lunes, 28 de noviembre de 2011

La Tragedia de Karbalâ' - Día 10



Preparado por: La Asamblea Mundial de Ahlul Bait (a.s.)
y el Instituto de Cultura y Ciencias del Islam “Al-Gadîr”.


Día 10: La Tragedia del Imam Al-Husain (a.s.) 

era la tarde del día de ‘Ashûrâ’. La tierra de Karbalâ’ se encontraba repleta de lanzas, espadas y cadáveres. Ya no quedaba nada del pequeño ejército de la Verdad, pero aún así, en el ejército de Satanás decenas de miles de lobos hambrientos seguían esperando a su presa.
Al-Husain ya no tenía a nadie. Habîb, Zuhair, Barîr, Hurr y los demás compañeros, habían sido martirizados. ‘Alî Akbar, Qâsim, Ÿa‘far y el resto de los jóvenes hashemíes -incluido el pequeño ‘Alî Asgar con sus seis meses de edad- también habían sido sacrificados en el camino del Islam. Al-‘Abbâs, sin cabeza ni manos, y lejos de las tiendas, ya había partido al encuentro de su Creador.
Al-Husain (a.s.) observaba a uno y otro lado... En toda esa extensa planicie no había ni siquiera una persona que defendiera a la familia y santidad del Mensajero de Dios (s.a.w.)…
El Imam (a.s.) ingresó a las tiendas y se despidió de las mujeres de Ahl-ul Bait. Fue una escena desgarradora y dolorosa. Los niños y niñas rodearon al Imam sin saber qué últimas palabras decirle. Sukaînah, la hija del Imam (a.s.), clamaba: “¡Padre! ¿Acaso vas a morir y te preparas para partir?”. El Imam le respondió: “¿Cómo no habrá de morir alguien que ya no tiene auxiliar ni compa­ñero?”. Entonces las voces se alzaron en llanto. El Imam les pidió que hicie­ran silencio y les dio unas recomendaciones. Luego entregó los depósitos del Imamato y los legados de los profetas a su hijo ‘Alî Zain Al-‘Âbidîn (a.s.), quien se encontraba suma­mente enfermo, y seguida­mente partió hacia el campo de batalla.
A pesar de en­con­trarse sólo y se­diento, el Imam (a.s.) combatió heroicamente contra miles de soldados del enemigo. A veces dirigía su ataque al ala derecha del ejército y decía:
La muerte es mejor que vivir en la ignominia
Y la ignominia es preferible a ingresar en el Infierno.
Luego arremetía contra el ala izquierda y decía:
Yo soy Husain, el hijo de ‘Alî,
¡Me he jurado no rendirme!,
Defiendo a la familia de mi padre,
Marcho en la vía del Profeta.
            Uno de los kufíes relataría: “Nunca había visto a alguien siendo atacado por un número tan elevado de enemigos -y cuyos hijos y compañeros hubieran sido muertos- ser tan valiente y osado. Los hombres del ejército le acometían, pero él les atacaba con su espada, y éstos se dispersaban y enmarañaban cual rebaño de ovejas sobre el que arremete un feroz león, para luego él volver a su posición y decir: “¡No hay poder ni fuerza más que en Dios, el Altísimo, el Majestuoso!”.
En las fuentes históricas se transmitió que el Imam (a.s.) mató alrededor de 2000 hombres del ejército de Iazîd, hasta que ‘Umar ibn Sa‘d gritó a sus soldados: “¡Ay de vosotros! ¿Acaso sabéis a quién estáis combatiendo? ¡Éste es el hijo de ‘Alî! ¡El hijo del que mató a los campeones de los árabes! ¡Atacadle en grupos y desde todos los flancos!”. Y ordenó a 4000 arqueros que dispararan al Imam (a.s.) desde todas direcciones. Incluso había unos cuantos que le lanzaban piedras.
            En algunas narraciones se menciona que por la cantidad de las flechas que le atravesaron, el cuerpo del oprimido Imam parecía estar cubierto de espinas, de manera que después de su martirio se llegó a contar más de 1000 heridas sobre su cuerpo, de las cuales solo 32 no eran de flechas.
El Imam (a.s.), malherido y exhausto, se detuvo unos momentos para procurarse un respiro. Fue en ese momento que uno de los enemigos le lanzó una piedra que le asestó en la frente, empapándole la sangre el rostro. El Imam quiso limpiarse esa sangre, cuando de repente, una flecha envenenada de tres puntas le perforó el pecho. El Imam dijo: “¡En el Nombre de Dios. Por Dios. Y en la religión del Mensajero de Dios!”, y elevó su rostro al cielo diciendo: “¡Dios mío! Tú sabes que esta gente está matando a un hombre que, fuera de él, no hay otro hijo del Mensajero de Dios sobre la Tierra”. Entonces cogió la flecha y se la quitó, comenzando a fluir la sangre raudamente. Seguidamente, el Imam llenó su mano con esa sangre y la dispersó hacia el cielo. Los presentes dirían que ni una gota de esa sangre volvió al suelo y que a partir de ese momento el cielo de Karbalâ’ se tornó rojizo. Luego otra vez llenó su mano con esa sangre y empapó su cara y barba con la misma, y dijo: “Me encontraré con mi abuelo el Mensajero de Dios teñido de esta manera y me quejaré de esta gente ante él”.
            Algunos soldados enemigos rodearon al Imam y uno de ellos le asestó un golpe con la espada, lo que provocó que su casco se hendiera y el filo alcanzara su cabeza, brotando su sangre.
Luego Shimr ibn Dhil Ÿaushan, junto con algunos soldados, arremetió contra las tiendas. Shimr quiso incendiar las tiendas. El Imam (a.s.) volteó la cabeza y al observar esa escena, clamó gritando su histórica frase: “¡Ay de vosotros! ¡Si es que no tenéis religión y no teméis el Día de la Resurrección, por lo menos sed libres en este mundo y mostrad hombría de bien!”. Inmediatamente después dirigió sus palabras hacia el comandante del ejército de Iazîd, gritándole: “¡Protege a mi familia de las manos de tus impertinentes e insensatos hombres!”. Shabaz fue hasta donde se encontraba Shimr y le advirtió con vehemencia respecto a lo que hacía. Shimr, con vergüenza, ordenó a sus hombres que se alejaran de las mujeres y los niños y se dirigieran donde se encontraba Al-Husain, quien había demostrado ser un gran contrincante y un hombre digno.


