lunes, 28 de noviembre de 2011

Conmemoración de La Tragedia de Karbalâ



Preparado por :
 La Asamblea Mundial de Ahlul Bait (a.s.) y el Instituto de Cultura y Ciencias del Islam "Al Gadir"




Día 1: La Tragedia de Muslim Ibn ‘Aquîl

M
uslim, el hijo de ‘Aquîl ibn Abî Tâlib, fue una de las grandes personalidades de los hashemíes y primo de Abû ‘Abdul·lâh al-Husain.
El Imam Husain -con él sea la paz- había salido de la ciudad de Medina y se encontraba en La Meca cuando recibió una gran cantidad de cartas e invitaciones que le enviaba la gente de Kufa.
Cuando llegaron las últimas cartas, que en total sumaban miles, el Imam se encontraba entre el Pilar de la Ka‘bah –o ángulo en que se encuentra la Piedra Negra- y el Sitial de Abraham. Al-Husain (a.s.) rezó dos ciclos de oración y rogó a Dios por que aconteciera lo bueno. Luego requirió la presencia de Muslim y escribió una respuesta a esas cartas, en la que expresaba:
 “Vosotros decís: “No tenemos Imam. ¡Ven a nosotros, de manera que Dios, por tu intermedio, nos guíe y una!”. Envío a vosotros a Muslim ibn ‘Aquîl, mi hermano y primo, quien es de mi entera confianza. Así pues, si es que él me escribe que la opinión de los lúcidos y la gente de la virtud y la consulta de entre vosotros es esa misma que he leído en vuestras cartas, entonces me dirigiré hacia vosotros.”
Muslim partió de La Meca a mediados del mes de Ramadán y llegó a Medina, donde rezó en la Mezquita del Profeta (s.a.w.) y se despidió de su familia. Tras ello se dirigió a Kufa junto a unos cuantos guías y acompañantes. Las condiciones del viaje eran muy duras, al punto que Muslim y sus acompañantes perdieron el rumbo y dos de los guías perecieron por la sed. Finalmente Muslim llegó a Kufa el día 5 de Shauwâl.
Las gentes de Kufa se congregaron en grupos a su alrededor y lloraron cuando les leyó la carta del Imam. A continuación, dieciocho mil personas de Kufa dieron la bai‘ah o juramento de fidelidad a Muslim. En consecuencia, él escribió una misiva al Imam (a.s.) donde le informaba de la bai‘ah de esa cantidad de personas y le incentivaba a movilizarse en dirección a Kufa.
Cuando la noticia de este juramento llegó a oídos de Iazîd ibn Mu‘âwîiah, éste comisionó a ‘Ubaidul·lâh ibn Ziâd, el gobernador de Basora, para que asumiera también la gobernación de Kufa. ‘Ubaidul·lâh ingresó a Kufa con una treta y asumió el gobierno, amedrentando a la gente. Luego procedió a torturar y encarcelar a Hâni ibn ‘Urwah, quien se contaba entre las grandes personalidades de Kufa y había dado cobijo a Muslim ibn ‘Aquîl en su casa.
Cuando Muslim escuchó la noticia de que Hânî había sido torturado requirió a la gente que le auxiliaran. La gente se unió a él, y la mezquita, el mercado y los alrededores del palacio de la gobernación se llenó de gente, en tanto que los compañeros de ‘Ubaidul·lâh no eran más de cincuenta personas.
‘Ubaidul·lâh envió a unas cuantas personas a los diferentes clanes de Kufa para amenazarles y sobornarles, y ordenó a algunos ilustres que se encontraban en su palacio asustar y disuadir desde los tejados de la gobernación a la gente que sitiaba el palacio.
Cuando la gente de Kufa escuchó las palabras de sus caudillos y personas ilustres se desanimaron y poco a poco los susurros seductores se incrementaron de manera que cada uno decía a otro: “¡Volvamos! Están los demás y son suficientes”.
Paulatinamente, la multitud a favor de Muslim se dispersó y tan solo unas treinta personas permanecieron en la mezquita para asistirle.
Cuando Muslim se enfrentó a esta deslealtad, se dirigió con esas treinta personas a la zona de Abuâb Kandah. Cuando llegó allí tan solo quedaban con él diez personas, ¡y al atravesar ese lugar ya no quedaba nadie con él!
Muslim observaba solitario a uno y otro lado pero no había nadie que le guiara o que siquiera le ocultara en su casa. El enviado de Husain (a.s.) caminaba desorientado por los callejones oscuros de Kufa sin saber adonde ir, hasta que llegó a una casa en la que una anciana se encontraba parada en la puerta. El nombre de esta mujer era Tau‘ah y estaba esperando a su hijo que había salido de su casa para ir con la gente. Muslim saludó a la mujer y le pidió agua. Tau‘ah le dio agua y entró a su casa. Al volver a salir vio que Muslim seguía sentado frente a la puerta de su casa y le dijo: “¡Oh siervo de Dios! Si ya tomaste agua vuelve a tu casa”. Muslim permaneció en silencio y la mujer repitió eso dos o tres veces.  Muslim se puso de pié y le dijo: “No tengo casa ni familia en esta ciudad. Soy Muslim ibn ‘Aquîl. Esta gente me mintió, me engañó y me retiró el amparo”.
La mujer hizo ingresar a Muslim a su casa, extendió una alfombra y dispuso comida para él, pero Muslim no cenó y se durmió. En sueños vio a su tío Amîr al-Mu’minîn ‘Alî (a.s.) que le decía: “¡Apresúrate, que mañana estarás con nosotros!”.
Por otra parte, cuando ‘Ubaidul·lâh vio que la gente se dispersaba, se envalentonó y salió del palacio. Fue a la mezquita y dispuso una recompensa de mil dinares para quien encontrase a Muslim.
Cuando el hijo de Tau‘ah volvió a su casa se enteró de la presencia de Muslim, y al salir el sol informó de ello a los enemigos. ‘Ubaidul·lâh envió a un grupo compuesto por decenas de soldados para apresarle.
Muslim se encontraba ocupado en la adoración cuando los soldados llegaron a la casa de Tau‘ah. Cuando escuchó el relincho de los caballos finalizó rápidamente su súplica, vistió su armadura y agradeció a Tau‘ah, y se dirigió a enfrentar a los soldados por temor a que el enemigo destruyera o quemara la casa de la anciana.
Muslim, que era un guerrero, mató a más de cuarenta de los traicioneros de Kufa, pero luego éstos le atacaron en grupo a la vez que le arrojaban rocas desde los tejados, hasta que finalmente, a causa de la severidad de las heridas, la sed y por una lanza que le atravesó por la espalda, cayó y fue hecho prisionero.
(Algunas fuentes agregan que cuando vieron que no podían apresarlo, le engañaron prometiéndole salvoconducto y fue así que consiguieron llevarlo a la gobernación).
Cuando Muslim ibn ‘Aquîl fue capturado, dijo: “Por cierto que somos de Dios y a Él retornamos”, y comenzó a llorar. Uno de los soldados se sorprendió por el hecho de que llorara siendo él tan valiente, y le preguntó por qué lo hacía. Muslim dijo: “¡Juro por Dios que no tengo miedo de morir y que no lloro por mí! sino que lloro por la familia del Profeta que se dirige hacia aquí y por Husain y su familia”.
Por orden de ‘Ubaidul·lâh llevaron a Muslim al tejado del palacio de la gobernación en tanto que él glorificaba a Dios y requería Su perdón. Entonces lo decapitaron y luego arrojaron desde el tejado primero su cabeza y después su cuerpo, para que todos lo vieran. Finalmente colgaron su bendito cuerpo para dejarle expuesto a las miradas de aquellos que quebrantaron su pacto.
También llevaron al mercado de Kufa a Hânî, que era un anciano de 89 años, y le mataron de una manera lamentable, colgándolo, mientras éste llamaba a sus compañeros, pero nadie hizo nada por auxiliarle.
Posteriormente, Ibn Ziâd envió las cabezas de Hânî y de Muslim a Siria ante Iazîd. El cuerpo de Muslim ibn ‘Aquîl fue el primer cuerpo de entre los hashemíes que fue colgado, y su cabeza la primera que fue enviada a Damasco.
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?».
«Y pronto sabrán aquellos que tiranizaron a qué destino se dirigen».





