lunes, 28 de noviembre de 2011

La Tragedia de Karbalâ' - Día 3


 

Preparado por: La Asamblea Mundial de Ahlul Bait (a.s.)
y el Instituto de Cultura y Ciencias del Islam “Al-Gadîr”.

Día 3: La Tragedia de Hurr – una historia de arrepentimiento y determinación

La historia de Hurr conforma uno de los sucesos de ‘Ashûrâ’ que más sorprenden y llaman a la reflexión.
Él fue un valiente caballero y un fuerte guerrero. Algunos lo consideraban “el hombre más bravo de Kufa”. Para comprender la importancia de ese apelativo debemos saber que Kufa era una ciudad militar que fue construida como la primera fortaleza del Islam frente a la principal potencia de su tiempo, esto es, el Imperio Persa. Es por eso que la mayoría de sus habitantes eran soldados y oficiales de renombre entre los árabes y los no-árabes.

Cuando le informaron a ‘Ubaidul·lâh que el Imam Al-Husain (a.s.) había llegado a Irak, envió a Hurr junto a 1000 soldados para cortarle el paso y llevarle al palacio de la gobernación.
Cuando Hurr salía del palacio de ‘Ubaidul·lâh, escuchó una voz detrás de él que le decía: “¡Felicitaciones Hurr! puesto que te diriges hacia lo bueno”. Hurr se volvió hacia la voz y no vio a nadie, por lo que se preguntó con sorpresa: “¿Qué albricias son esas? ¿Qué tiene de bueno el que me dirija a combatir a Husain?”.
En medio del abrasador calor del mediodía, el ejército de Hurr alcanzó a la caravana de Al-Husain (a.s.). Cuando el Imam vio que se encontraban sedientos ordenó a sus compañeros: “¡Dad de beber a este grupo y a su caballería!”. Cuando observó que uno de esos soldados no podía beber el agua sino que la derramaba fuera de la cantimplora, él mismo se levantó y le dio de beber con sus propias manos.
¡Observen esa benevolencia y compasión del Imam (a.s.) y compárenla con lo que este mismo ejército de los kufíes hizo con él! ¡Al-Husain dio de beber a sus caballos, pero ellos después negaron el agua a los hijos de Al-Husain!
Cuando todos los soldados bebieron agua, llegó el tiempo de la oración. El Imam salió de la tienda, dio una breve disertación, y agregó: “¡Oh gentes! Yo no vine hacia vosotros sino después de haber recibido vuestras cartas y después de que vuestros mensajeros vinieran a mí y me dijeran: “¡Ven, puesto que no tenemos Imam!”. Ahora bien, si es que permanecéis en vuestro pacto, decidlo, y si ya no seguís en ese pacto y no estáis satisfechos con mi llegada, yo volveré desde este mismo lugar.”
Luego dijo a Hurr: “¿Quieres ir a rezar junto a tus compañeros?”. Dijo: “¡No! Todos rezaremos contigo”.
Tras la oración el Imam ingresó a su tienda y asimismo Hurr volvió junto a su ejército. En el momento de la Oración de la Tarde, nuevamente el Imam salió y rezó; luego se dirigió a los kufíes diciendo: “¡Oh gentes! Si es que teméis a Dios y consideráis que la verdad está con su gente, Dios, Glorificado Sea, estará más satisfecho con vosotros. Nosotros somos Ahl-ul Bait, la Gente de la Casa de Muhammad (s.a.w.), y somos mucho más dignos para ocupar el Califato que aquellos que lo pretenden y no gozan de tal posición, y que se comportan con vosotros con tiranía. Pero si no soy de vuestro agrado y desconocéis mi derecho y vuestra opinión es diferente a aquello que enviasteis en las cartas y que vuestros representantes transmitieron, volveré y os dejaré.”
Hurr dijo: “¡Juro por Dios que yo no sé nada sobre esas cartas y representantes que dices!”. El Imam pidió a uno de sus acompañantes que trajera un saco que contenía las cartas de los kufíes. El Imam mostró las cartas a Hurr y éste dijo: “Yo no soy uno de aquéllos que escribieron esas cartas. A mí me han ordenado que apenas te vea no me separe de ti hasta que nos presentemos ante ‘Ubaidul·lâh en Kufa”. El Imam ordenó a sus compañeros y a las mujeres de la caravana que montaran, diciéndoles: “¡Volvamos!”, pero los soldados de Hurr les cerraron el camino de regreso. El diálogo entre el Imam y el ejército de Kufa no tuvo resultado y finalmente la caravana del Imam se vio obligada a detenerse en la tierra de Karbalâ’…