Fue en ese momento que el adolescente e inmaduro ‘Abdul·lâh, el hijo del Imam Hasan Al-Muÿtabâ, salió de las tiendas para defender a su tío, pero él también terminó alcanzando el martirio de una manera desgarradora (lo cual ya mencionamos en el quinto día).
El ejército enemigo se acercó al Imam (a.s.) -quien ya no tenía fuerzas por la intensidad de las heridas y la extenuación infringida por la sed- estrechando cada vez más y más el cerco a su alrededor.
Zar‘ah ibn Sharîk se acercó al Imam y le asestó un golpe de espada en su mano izquierda. Luego otro soldado le asestó otro golpe desde atrás, ingresando el filo en el hombro del Imam (a.s.), quien cayó de bruces al suelo por la fuerza del mismo.
Estos dos malditos retrocedieron en tanto que el Imam, desfalleciente, una y otra vez se erguía con esfuerzo, pero otra vez se desplomaba…
Sinân ibn Anas atacó al Imam y le clavó una lanza por la espalda tan fuertemente que la punta de la misma salió por su pecho. El Imam había caído en el foso de la muerte… y pronunció su última letanía dirigida a su Señor. Cuanto más pasaba el tiempo lucía más bello y con mejor semblante… Uno de los narradores escribió: “¡Juro por Dios! Nunca vi a ningún moribundo empapado en sangre, tan bello y con un rostro tan luminoso como Al-Husain. Nosotros habíamos ido a matarle, pero sus facciones y la belleza de su aspecto, nos hacía olvidar la idea”.
Los ejecutores, cual lobos hambrientos, hicieron un cerco alrededor del Imam (a.s.) para, según se figuraban, terminar con él y degollar la verdad para siempre.
Al no escuchar más la voz del Imam gritando los takbîr o engrandecimientos a Dios, Zainab -con ella sea la paz- corrió fuera de la tienda en tanto clamaba: “¡Oh hermano! ¡Oh mi señor! ¡Oh Gente de la Casa! ¡Ojala el cielo cayera sobre la tierra! ¡Ojala las montañas se hicieran polvo y se dispersaran!...”, hasta que alcanzó a subir una loma desde la que pudo observar el campo de batalla y presenciar esa escena desgarradora.
Al ver a esos lobos que se habían reunido allí para matar al Imam, Zainab le gritó a ‘Umar ibn Sa‘d: “¡Ay de ti ‘Umar! ¿Acaso matan a Abâ ‘Abdul·lâh y tú sólo observas?”. Corrieron unas lágrimas por las mejillas de ‘Umar ibn Sa‘d pero no le respondió, sino que volteó su rostro. Ella (a.s.) clamó: “¡Ay de vosotros! ¿Acaso no hay un musulmán entre vosotros?”, pero nadie respondió.
Shimr le gritó a sus secuaces: “¿Por qué dejáis esperando a este hombre?”, procurando que alguno de ellos terminara la tarea. Jaûlî ibn Iazîd desmontó presuroso del caballo para cortar la bendita cabeza del Imam, pero al acercarse a él empezó a temblar y no pudo hacerlo. Shimr le dijo: “¡Que tus brazos queden incapaces! ¿Por qué tiemblas?”. Entonces él mismo tomó un cuchillo y junto con Sinân se acercó para cortar la cabeza del Imam (a.s.)…

«¿Acaso no es así que la maldición de Dios recae sobre la gente opresora?»…
«Y pronto sabrán aquéllos que tiranizaron a qué destino se dirigen».

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