Día 2: El Ingreso de la Caravana del Imam Husain a Karbalâ’

L
uego de que los omeyas presionaran al Imam Husain (a.s.) para que le diera a Iazîd su bai‘ah o juramento de fidelidad, salió de Medina dirigiéndose a la sagrada ciudad de La Meca. Es así que el Imam (a.s.) pasó el resto del mes de Sha‘bân, los meses de Ramadân, Shauwâl, Dhûl Qi‘dah, y ocho días del mes de Dhul Hiÿÿah en las vecindades de la Casa de Dios y en estado de consagración, vistiendo el Ihram para la Peregrinación.
Por otra parte, ‘Amr ibn Sa‘îd ibn ‘Âss fue comisionado por Iazîd para encarcelar o combatir al Imam, por lo que partió hacia La Meca llegando el día de Tarwiah, esto es, el 8 de Dhul Hiÿÿah.
El Imam (a.s.), quien sabía que los enemigos no observarían el menor respeto por el Santuario de la Casa de Dios, dejó inconclusa su Peregrinación Mayor (Haÿÿ), cambiando la intención de la misma a Peregrinación Menor (‘Umrah), y abandonó La Meca.
El motivo por el cual el Imam hizo eso fue, como él mismo diría, para proteger la santidad de la Casa de Dios. Como respuesta a su hermano Muhammad ibn Hanafîiah, quien le prevenía en relación con abandonar La Meca y le incentivaba a establecerse en la misma, expresó: “¡Oh hermano! Temo que Iazîd me haga asesinar en el Santuario, y de esa manera se infrinja la santidad de esta Casa”. Asimismo, en respuesta a otras personas como Ibn ‘Abbâs, Farazdaq y ‘Abdul·lâh ibn Zubair, quienes le requirieron eso mismo suponiendo que el enemigo respetaría la sacralidad de La Meca, el Imam expresó: “Es mejor ser muerto a un palmo más lejos de la Ka‘bah a que la santidad de La Meca sea pisoteada por causa mía”. Posteriormente, en los sucesos vinculados al levantamiento de ‘Abdul·lâh ibn Zubair, los omeyas atacarían la Ka‘bah con catapultas y matarían a ‘Abdul·lâh en la Sagrada Mezquita. Entonces quedó evidenciado que Ibn ‘Abbâs, con toda su sagacidad, e Ibn Zubair, con toda su astucia, estaban equivocados, siendo el Imam (a.s.) quien veía el devenir con claridad y conocía a los enemigos del Islam.
Cuando los peregrinos se dirigían a Minâ para realizar las ceremonias correspondientes de la Peregrinación, el Imam fue a realizar el Tawâf o circunvalación a la Ka‘bah, hizo el trote o Sa‘îi entre las colinas de Safâ y Marwah, y cortó un poco de su cabello (Taqsîr), saliendo de esa manera del estado de consagración o Ihrâm. Así, cambió la Peregrinación Mayor a Peregrinación Menor y se dirigió a Kufa.
Cuando su hermano Muhammad ibn Hanafîiah se enteró de ello, alcanzó al Imam (a.s.), tomó las riendas de su camella y le dijo: “¡Oh hermano! ¿Qué es lo que motivó que salgas con ese apuro?”. El Imam respondió: “Anoche el Mensajero de Dios vino a verme en sueños y me dijo: “¡Oh Husain! ¡Debes salir, puesto que Dios desea que seas asesinado!”. Ibn Hanafîiah dijo: “¡Por cierto que somos de Dios y Él retornaremos! Entonces, ¿por qué llevas contigo a estas mujeres y niños?”. El Imam le respondió: “El Mensajero de Dios dijo que Dios desea verles prisioneros y encadenados.”
De esa manera fue que, para proteger el Santuario de Dios, por orden del Mensajero de Dios (s.a.w.) y para vivificar la orden de Dios, salió de La Meca junto a su gente y familia y un número de sus seguidores, dirigiéndose a Irak. Algunos historiadores transmitieron que el día de su partida fue el 8 de Dhul Hiÿÿah (el día de Tarwiah), en tanto que Ibn Qûlûwaih transmite del Imam al-Baqir (a.s.) que fue el día 7 de dicho mes.
El Imam se dirigió a Kufa, pero tras veinte días de marcha fue obligado por Hurr y su ejército a detenerse en las cercanías de esta ciudad (suceso que será mencionado mañana).
Tuvieron lugar largas conversaciones entre Hurr y el Imam (a.s.), hasta que finalmente Hurr dijo: “Ya que desistes de ir a Kufa, elige un camino de manera que, ni vayas a Kufa ni vuelvas a Medina, para que yo le escriba al Gobernador”. El Imam eligió el camino de Qadisîiah.
Los dos contingentes marcharon juntos por dos días hasta que el día 2 de Muharram, en las cercanías de Nainawah (Niniveh), Hurr recibió una misiva de parte de ‘Ubaidul·lâh en la que decía: “En el preciso momento en que recibas esta carta, detén a Husain y aprémiale. ¡Que se detenga en el desierto sin cobijo ni agua!”.
Hurr se comportó en forma ruda con el Imam y sus compañeros para obligarlo a detenerse transitoriamente en ese mismo lugar desprovisto de agua y desolado. El Imam (a.s.) le dijo: “¡Pobre de ti! ¡Deja que nos detengamos en algún poblado!”. Hurr dijo: “¡No! Por Dios que no puedo hacer eso. Este mensajero me está espiando, y debes permanecer aquí mismo.”
Zuhair, uno de los compañeros del Imam, dijo: “¡Oh hijo del Mensajero de Dios! Combatir contra este grupo sería mucho más fácil que enfrentarse a aquellos que después se le añadirán. ¡Permite que luchemos con ellos!”. El Imam expresó: “¡No seré yo quien comience el combate!”.
Entonces, preguntó el nombre de esa región. Le dijeron: “Este lugar se llama ‘Aqr”. Otra vez preguntó: “¿Acaso no tiene otro nombre?”. Dijeron: “Otro de los nombres de este territorio es Nainawah. También le llaman Karbalâ’”. Cuando Al-Husain escuchó el nombre de Karbalâ’ comenzó a llorar y dijo: “¡Dios mío! Yo me amparo en Ti del Karb (la desgracia) y el Balâ (la aflicción). Éste es un lugar de sufrimiento y congoja. ¡Descended aquí mismo, puesto que mi abuelo el Mensajero de Dios me informó que nuestra sangre sería vertida en esta tierra y que seríamos sepultados aquí mismo!”.
Luego ordenó que levantaran las tiendas en esa misma tierra sin agua ni forraje.
En otras narraciones se transmite que cuando le dijeron al Imam: “El nombre de este lugar es Karbalâ’”, olió el aroma de esa tierra y lloró, diciendo: “Umm Salamah (una de las esposas del Profeta) me informó que: Cierto día (el ángel) Gabriel se encontraba junto al Mensajero de Dios y yo te llevé junto a él en tanto que llorabas. El Profeta te tomó y te hizo sentar en su regazo para que te calmes. Gabriel  le dijo: “¿Acaso le quieres?”. El Profeta dijo: “Así es”. Gabriel dijo: “¡Tu propia comunidad le matará!”. Luego le dio tierra de Karbalâ’.” Luego Al-Husain agregó: ¡Por Dios que esta tierra es esa misma tierra!”.
Asimismo se transmite en las narraciones que cuando ‘Alî (a.s.) se dirigía a Siffîn llegó a los alrededores de Nainawah y preguntó cómo le decían a ese territorio. Le dijeron: “Karbalâ’”. Amîr al-Mu’minîn lloró tanto que la tierra se humedeció con sus lágrimas.
Ahora, ¡nosotros también lloremos junto a Muhammad y ‘Alî por aquel por cuya desgracia lloran los cielos y la tierra!...           




