesar de que realizar la misma conlleva una abundante recompensa.

Con esto concluyen nuestras palabras concernientes a las elevadas virtudes morales del Puro Imam, Abû Muhammad -la paz sea con él-.


[1] Haiât Al-Imâm Al-Hasan (a.s.), t.1, p.344, citando de Ta’rîj Al-Ia‘qûbî.
[2] Haiât Al-Imâm Al-Hasan (a.s.), t.1, p.345.
[3] Ta’rîj Al-Ia‘qûbî, t.2, p.202.
[4] Nûr al-Absâr, p.110.
[5] Haiât Al-Imâm Al-Hasan (a.s.), t.1, p.368.
[6] Ibíd., p.313.
[7] As-Sabbân (impreso en los márgenes de Nûr al-Absâr), p.176.
[8] Ta’rîj al-Julafâ’, de As-Suiûtî, p.73.
[9] Al-Kâmil, de Al-Mubarrad, t.1, p.190; Al-Manâqib, de Ibn Shahr Ashûb, t.2, p.149. En este último se transmite que el sirio luego se marchó diciendo: “¡Por Dios! No existe sobre la faz de la Tierra nadie más querido para mí que él”.
[10] Maqtal Al-Husain (a.s.), de Al-Jûwarizmî, t.1, p.147.
[11] Sura Fussilat; 41: 34.
[12] Haiât Al-Imâm Al-Hasan (a.s.), t.1, p.318.
[13] Al-Bidâiah wa an-Nihâiah, t.8, p.38.
[14] Dâ’irat al-Ma‘ârif, de Al-Bustânî, t.7, p.39.
[15] As-Subbân, p.117.
[16] Nûr al-Absâr, p.111.
[17] At-Tabaqât al-Kubrâ, de Ash-Sha‘rânî, t.1, p.23; Ÿauharat al-Kalâm, de Qarâgulî, p.113.
[18] Al-Manâqib, t.2, p.156.
[19] Haiât Al-Imâm Al-Hasan Ibn ‘Alî (a.s.), t.1, p.328.
[20] Ibíd.
[21] Al-Fusûl al-Muhimmah, p.162.
[22] Ta’rîj Ibn ‘Asâkir, p.214.
[23] Haiât Al-Imâm Al-Hasan Ibn ‘Alî (a.s.), t.1, p.330.
[24] Al-Amâlî, de As-Sadûq, p.108.
[25] Haiât Al-Imâm Al-Hasan Ibn ‘Alî (a.s.), t.1, p.326.
[26] Al-Amâlî, de As-Sadûq, p.108.
[27] Haiât Al-Imâm Al-Hasan Ibn ‘Alî (a.s.), t.1, p.326.
[28] Bihâr al-Anwâr, t.10, p.93.
[29] Al-Lum‘ah, Capítulo sobre la Peregrinación, t.2, p.170. As-Sadûq menciona en su Al-Amâlî que: “Tal vez incluso caminaba descalzo”.
[30] Ta’rîj Ibn Kazîr, t.8, p.37.
[31] Usud al-Gâbah, t.2, p.13; Alif Bâ, t.1, p.417.
[32] Al-Amâlî, de As-Sadûq, p.108.
[33] Ta’rîj Ibn Kazîr, t.8, p.37.

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