Pero el día de ‘Ashûrâ’, cuando Hurr escuchó el clamor del Imam que expresaba: “¿Acaso no habrá quien nos auxilie por la satisfacción de Dios? ¿Acaso no habrá alguien que defienda la inviolabilidad del Mensajero de Dios?”, se dirigió donde se encontraba ‘Umar ibn Sa‘d y le preguntó: “¿Acaso en verdad quieres combatir a este hombre?”. ‘Umar le respondió: “¡Así es!”. Hurr volvió a preguntar: “¿Por qué no aceptas su propuesta de volver?”. ‘Umar le dijo: “Si eso estuviera en mis manos aceptaría, pero ‘Ubaidul·lâh no se complacerá con ello.”
Fue allí que Hurr comprendió que los Iazidíes estaban decididos a matar al Imam (a.s.). Tal idea le hizo estremecerse… En un lado del campo de batalla veía al hijo del Mensajero de Dios (s.a.w.) y a la familia de la Revelación, y en el otro a los enemigos del Mensajero de Dios (s.a.w.)… En un lado del campo de batalla veía a un siervo probo de Dios, y en el otro al califa usurpador que bebía embriagantes públicamente, hacía lícitas las prohibiciones de Dios y prohibía lo que Dios había hecho lícito... En un lado del campo de batalla veía pasión y martirio y en el otro bajeza y traición… En un lado veía la ventura y en el otro lado la desdicha…
Hurr tomó su decisión final y en tanto era el comandante de miles de jinetes, le dio la espalda al mundo, y con el pretexto de dar agua a su caballo, se alejó más y más del ejército de Iazîd, aproximándose más y más al campamento de la Verdad.
Muhâÿir ibn Aws, que acompañaba a Hurr, le preguntó: “¿Qué idea tienes en mente? ¿Acaso quieres atacar a Husain?”. Hurr no le respondió y comenzó a temblar. Muhâÿir le dijo: “¡Juro por Dios que nunca te he visto así! ¡Cuando me preguntaban el nombre del más bravo de los kufíes no dejaba de mencionarte a ti!”. Hurr le respondió: “¡Juro por Dios que me veo eligiendo entre el Paraíso y el Infierno! Ya sea que me corten en pedazos o me quemen, ¡no elegiré algo que no sea el Paraíso!”. En ese momento, fustigó a su caballo y se precipitó hacia la caravana del Imam (a.s.).
Cuando Hurr llegó ante el Imam (a.s.) puso las manos en su cabeza como muestra de arrepentimiento y dijo: “¡Dios mío! He vuelto hacía Ti. ¡Acepta mi arrepentimiento! Ciertamente que he amedrentado los corazones de Tus leales seguidores y de los hijos de la hija de Tu Profeta”. Luego se dirigió hacía el Imam avergonzado y le dijo: “¡Que yo sea sacrificado por ti, oh hijo del Mensajero de Dios! Yo soy aquel que te cerró el camino de regreso y te condujo a este extremo, puesto que nunca llegué a pensar que no aceptarían tu propuesta y que las cosas llegarían a este punto. ¡Juro por Dios que si hubiera sabido que las cosas serían de esta manera nunca te habría impedido el paso! Aquí estoy, apesadumbrado, y me arrepiento ante Dios por lo que hice. ¿Acaso hay posibilidad de arrepentimiento para mí?”. El Imam dijo: “¡Sí! Que Dios acepte tu arrepentimiento. ¡Desmonta!”. Hurr dijo: “Puesto que fui el primero que llegó a enfrentarse a ti, deseo ser el primero en ser matado frente a ti. Tal vez de esa manera en el Día del Cómputo (de las acciones) pueda colocar mis manos sobre las de tu abuelo.”
El Imam le dio a Hurr el permiso para el ÿïhâd. Hurr se situó frente al Imam y gritó al ejército de Kufa: “¡Oh gente de Kufa! Habéis invitado a este siervo probo de Dios, ¡¿y cuando vino a vosotros le abandonasteis?! Le dijisteis: “Nosotros arriesgaremos nuestras vidas por ti”, ¡¿y cuando llegó desenfundasteis las espadas en su contra sin permitirle dirigirse a otra parte en esta vasta tierra de Dios?! Los judíos, los cristianos y los zoroástricos beben del río Éufrates ¡¿mientras vosotros priváis del mismo a él, y a las mujeres, niñas y a toda su familia?! ¡Que Dios no os dé de beber el Día de la Gran Sed, puesto que no observasteis la santidad de Muhammad!”.

El ejército enemigo, que no pudo soportar las palabras de Hurr, le lanzó flechas, entonces Hurr comenzó a recitar versos y junto a Zuhair atacó al ejército enemigo, luchando con denuedo y matando a un gran número de los enemigos hasta que le atacaron en grupo y le martirizaron.
El Imam (a.s.) mismo llegó hasta donde se encontraba el puro cuerpo de Hurr, y se dirigió a él diciéndole: “¡Oh Hurr! Por cierto que, tal como te han llamado (hurr significa “libre”) eres libre tanto en la vida mundanal como en la del Más Allá”. Luego le ató un pañuelo en la cabeza que se desangraba.
Así es. El Imam Al-Husain (a.s.) se dirigía hacia donde se encontraba cada uno de sus compañeros que iba siendo martirizado y abrazaba sus puros cuerpos…
Pero… ¡que los corazones ardan y los ojos sollocen por el mismo Imam, que sólo y sin nadie, cayó en el foso de la muerte con el enemigo sentado sobre su pecho…!
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquéllos que tiranizaron a qué destino se dirigen».

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