Día 3: La Tragedia de Hurr – una Historia de Arrepentimiento y Determinación

L
a historia de Hurr conforma uno de los sucesos de ‘Ashûrâ’ que más sorprenden y llaman a la reflexión.
Él fue un valiente caballero y un fuerte guerrero. Algunos lo consideraban “el hombre más bravo de Kufa”. Para comprender la importancia de ese apelativo debemos saber que Kufa era una ciudad militar que fue construida como la primera fortaleza del Islam frente a la principal potencia de su tiempo, esto es, el Imperio Persa. Es por eso que la mayoría de sus habitantes eran soldados y oficiales de renombre entre los árabes y los no-árabes.
Cuando le informaron a ‘Ubaidul·lâh que el Imam Husain (a.s.) había llegado a Irak, envió a Hurr junto a 1000 soldados para cortarle el paso y llevarle al palacio de la gobernación.
Cuando Hurr salía del palacio de ‘Ubaidul·lâh, escuchó una voz detrás de él que le decía: “¡Felicitaciones Hurr! puesto que te diriges hacia lo bueno”. Hurr se volvió hacia la voz y no vio a nadie, por lo que se preguntó con sorpresa: “¿Qué albricias son esas? ¿Qué tiene de bueno el que me dirija a combatir a Husain?”.
En medio del abrasador calor del mediodía, el ejército de Hurr alcanzó a la caravana de Husain (a.s.). Cuando el Imam vio que se encontraban sedientos ordenó a sus compañeros: “¡Dad de beber a este grupo y a su caballería!”. Cuando observó que uno de esos soldados no podía beber el agua sino que la derramaba fuera de la cantimplora, él mismo se levantó y le dio de beber con sus propias manos.
¡Observen esa benevolencia y compasión del Imam (a.s.) y compárenla con lo que este mismo ejército de los kufíes hizo con él! ¡Husain dio de beber a sus caballos, pero ellos después negaron el agua a los hijos de Husain!
Cuando todos los soldados bebieron agua, llegó el tiempo de la oración. El Imam salió de la tienda, dio una breve disertación, y agregó: “¡Oh gentes! Yo no vine hacia vosotros sino después de haber recibido vuestras cartas y después de que vuestros mensajeros vinieran a mí y me dijeran: “¡Ven, puesto que no tenemos Imam!”. Ahora bien, si es que permanecéis en vuestro pacto, decidlo, y si ya no seguís en ese pacto y no estáis satisfechos con mi llegada, yo volveré desde este mismo lugar.”
Luego dijo a Hurr: “¿Quieres ir a rezar junto a tus compañeros?”. Dijo: “¡No! Todos rezaremos contigo”.
Tras la oración el Imam ingresó a su tienda y asimismo Hurr volvió junto a su ejército. En el momento de la Oración de la Tarde, nuevamente el Imam salió y rezó; luego se dirigió a los kufíes diciendo: “¡Oh gentes! Si es que teméis a Dios y consideráis que la verdad está con su gente, Dios, Glorificado Sea, estará más satisfecho con vosotros. Nosotros somos Ahl-ul Bait, la Gente de la Casa de Muhammad (s.a.w.), y somos mucho más dignos para ocupar el Califato que aquellos que lo pretenden y no gozan de tal posición, y que se comportan con vosotros con tiranía. Pero si no soy de vuestro agrado y desconocéis mi derecho y vuestra opinión es diferente a aquello que enviasteis en las cartas y que vuestros representantes transmitieron, volveré y os dejaré.”
Hurr dijo: “¡Juro por Dios que yo no sé nada sobre esas cartas y representantes que dices!”. El Imam pidió a uno de sus acompañantes que trajera un saco que contenía las cartas de los kufíes. El Imam mostró las cartas a Hurr y éste dijo: “Yo no soy uno de aquellos que escribieron esas cartas. A mí me han ordenado que apenas te vea no me separe de ti hasta que nos presentemos ante ‘Ubaidul·lâh en Kufa”. El Imam ordenó a sus compañeros y a las mujeres de la caravana que montaran, diciéndoles: “¡Volvamos!”, pero los soldados de Hurr les cerraron el camino de regreso. El diálogo entre el Imam y el ejército de Kufa no tuvo resultado y finalmente la caravana del Imam se vio obligada a detenerse en la tierra de Karbalâ’…
Pero el día de ‘Ashûrâ’, cuando Hurr escuchó el clamor del Imam que expresaba: “¿Acaso no habrá quien nos auxilie por la satisfacción de Dios? ¿Acaso no habrá alguien que defienda la inviolabilidad del Mensajero de Dios?”, se dirigió donde se encontraba ‘Umar ibn Sa‘d y le preguntó: “¿Acaso en verdad quieres combatir a este hombre?”. ‘Umar le respondió: “¡Así es!”. Hurr volvió a preguntar: “¿Por qué no aceptas su propuesta de volver?”. ‘Umar le dijo: “Si eso estuviera en mis manos aceptaría, pero ‘Ubaidul·lâh no se complacerá con ello.”
Fue allí que Hurr comprendió que los Iazidíes estaban decididos a matar al Imam (a.s.). Tal idea le hizo estremecerse… En un lado del campo de batalla veía al hijo del Mensajero de Dios (s.a.w.) y a la familia de la Revelación, y en el otro a los enemigos del Mensajero de Dios (s.a.w.)… En un lado del campo de batalla veía a un siervo probo de Dios, y en el otro al califa usurpador que bebía embriagantes públicamente, hacía lícitas las prohibiciones de Dios y prohibía lo que Dios había hecho lícito... En un lado del campo de batalla veía pasión y martirio y en el otro bajeza y traición… En un lado veía la ventura y en el otro lado la desdicha…
Hurr tomó su decisión final y en tanto era el comandante de miles de jinetes, le dio la espalda al mundo, y con el pretexto de dar agua a su caballo, se alejó más y más del ejército de Iazîd, aproximándose más y más al campamento de la Verdad.
Muhâÿir ibn Aws, que acompañaba a Hurr, le preguntó: “¿Qué idea tienes en mente? ¿Acaso quieres atacar a Husain?”. Hurr no le respondió y comenzó a temblar. Muhâÿir le dijo: “¡Juro por Dios que nunca te he visto así! ¡Cuando me preguntaban el nombre del más bravo de los kufíes no dejaba de mencionarte a ti!”. Hurr le respondió: “¡Juro por Dios que me veo eligiendo entre el Paraíso y el Infierno! Ya sea que me corten en pedazos o me quemen, ¡no elegiré algo que no sea el Paraíso!”. En ese momento, fustigó a su caballo y se precipitó hacia la caravana del Imam (a.s.).
Cuando Hurr llegó ante el Imam (a.s.) puso las manos en su cabeza como muestra de arrepentimiento y dijo: “¡Dios mío! He vuelto hacía Ti. ¡Acepta mi arrepentimiento! Ciertamente que he amedrentado los corazones de Tus leales seguidores y de los hijos de la hija de Tu Profeta”. Luego se dirigió hacía el Imam avergonzado y le dijo: “¡Que yo sea sacrificado por ti, oh hijo del Mensajero de Dios! Yo soy aquel que te cerró el camino de regreso y te condujo a este extremo, puesto que nunca llegué a pensar que no aceptarían tu propuesta y que las cosas llegarían a este punto. ¡Juro por Dios que si hubiera sabido que las cosas serían de esta manera nunca te hubiera impedido el paso! Aquí estoy, apesadumbrado, y me arrepiento ante Dios por lo que hice. ¿Acaso hay posibilidad de arrepentimiento para mí?”. El Imam dijo: “¡Sí! Que Dios acepte tu arrepentimiento. ¡Desmonta!”. Hurr dijo: “Puesto que fui el primero que llegó a enfrentarse a ti, deseo ser el primero en ser matado frente a ti. Tal vez de esa manera en el Día del Cómputo (de las acciones) pueda colocar mis manos sobre las de tu abuelo.”
El Imam le dio a Hurr el permiso para el ÿïhâd. Hurr se situó frente al Imam y gritó al ejército de Kufa: “¡Oh gente de Kufa! Habéis invitado a este siervo probo de Dios, ¡¿y cuando vino a vosotros le abandonasteis?! Le dijisteis: “Nosotros arriesgaremos nuestras vidas por ti”, ¡¿y cuando llegó desenfundasteis las espadas en su contra sin permitirle dirigirse a otra parte en esta vasta tierra de Dios?! Los judíos, los cristianos y los zoroástricos beben del río Éufrates ¡¿mientras vosotros priváis del mismo a él, y a las mujeres, niñas y a toda su familia?! ¡Que Dios no os dé de beber el Día de la Gran Sed, puesto que no observasteis la santidad de Muhammad!”.
El ejército enemigo, que no pudo soportar las palabras de Hurr, le lanzó flechas, entonces Hurr comenzó a recitar versos y junto a Zuhair atacó al ejército enemigo, luchando con denuedo y matando a un gran número de los enemigos hasta que le atacaron en grupo y le martirizaron.
El Imam (a.s.) mismo llegó hasta donde se encontraba el puro cuerpo de Hurr, y se dirigió a él diciéndole: “¡Oh Hurr! Por cierto que, tal como te han llamado (hurr significa “libre”) eres libre tanto en la vida mundanal como en la del Más Allá”. Luego le ató un pañuelo en la cabeza que se desangraba.
Así es. El Imam Husain (a.s.) se dirigía hacia donde se encontraba cada uno de sus compañeros que iba siendo martirizado y abrazaba sus puros cuerpos…
Pero… ¡que los corazones ardan y los ojos sollocen por el mismo Imam, que sólo y sin nadie, cayó en el foso de la muerte con el enemigo sentado sobre su pecho…!
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquéllos que tiranizaron a qué destino se dirigen».




Día 4: La Tragedia de los Hijos y Hermanos de Zainab –la Paz sea con ella–

E
l día de ‘Ashûrâ’, cuando la imposición de combatir fue indefectible, los compañeros del Imam Husain (a.s.) no permitieron que mientras ellos estuviesen vivos, los hijos del Mensajero de Dios (s.a.w.) se hicieran presentes en el campo de batalla y fueran matados. Pero cuando todos los auxiliares del Imam ‘Alî (a.s.) se ofrendaron y alcanzaron el martirio, llegó el turno de la Gente de la Casa del Profeta (s.a.w.) para que se sacrificaran por la Verdad.
En esos duros momentos los hijos de ‘Alî (a.s.), de Ÿa‘far Taîiâr, de ‘Aquîl, del Imam Al-Hasan (a.s.) y del Señor de los Mártires (a.s.) se reunieron, se abrazaron y se despidieron.
Relata un hadîz que un día el Mensajero de Dios (s.a.w.) observaba a unos cuantos jóvenes de Qureish que tenían un rostro bello e iluminado. Al verlos el Profeta (s.a.w.) se acongojó. Le preguntaron: “¡Oh Mensajero de Dios! ¿Qué te ha sucedido?”. Dijo: “Nosotros somos una familia para la cual Dios ha preferido el Más Allá y no la vida mundanal. He recordado lo que mi comunidad le hará a mis hijos, a quienes matará o desterrará.”
Entre las personas de la Familia del Mensaje que alcanzaron el martirio en Karbalâ’ a manos del ejército de Iazîd, están tres hijos de ‘Abdul·lâh ibn Ÿa‘far Taîiâr y Zainab; otros tres miembros de la familia que alcanzaron el martirio fueron los hermanos (por parte de madre) de Hadrat Abûl Fadl al-‘Abbâs (a.s.) (esto es, hermanos de Zainab por parte de padre).

Los hijos de Zainab

‘Awn, Muhammad y ‘Ubaidul·lâh eran los tres hijos de ‘Abdul·lâh ibn Ÿa‘far (el esposo de Zainab, la paz sea con ella) que junto a su madre habían llegado con el Imam Husain (a.s.) a Karbalâ’.
Cuando ellos vieron que su tío e Imam se estaba quedando solo, uno a uno se fueron presentando en el campo de batalla y ofrendaron sus vidas por el Islam.
‘Awn cabalgó hacia el campo de batalla frente a los ojos preocupados de su madre Zainab, mientras recitaba:

Si es que no me conocéis, pues yo soy el hijo de Ÿa‘far
El mártir veraz que florece en los paraísos
Que vuela en los mismos con alas verdes
Siendo ello suficiente honor en el Día de la Resurrección.

‘Awn mató a tres jinetes y a dieciocho soldados enemigos hasta que finalmente alcanzó el martirio a manos del ejército de Iazîd.
Luego de él, sus hermanos Muhammad y ‘Ubaidul·lâh también lucharon en el camino de la Verdad y fueron martirizados.

Los hermanos de Zainab

‘Abbâs, ‘Abdul·lâh, Ÿa‘far y ‘Uzmân, fueron cuatro hermanos por parte de padre del Imam Husain y de Zainab, hijos de Fátima Umm al-Banîn.
Cuando Abûl Fadl al-‘Abbâs vio que muchos miembros de Ahl-ul Bait alcanzaron el martirio, dijo a sus tres hermanos: “¡Queridos hermanos! Deseo que os dirijáis al campo de batalla frente a mí para observar vuestra lealtad en el camino de Dios y el Mensajero.”
Los tres hermanos se dirigieron uno por uno al campo de batalla y en sus elegías se presentaron como “los hijos de ‘Alî”, y tras un heroico combate, fueron martirizados.
‘Uzmân ibn ‘Alî, respecto a quien Amîr al-Mu’minîn (a.s.) habría dicho: “Le llamé ‘Uzmân en recuerdo de mi hermano (en la fe) ‘Uzmân ibn Madz‘ûn (el leal compañero del Mensajero de Dios)”, era un joven de 21 años. Cuando vieron su heroica manera de guerrear se valieron de flechas para matarle. Jaûlî le disparó una flecha en su costado y ‘Uzmân cayó del caballo. Tras ello uno de los enemigos galopó hacia él y le martirizó, cortándole luego la cabeza.

Estos 6 hermanos son solo unos cuantos de entre los tantos miembros de su familia cuyo martirio vio Zainab con sus propios ojos. Ella fue una mujer valerosa que en unas cuantas horas, fue testigo del martirio de sus hijos, hermanos, sobrinos y primos; y asimismo vio cómo sus cabezas fueron puestas sobre las lanzas…
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquellos que tiranizaron a qué destino se dirigen».




Día 5: La tragedia de ‘Abdul·lâh ibn al-Hasan

‘A
bdul·lâh ibn al-Hasan, hijo del Imam al-Hasan  al-Muÿtabâ (a.s.) es uno de los jóvenes adolescentes que se dirigió a Kufa junto a su familia y su tío el Imam Husain (a.s.).
Desde la mañana hasta la tarde del día de Ashûrâ, comenzando por los compañeros del Imam Husain (a.s.) y luego la gente de su casa, uno por uno o bien en grupos se dirigieron al campo de batalla y alcanzaron el martirio. Finalmente llegó el momento en que el Imam (a.s.) quedó sólo en medio de miles de enemigos armados y una que otra vez clamaba: “¿Acaso hay algún auxiliador que por Dios defienda la santidad del Mensajero de Dios (s.a.w.)?”.
Para acabar con el asunto, Shimr ibn Dhîl Ÿaushan junto a soldados de infantería atacaron al Imam (a.s.) rodeándole, y una que otra vez alcanzaban a herirle.
‘Abdul·lâh, que se encontraba en las tiendas junto a las mujeres y niños, no pudo soportar ver tan solo a su tío y de repente salió de las tiendas. Zainab –la paz sea con ella- le cogió para impedírselo y no permitir que el hijo de su hermano fuera presa de los lobos hambrientos de Iazîd, pero ‘Abdul·lâh le dijo: “¡No! ¡Juro por Dios que no dejaré solo a mi tío!”. Luego se soltó de su tía y corrió hasta el campo de batalla hasta llegar donde se encontraba el Imam (a.s.) para defenderle con su pequeño y frágil cuerpo.
En medio del tumulto que se había producido alrededor del Imam (a.s.) uno de los soldados de Iazîd batió la espada para golpear al Imam (a.s.), pero ‘Abdul·lâh interpuso su cuerpo para que la espada no le alcanzara. La espada afilada y el fuerte golpe hicieron que la mano del nieto del Profeta (s.a.w.) se separara de su cuerpo, de manera que solo quedó colgando de la piel.
Por lo intenso del dolor, ‘Abdul·lâh lanzó un quejido y evocó a su padre diciendo: “¡Oh padre mío!”…
El Imam (a.s.) lo abrazó; lo apretó contra su cuerpo y le susurró al oído: “¡Oh hijo de mi hermano! Ten paciencia e invoca a Dios Todopoderoso, de manera que te una con tus virtuosos padres”.
Luego el Imam (a.s.) elevó las manos en súplica y dijo: “¡Dios mío! Si es que has decretado que debes hacer permanecer con vida a esta gente por un tiempo, suscita una fuerte discrepancia entre ellos… puesto que nos han convocado y prometido auxilio, pero nos atacaron y asesinaron”.
En ese momento, Harmalah ibn Kâhil, el arquero del ejército enemigo, apuntó al delgado cuello de ‘Abdul·lâh y le degolló en tanto se encontraba en brazos de su tío.    
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquellos que tiranizaron a qué destino se dirigen». 




Día 6: La Tragedia de Qâsim

L
a noche de ‘Ashûrâ’ es una de las más magníficas de la historia del hombre. Fue la noche en que la humanidad se vio ante dos caminos: el bien y el mal. Cuántas personas hasta esa noche se encontraban en el campamento de la incredulidad pero en una noche atravesaron un camino de cien años y se unieron a la Verdad.
En la noche de ‘Ashûrâ’ el Imam Husain (a.s.) reunió a sus compañeros a su alrededor y luego de glorificar a Dios, expresó: “En verdad que no conozco compañeros más leales ni familia más obediente que vosotros. Este ejército me busca a mí y es conmigo que son hostiles y mañana me entablaré en lucha con ellos. Es por eso que os libero de vuestra bai‘ah o juramento de fidelidad y os doy permiso para dejarme. Aprovechad la oscuridad de la noche y partid…”
Tras las palabras del Imam, primero habló Abûl Fadl al-‘Abbâs, después los demás integrantes de los hashemíes, y luego los compañeros del Imam (a.s.), quienes dijeron: “¿Para qué queremos permanecer vivos después de ti, ¡oh hijo del Mensajero de Dios!? En verdad que si una y otra vez fuéramos matados y vueltos a la vida, jamás dejaríamos de auxiliarte”.
Al escuchar estas palabras el Imam dijo: “Mañana yo seré muerto y vosotros también lo seréis”.
Aquí fue que se manifestó la cúspide de la nobleza humana y en respuesta al anuncio de su muerte indefectible los compañeros y familia del Imam dijeron: “¡Agradecemos a Dios que nos ha concedido el éxito de ser tus auxiliares y nos ha honrado con el  martirio junto a ti!”.
Luego de que el Imam (a.s.) les dejara complemente en claro el asunto y se pusiera de manifiesto la inquebrantable bai‘ah o juramento de fidelidad de aquéllos, rogó por ellos y luego dijo: “¡Levantad vuestras cabezas y observad vuestro lugar en el Jardín del Paraíso”. De esta manera, cada uno de sus compañeros percibió con su visión interior su propio lugar en el Más Allá.
Qâsim ibn al-Hasan, el hijo mayor del Imam Hasan al-Muÿtabâ (a.s.), que era un adolescente apenas maduro y que también se encontraba allí, contempló esa apasionada y entusiasta escena, y le preguntó a su tío: “¿Acaso yo también seré muerto junto a tus compañeros?”. El corazón del Imam (a.s.) se enterneció por el hijo de su hermano y le preguntó: “¡Oh hijito! ¿Cómo es la muerte para ti?”. Qâsim le respondió con valentía: “¡Más dulce que la miel!”.
El Imam (a.s.) le dijo con ternura y compasión: “¡Que tu tío sea sacrificado por ti! Así es. Tú también serás muerto después de que te acontezca una gran aflicción”. Luego agregó: “¡Mi pequeño hijo ‘Alî Asgar también será muerto!”. Un ardor y sentido de hombría brotó del adolescente Qâsim y preguntó: “¡Tío! ¿Acaso las manos de los enemigos llegarán también a las tiendas de las mujeres que matarán incluso a ‘Alî Asgar que es un bebé?”. El Imam le respondió: “¡Que tu tío sea sacrificado por ti! Un corrupto de entre los enemigos lanzará una flecha hacia la garganta de ‘Alî Asgar, que alcanzará el martirio estando en mis brazos llorando y su sangre corra por mis manos…”. Luego ambos lloraron, y por su llanto también lo hicieron sus compañeros y auxiliares, elevándose a los cielos, desde las tiendas, el clamor de lamento de la familia del Mensajero de Dios (s.a.w.).
Pero, ¿cuál fue esa gran aflicción que el Imam le vaticinó a Qâsim? Tal vez, de la manera en que fue martirizado se nos manifieste el secreto de tal aflicción…
Algunos escritores narraron que luego de que ‘Alî Akbar se dirigiera al campo de batalla y fuera martirizado, Qâsim ibn al-Hasan salió de la tienda proponiéndose la lucha.
Cuando el Imam Husain (a.s.) vio al hijo de su hermano que había salido para combatir, le abrazó y lloraron juntos al punto de casi desfallecer. Luego de calmarse, Qâsim le solicitó a su tío permiso para el ÿihâd, pero él no se lo concedió, por lo que Qâsim cayó a sus pies besándole e implorándole, hasta que finalmente obtuvo su consentimiento y se apresuró hacia el campo de batalla.
Los documentos históricos narran de uno de los soldados del ejército enemigo que “un muchacho cuyo rostro era tan bello como un fragmento de luna, salió de las tiendas y galopó hacia nosotros”. Mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, Qâsim recitaba los siguientes versos:
Si es que no me conocéis, yo soy el hijo de Al-Hasan,
El nieto de Al-Mustafâ, el digno de fiar,
Y éste es Husain, apremiado como un prisionero,
Entre personas que no gozarán de la gracia 
Es así, que a pesar de su corta edad y la pequeñez de su cuerpo, guerreó con vehemencia matando a un número de soldados de Iazîd. Los soldados le rodearon en grupo y uno de ellos galopó hacia él, infligiéndole un fuerte golpe. Qâsim cayó al suelo de bruces y clamó por ayuda diciendo “¡Oh tío!”. Entonces, el Imam levantó su cabeza y como un águila aguzó su mirada hacia el campo de batalla, y cual león enfurecido, velozmente atacó, y con un blandir de espada cortó desde el codo el brazo del que había golpeado a Qâsim. Éste dio un grito tan estrepitoso que los jinetes del enemigo lo escucharon y galoparon hacia el campo de batalla para librarle de las manos del Imam (a.s.). Bajo esas severas condiciones, se entabló una lucha entre el Imam (a.s.) y los kufíes, en tanto que Qâsim se encontraba tirado en el suelo… Y tal vez esa, fue “la gran aflicción”.
Luego de que el polvo de la batalla se asentó, vieron al Imam (a.s.) que abrazaba a Qâsim y le cargaba de regreso a la tienda mientras los pies de Qâsim arrastraban el suelo. El Imam dijo: “¡Que esta gente sea alejada de la misericordia divina, y que tu abuelo el Mensajero de Dios (s.a.w.) sea su enemigo en el Día de la Resurrección!”. Luego susurró: “¡Juro por Dios que para tu tío es muy duro que le hayas invocado pero no haya podido salvarte…!”.
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?».
«Y pronto sabrán aquellos que tiranizaron a qué destino se dirigen».




Día 7: La Tragedia de ‘Alî Asgar

S
e acercaban los momentos más amargos de la historia. La totalidad de los auxiliares y compañeros del Imam Husain (a.s.) ya se habían dirigido al campo de batalla y habían sido martirizados. En el campamento de la verdad sólo quedaban dos hombres: Aba ‘Abdil·lâh al-Husain, y ‘Alî Zain al-‘Abidîn, quien por voluntad divina permanecería con vida tras el suceso de Karbalâ’ y asumiría el liderazgo de la comunidad luego del Imam Husain (a.s.), porque el día de Ashûrâ’ se hallaba sumamente enfermo, al punto de no poder ponerse de pie y presentarse en el campo de batalla.
Al verse sólo y sin nadie que le auxilie, el Imam (a.s.), para dejar completamente en claro el asunto y no quedaran excusas, gritó: “¿Acaso hay alguien que defienda la santidad del Mensajero de Dios (s.a.w.)? ¿Acaso hay algún monoteísta que tema a Dios y nos defienda? ¿Acaso hay algún auxiliador que procure a Dios auxiliándonos? ¿Acaso hay alguien que nos asista procurando lo que hay ante Dios?”.
La voz del Imam requiriendo ayuda llegó a las tiendas y las mujeres entendieron que Husain ya no tenía quien le asistiera, por lo que sus voces se elevaron en llantos y lamentos. El Imam (a.s.) se dirigió a las tiendas para que tal vez al verlo las mujeres se calmaran un poco, cuando de pronto escuchó a su hijo de seis meses ‘Abdul·lâh ibn al-Husain -conocido como ‘Alî Asgar- llorando por la intensidad de la sed.
‘Alî Asgar era un pequeño bebé y no había agua en las tiendas para calmar su sed, ni tampoco su madre Rabâb tenía leche para amamantarle.
El  Imam tomó a ‘Alî Asgar envuelto en su mantilla y se dirigió hacia el enemigo; se detuvo frente al ejército de Iazîd y dijo: “¡Oh gentes!  ¡Si no tenéis ninguna compasión por mí, tened misericordia de este niño…!”.
Pero era como si la semilla de la misericordia no hubiera sido diseminada en sus corazones de piedra y toda la ignominia del mundo fluyera en lo más profundo de su ser, ya que en lugar de ofrecer un odre de agua al hijo del Mensajero de Dios (s.a.w.), uno de los arqueros del clan de los Banî Asad -que según se dice se llamaba Harmalah ibn Kâhil- colocó una flecha en el arco y apuntó a la garganta del niño, y de pronto las manos y pecho del Imam se tiñeron de sangre… La pequeña cabeza y frágil garganta del pequeño lactante se separaron de su cuerpo…
El Imam (a.s.) empapó sus manos con la sangre de ‘Alî Asgar y la esparció hacia el cielo diciendo: “Lo que me facilita poder soportar todo esto es que Dios está observando”. En ese momento Hassîn ibn Tamîm lanzó otra flecha que rozó los benditos labios del Imam (a.s.) y fluyó sangre por su boca. El Imam volteó hacia el cielo y expresó la siguiente letanía: “¡Dios mío! Me quejo ante Ti de lo que hacen conmigo y con mis hermanos, hijos y cercanos”
Entonces se alejó del ejército enemigo y con su espada cavó una pequeña tumba. El cuerpo de ‘Alî estaba impregnado de sangre y Husain le rezó y sepultó su pequeño cuerpo…
Según las fuentes históricas, el martirio de ‘Alî Asgar, con él sea la paz, fue una de las tragedia más duras y trágicas por las que tuvo que atravesar el Imam. ‘Aqabah ibn Bashîr al-Asadî narró que: “El Imam al-Bâqir (a.s.) me dijo: “¡Vosotros los del clan de Banî Asad tenéis una deuda de sangre con nosotros!”, y luego me relató la historia del degollamiento de ‘Alî Asgar.”
Asimismo se narra que luego del levantamiento de Al-Mujtâr ibn Abî ‘Ubaidah az-Zaqafî, cuando le hicieron llegar al Imam Zain al-‘Abidîn (a.s.) las noticias sobre que los asesinos de Karbalâ fueron objeto de venganza, el Imam preguntó: “¿Qué sucedió con Harmalah?”, lo cual demuestra cómo quedó ese enardecimiento en los corazones de Ahl-ul Bait (a.s.)…
Ese enardecimiento también se encuentra en nuestros corazones así como en los corazones dotados de humanidad, hasta que llegue la época del Levantamiento del Mahdî de la Familia de Muhammad (s.a.w.) y tome venganza de los tiranos…
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquellos que tiranizaron a qué destino se dirigen».




Día 8: La Tragedia de ‘Alî Akbar

E
n verdad que la tierra y el tiempo no han visto Compañeros más leales que los de Husain (a.s.), personas que mientras estuvieron con vida, no permitieron que la Gente de la Casa del Profeta (s.a.w.) pusiera los pies en el campo de batalla… Pero instantes después de que el último de ellos cayera, llegó el momento de que los jóvenes hashemíes también se dirigieran al degolladero de la pasión.
 ‘Alî ibn Al-Husain, el hijo del Imam Husain (a.s.) conocido como ‘Alî Akbar, fue el primero de la familia del Imam que requirió permiso para dirigirse al campo de batalla.
Tanto por parte de padre como por parte de madre ‘Alî Akbar (a.s.) se vinculaba a las más nobles personas. Sus padres y abuelos paternos no necesitan ser presentados. Su abuelo materno, ‘Urwah ibn Mas‘ûd az-Zaqafî, fue alguien que alcanzó el martirio en el camino de la difusión de la religión. El Profeta (s.a.w.) le describió diciendo: “He visto a ‘Îsa ibn Mariam (Jesús,  con él sea la paz), y ‘Urwah ibn Mas‘ûd es quien más se le asemeja”. Asimismo, se contaba entre los cuatro grandes señores de los árabes.
‘Alî Akbar tenía en extremo un buen comportamiento y un bello rostro, y a causa de su gran parecido con el Profeta (s.a.w.), los Compañeros le miraban a él cada vez que extrañaban al Profeta (s.a.w.).
Cierto día, cerca del mediodía, en que la Caravana de Pasión se trasladaba desde La Meca hacia Karbalâ’, hicieron un alto en una morada. Allí, el Imam (a.s.) se sumió en un ligero sueño y luego de unos momentos expresó: “He visto a alguien que clamaba: “¡Estáis marchando y la muerte se mueve tras de vosotros!”. Alî Akbar le dijo al Imam (a.s.): “¡Padre! ¿Acaso no estamos con la verdad?”. El Imam (a.s.) le respondió: “Así es, hijo mío. ¡Juro por Dios que nosotros estamos con la verdad!”. He ahí que ‘Alî Akbar dijo con bravura: “¡Entonces no tenemos miedo de la muerte!”. Al Imam Husain (a.s.) le embargó un sentimiento de beneplácito y expresó: “¡Hijo mío! ¡Que Dios te brinde la mejor recompensa que un padre puede dar a su hijo!”.

En cuanto al día de ‘Ashhûrâ’…

El proceder del Imam (a.s.) consistía en que, por compasión y sensibilidad, a quien le requería permiso para dirigirse al campo de batalla, al principio no se lo concedía. Pero esta vez fue diferente. Ni bien ‘Alî Akbar solicitó el permiso, el Imam se lo concedió… Esa fue la tradición del Mensajero de Dios (s.a.w.), quien -a diferencia de otros líderes que mantenían a sus allegados alejados de las batallas- durante las expediciones militares enviaba a la guerra a sus allegados antes que a los demás.
Husain (a.s.) echó una desesperanzada mirada al porte de su bravo hijo y seguidamente bajó su mirada, y lloró…
Luego de que enviara a ‘Alî Akbar al campo de batalla, el Imam (a.s.) elevó su mirada al cielo, y tomándose de la barba, dirigió a Dios la siguiente letanía: “¡Dios mío! Sé testigo que se ha dirigido a combatir a esa gente un joven que es el más parecido entre la gente, tanto en constitución como en carácter y habla, a Tu Mensajero, de modo que cada vez que extrañábamos al Mensajero mirábamos su rostro”.
Entonces recitó esta aleya: «Ciertamente que Dios eligió a Adán, a Noé, a la familia de Abraham y a la familia de ‘Imrân por sobre los seres del universo; descendencias unas de otras. En verdad que Dios es el que escucha, el Sabio».
 ‘Alî Akbar galopó hacia el ejército enemigo recitando versos de batalla y derribó numerosos soldados de Iazîd.
Poco a poco, la sed y las diversas heridas hicieron que el ardor y fuerzas de ‘Alî Akbar flaquearan, y uno de los enemigos logró descargarle un golpe sobre la cabeza. La sangre cubrió su rostro y le derribó. ‘Alî Akbar rodeó con sus manos el cuello de su caballo aferrándose para no caer al suelo, pero por la aglomeración del enemigo, en vez de llevarle de regreso a las tiendas, el caballo le condujo al corazón del ejército enemigo. Los sanguinarios soldados de Iazîd rodearon el caballo y asestaron golpes de espada a su cuerpo desde todas direcciones, de modo que, según se ha trasmitido, le destrozaron en pedazos.
Fue en esa situación que ‘Alî Akbar se dirigió a su padre clamando: “¡Oh padre! ¡Contigo sea la paz! ¡He aquí a mi abuelo el Mensajero de Dios (s.a.w.) que ha venido a mi lado y me hace beber de una copa llena de agua…!”.
El Imam (a.s.) rápidamente llegó hasta donde se encontraba su cuerpo. Puso su cara junto a la suya y dijo: “¡Que el mundo se desvanezca después de ti!”.
Según la Ziârah o salutación de visita transmitida del Imam as-Sâdiq (a.s.), en ese momento el Imam Husain lanzó al cielo un puñado de su sangre y lo increíble es que ni una gota retornó al suelo…
Al observar esta escena, Zainab salió presurosa de la tienda mientras clamaba: “¡Oh hermano! ¡Oh hijo de mi hermano!”, y se lanzó sobre el cuerpo de ‘Alî Akbar. El Imam (a.s.) la tomó haciéndola volver a las tiendas y dijo a los jóvenes: “¡Coged a vuestro hermano y llevadle a las tiendas!”…
Así es. El Imam mismo llevó los cuerpos de todos los mártires a las tiendas, a excepción de dos, por cuyo martirio sintió que se quebraba: su hijo ‘Alî Akbar y su hermano Abûl Fadl al-‘Abbâs, con ambos sea la paz…
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquellos que tiranizaron a qué destino se dirigen».




Día 9: La Tragedia de Abûl Fadl Al-‘Abbâs, el Abrevador de los Labios Sedientos

A
bûl Fadl al-‘Abbâs, era un joven apuesto y de estatura alta y elegante, por cuya gran belleza era llamado Qamar Banî Hashim (“Luna de los hashemíes”). Era tan alto que al montar a caballo sus pies rozaban el suelo. A causa de la valentía y combatividad sin igual que poseía, era el portaestandarte del Imam al-Husain (a.s.). Cuando el Imam (a.s.) preparaba para la guerra a sus escasas fuerzas, le confió el estandarte. La raíz de la valentía y bravura de ‘Abbâs, con él sea la paz, estaba en sus padres y abuelos; su padre fue el héroe excepcional del Islam “el León triunfante de Dios”, ‘Alî ibn Abî Tâlib (a.s.), y por parte de madre se vinculaba a los Banî Kilâb, quienes eran los más valientes de los árabes.
Las fuentes históricas acreditadas mencionan que poco antes de alcanzar el martirio, Fâtima az-Zahrâ’ (a.s.) le había encomendado a Amîr al-Mu’minîn (a.s.) que se casara nuevamente después de que ella falleciera.
Luego de que Hadrat Fâtimah (a.s.) alcanzara el martirio y ‘Alî atravesara por los amargos sucesos que tras ello tuvieron lugar, le pidió a su hermano ‘Aquîl, quien conocía las genealogías y las características de los clanes de la Península Árabe, y asimismo conocía muy bien las noticias e historia de los árabes, que eligiera para él una mujer nacida en el seno de una gran y valiente familia, de manera que pudiera darle un hijo bravo y guerrero.
‘Aquîl eligió para él a Fâtima bint Hizâm ibn Jâlid del clan de los Banî Kilâb, y le dijo: “Entre los árabes no existe nadie más valiente y combativo que sus padres”. Amîr al-Mu’minîn pidió a su padre la mano de su hija y se casó con ella. Fâtimah le dio cuatro bravos hijos llamados: ‘Abbâs, ‘Abdul·lâh, Ÿa‘far y ‘Uzmân. Es por ello que ella pasó a ser conocida como “Umm al-Banîn” (“La madre de los hijos”).
Tal vez en ese tiempo nadie sabía el porqué de esa decisión, pero cuando en Karbalâ’, Husain (a.s.) se quedó sin auxiliar ni compañero, y esos valientes hermanos –especialmente el portaestandarte de Karbalâ’, Abûl Fadl al-‘Abbâs, con él sea la paz- uno por uno sacrificaron con denuedo sus vidas, quedó de manifiesto la prodigiosa previsión de ‘Alî (a.s.).
El día noveno de Muharram, Shimr ibn Dhîl Ÿaushan fue comisionado por ‘Ubaidul·lâh ibn Ziâd para que, en caso de que los comandantes del ejército desobedecieran las órdenes de atacar las tiendas de Husain (a.s.), él mismo asumiera la comandancia y atacara al Imam (a.s.). Éste era del mismo clan que Umm al-Banîn y lo vinculaba un lejano parentesco a ‘Abbâs y sus hermanos, por lo que tomó de ‘Ubaidul·lâh una carta de salvoconducto para, según conjeturaba, poder separarlos de Husain (a.s.) y, en tanto debilitaba su posición, ¡salvar a sus parientes!
En las últimas horas del día noveno de Muharram, Shimr llegó a las cercanías de las tiendas del Imam (a.s.) y gritó: “¿A dónde están mis sobrinos?”. Abbâs, ‘Abdul·lâh, Ÿa‘far y ‘Uzmân salieron y le dijeron: “¿Qué es lo que buscas?”. Shimr les dijo: “¡Os he traído un salvoconducto! ¡Estáis a salvo!”. Los cuatro jóvenes le respondieron: “¡La maldición sea sobre ti y sobre tu salvoconducto! ¿Acaso nosotros estaremos a salvo sin que lo esté el hijo del Mensajero de Dios?”. Y ‘Abbâs le gritó: “¡Que tu mano sea cortada! ¡Qué pésimo salvoconducto has traído! ¡Oh enemigo de Dios! ¿Acaso pretendes que abandonemos a nuestro hermano y señor, Husain, el hijo de Fátima, y nos pongamos a las órdenes de los malditos e hijos de los malditos?”. Shimr se encolerizó y volvió al ejército de los enemigos.

La tarde de ‘Ashûrâ’…

Todos los compañeros y familia del Imam (a.s.) ya habían sido martirizados y solo quedaban Husain y ‘Abbâs -con ambos sea la paz-. Al ver la soledad de su hermano, ‘Abbâs se le acercó y le dijo: “¡Hermano! ¿Acaso me das permiso para dirigirme al ÿihâd?”. El Imam lloró fuertemente y dijo: “¡Hermano! Tú eres mi portaestandarte, y si tú ya no estás la caravana se disgregará”. ‘Abbâs le respondió: “Siento una presión en mi pecho y ya no me importa la vida. ¡Quiero tomar venganza de estos hipócritas!”.  El Imam (a.s.) le dijo: “Entonces ve a traer un poco de agua para los niños”. ‘Abbâs fue hacia el ejército enemigo y les aconsejó y advirtió de sus acciones, pero ello no causó efecto en sus corazones de piedra, por lo que regresó a las tiendas y le informó de lo sucedido a su hermano. En ese mismo momento, escuchó el llanto desgarrador de los niños que por la sed gritaban: “Al-‘atash, al-‘atash” (“¡(Tenemos) sed! ¡(Tenemos) sed!”). Al observar tal situación montó su caballo, cogió una lanza y un odre y se dirigió hacía el Éufrates mientras recitaba los siguientes versos:
No temo a la muerte cuando ésta clama
Hasta verme sumido bajo el embate de los audaces.
¡Sacrifico mi alma en salvaguarda de la pura alma del Profeta elegido!
Por cierto que soy Al-‘Abbâs y me dispongo a abrevar
Y no temo al mal del día del enfrentamiento.
Cuatro mil hombres le rodearon y le lanzaron flechas para impedirle llegar hasta el agua, pero el bravo de los hashemíes logró llegar hasta el río. Después de varias horas de estar sediento y soportar el combate, la sed se había apoderado de todo su ser. El agua corría bajo las patas del caballo invitando a ‘Abbâs a beber. Llenó las palmas de sus manos con agua y las acercó a su boca para beber, pero recordó la sed de Husain (a.s.) y de su familia, por lo que vertió el agua de sus manos y llenó el odre; se lo colocó en su hombro derecho y fustigó su cabalgadura en dirección a las tiendas.
Para que ni siquiera esos cuantos sorbos de agua llegaran al paladar de los niños del Mensajero de Dios (s.a.w.), el ejército enemigo le cerró el camino atacándole desde todas direcciones. ‘Abbâs les combatió hasta que uno de los soldados le cortó la mano derecha con la espada.
‘Abbâs resistió y colgó el odre en su hombro izquierdo y a su vez tomó la espada con la mano izquierda y siguió su camino en medio del enemigo, hasta que de repente, un filo golpeó su mano izquierda y también la cortó.
‘Abbâs no se desesperanzó y tomó el odre con sus dientes para hacerlo llegar a las tiendas, pero otra flecha rajó el odre y el agua se derramó en la ardiente tierra de Karbalâ’. Aquí fue cuando ‘Abbâs perdió toda esperanza.
Inmediatamente, una flecha le penetró el pecho y le arrojó del caballo, terminando la tarea y dejando a Husain (a.s.) sin su portaestandarte.
Finalmente, uno de los soldados del ejército enemigo atacó el cuerpo malherido de ‘Abbâs con una barra de hierro, partiéndole el cráneo. La cabeza de ‘Abbâs –así como sucedió con la de su padre ‘Alî, con él sea la paz- se partió. ‘Abbâs cayó al suelo mientras clamaba: “¡Oh Abâ ‘Abdil·lâh (Al-Husain)! ¡Oh hermano! ¡Que la paz sea contigo!”.
El Imam (a.s.) llegó hasta donde se encontraba el cuerpo sin manos de su hermano, y al verle martirizado exclamó: “¡Ahora se ha partido mi espalda y se me han terminado los recursos!”…
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquéllos que tiranizaron a qué destino se dirigen».

Día 10: La Tragedia del Imam Al-Husain (a.s.)

E
ra la tarde del día de ‘Ashûrâ’. La tierra de Karbalâ’ se encontraba repleta de lanzas, espadas y cadáveres. Ya no quedaba nada del pequeño ejército de la verdad, pero aún así, en el ejército de Satanás decenas de miles de lobos hambrientos seguían esperando a su presa.
Husain ya no tenía a nadie. Habîb, Zuhair, Barîr, Hurr y los demás compañeros, habían sido martirizados. ‘Alî Akbar, Qâsim, Ÿa‘far y el resto de los jóvenes hashemíes -incluido el pequeño ‘Alî Asgar con sus seis meses de edad- también habían sido sacrificados en el camino del Islam. ‘Abbâs, sin cabeza ni manos, y lejos de las tiendas, ya había partido al encuentro de su Creador.
Husain (a.s.) observaba a uno y otro lado... En toda esa extensa planicie no había ni siquiera una persona que defendiera a la familia y santidad del Mensajero de Dios (s.a.w.)…
El Imam (a.s.) ingresó a las tiendas y se despidió de las mujeres de Ahl-ul Bait. Fue una escena desgarradora y dolorosa. Los niños y niñas rodearon al Imam sin saber qué últimas palabras decirle. Sukaînah, la hija del Imam (a.s.), clamaba: “¡Padre! ¿Acaso vas a morir y te preparas para partir?”. El Imam le respondió: “¿Cómo no habrá de morir alguien que ya no tiene auxiliar ni compañero?”. Entonces las voces se alzaron en llanto. El Imam les pidió que hicieran silencio y les dio unas recomendaciones. Luego entregó los depósitos del Imamato y los legados de los profetas a su hijo ‘Alî Zain al-‘Âbidîn (a.s.), quien se encontraba sumamente enfermo, y seguidamente partió hacia el campo de batalla.
A pesar de encontrarse sólo y sediento, el Imam (a.s.) combatió heroicamente contra miles de soldados del enemigo. A veces dirigía su ataque al ala derecha del ejército y decía:
La muerte es mejor que vivir en la ignominia
Y la ignominia es preferible a ingresar en el Infierno.
Luego arremetía contra el ala izquierda y decía:
Yo soy Husain, el hijo de ‘Alî,
¡Me he jurado no rendirme!,
Defiendo a la familia de mi padre,
Marcho en la vía del Profeta.
            Uno de los kufíes relataría: “Nunca había visto a alguien siendo atacado por un número tan elevado de enemigos -y cuyos hijos y compañeros hubieran sido muertos- ser tan valiente y osado. Los hombres del ejército le acometían, pero él les atacaba con su espada, y éstos se dispersaban y enmarañaban cual rebaño de ovejas sobre el que arremete un feroz león, para luego él volver a su posición y decir: “¡No hay poder ni fuerza más que en Dios, el Altísimo, el Majestuoso!”.
En las fuentes históricas se transmitió que el Imam (a.s.) mató alrededor de 2000 hombres del ejército de Iazîd, hasta que ‘Umar ibn Sa‘d gritó a sus soldados: “¡Ay de vosotros! ¿Acaso sabéis a quién estáis combatiendo? ¡Éste es el hijo de ‘Alî! ¡El hijo del que mató a los campeones de los árabes! ¡Atacadle en grupos y desde todos los flancos!”. Y ordenó a 4000 arqueros que dispararan al Imam (a.s.) desde todas direcciones. Incluso había unos cuantos que le lanzaban piedras.
            En algunas narraciones se menciona que por la cantidad de las flechas que le atravesaron, el cuerpo del oprimido Imam parecía estar cubierto de espinas, de manera que después de su martirio se llegó a contar más de 1000 heridas sobre su cuerpo, de las cuales solo 32 no eran de flechas.
El Imam (a.s.), malherido y exhausto, se detuvo unos momentos para procurarse un respiro. Fue en ese momento que uno de los enemigos le lanzó una piedra que le asestó en la frente, empapándole la sangre el rostro. El Imam quiso limpiarse esa sangre, cuando de repente, una flecha envenenada de tres puntas le perforó el pecho. El Imam dijo: “¡En el Nombre de Dios. Por Dios. Y en la religión del Mensajero de Dios!”, y elevó su rostro al cielo diciendo: “¡Dios mío! Tú sabes que esta gente está matando a un hombre que, fuera de él, no hay otro hijo del Mensajero de Dios sobre la Tierra”. Entonces cogió la flecha y se la quitó, comenzando a fluir la sangre raudamente. Seguidamente, el Imam llenó su mano con esa sangre y la dispersó hacia el cielo. Los presentes dirían que ni una gota de esa sangre volvió al suelo y que a partir de ese momento el cielo de Karbalâ’ se tornó rojizo. Luego otra vez llenó su mano con esa sangre y empapó su cara y barba con la misma, y dijo: “Me encontraré con mi abuelo el Mensajero de Dios teñido de esta manera y me quejaré de esta gente ante él”.
            Algunos soldados enemigos rodearon al Imam y uno de ellos le asestó un golpe con la espada, lo que provocó que su casco se hendiera y el filo alcanzara su cabeza, brotando su sangre.
Luego Shimr ibn Dhil Ÿaushan, junto con algunos soldados, arremetió contra las tiendas. Shimr quiso incendiar las tiendas. El Imam (a.s.) volteó la cabeza y al observar esa escena, clamó gritando su histórica frase: “¡Ay de vosotros! ¡Si es que no tenéis religión y no teméis el Día de la Resurrección, por lo menos sed libres en este mundo y mostrad hombría de bien!”. Inmediatamente después dirigió sus palabras hacia el comandante del ejército de Iazîd, gritándole: “¡Protege a mi familia de las manos de tus impertinentes e insensatos hombres!”. Shabaz fue hasta donde se encontraba Shimr y le advirtió con vehemencia respecto a lo que hacía. Shimr, con vergüenza, ordenó a sus hombres que se alejaran de las mujeres y los niños y se dirigieran donde se encontraba Husain, quien había demostrado ser un gran contrincante y un hombre digno.
Fue en ese momento que el adolescente e inmaduro ‘Abdul·lâh, el hijo del Imam Hasan al-Muÿtabâ, salió de las tiendas para defender a su tío, pero él también terminó alcanzando el martirio de una manera desgarradora (lo cual ya mencionamos en el quinto día).
El ejército enemigo se acercó al Imam (a.s.) -quien ya no tenía fuerzas por la intensidad de las heridas y la extenuación infringida por la sed- estrechando cada vez más y más el cerco a su alrededor.
Zar‘ah ibn Sharîk se acercó al Imam y le asestó un golpe de espada en su mano izquierda. Luego otro soldado le asestó otro golpe desde atrás, ingresando el filo en el hombro del Imam (a.s.), quien cayó de bruces al suelo por la fuerza del mismo.
Estos dos malditos retrocedieron en tanto que el Imam, desfalleciente, una y otra vez se erguía con esfuerzo, pero otra vez se desplomaba…
Sinân ibn Anas atacó al Imam y le clavó una lanza por la espalda tan fuertemente que la punta de la misma salió por su pecho. El Imam había caído en el foso de la muerte… y pronunció su última letanía dirigida a su Señor. Cuanto más pasaba el tiempo lucía más bello y con mejor semblante… Uno de los narradores escribió: “¡Juro por Dios! Nunca vi a ningún moribundo empapado en sangre, tan bello y con un rostro tan luminoso como Husain. Nosotros habíamos ido a matarle, pero sus facciones y la belleza de su aspecto, nos hacía olvidar la idea”.
Los ejecutores, cual lobos hambrientos, hicieron un cerco alrededor del Imam (a.s.) para, según se figuraban, terminar con él y degollar la verdad para siempre.
Al no escuchar más la voz del Imam gritando los takbir o engrandecimientos a Dios, Zainab -con ella sea la paz- corrió fuera de la tienda en tanto clamaba: “¡Oh hermano! ¡Oh mi señor! ¡Oh Gente de la Casa! ¡Ojala el cielo cayera sobre la tierra! ¡Ojala las montañas se hicieran polvo y se dispersaran!...”, hasta que alcanzó a subir una loma desde la que pudo observar el campo de batalla y presenciar esa escena desgarradora.
Al ver a esos lobos que se habían reunido allí para matar al Imam, Zainab le gritó a ‘Umar ibn Sa‘d: “¡Ay de ti ‘Umar! ¿Acaso matan a Abâ ‘Abdul·lâh y tú sólo observas?”. Corrieron unas lágrimas por las mejillas de ‘Umar ibn Sa‘ad pero no le respondió, sino que volteó su rostro. Ella (a.s.) clamó: “¡Ay de vosotros! ¿Acaso no hay un musulmán entre vosotros?”, pero nadie respondió.
Shimr le gritó a sus secuaces: “¿Por qué dejáis esperando a este hombre?” procurando que alguno de ellos terminara la tarea. Jaûlî ibn Iazîd desmontó presuroso del caballo para cortar la bendita cabeza del Imam, pero al acercarse a él empezó a temblar y no pudo hacerlo. Shimr le dijo: “¡Que tus brazos queden incapaces! ¿Por qué tiemblas?”. Entonces él mismo tomó un cuchillo y junto con Sinân se acercó para cortar la cabeza del Imam (a.s.)…
«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquéllos que tiranizaron a qué destino se dirigen».


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