viernes, 12 de noviembre de 2010

El legado de Abraham –la paz sea con él-


Por: Sumeia Younes

             «Sin duda que la primera Casa Sagrada erigida para el género humano es la de Bakka (La Meca), donde reside la bendición, y es guía de la humanidad» (Corán; 3:96)

Se transmitió del Imam As-Sâdiq (P), que cuando le preguntaron respecto a por qué la Casa de Allah fue llamada Al-Bait-ul ‘Atîq, respondió: “Porque es una Casa libre, liberada de la gente, y nadie es su propietario (y porque es la primera casa sagrada que fue dispuesta para la gente sobre la Tierra)”.
[‘Ilal-ush Sharâ’i‘, p. 398]
        




Se transmitió del Imam Ar-Ridâ (P) que: “Cuando Adán (P) descendió desde el Paraíso a la Tierra, lo hizo sobre la montaña de Abû Qubais, a la que antes llamaban Hind. Atemorizado, se quejó ante Dios, Imponente y Majestuoso, puesto que no oía ni veía allí nada de lo que oía y veía en el Paraíso. Entonces Dios hizo descender hacia él un rubí rojo, que fue colocado en el lugar donde se encuentra hoy la Ka‘bah, al que Adán solía circunvalar, y le agradaba estar cerca de él. La luz del rubí se irradiaba hacia unos lugares precisos, por lo que Adán aprendió los límites de esos lugares en base a la luz del rubí, y Dios Imponente y Majestuoso, dispuso a esos límites como Haram”.
El primero que construyó la Sagrada Ka‘bah fue el Profeta Set (a.s.), quien lo hizo en vida de su padre, el Profeta Adán –la paz de Dios sea con ambos-. Después de haber sido arrasada por el diluvio universal en épocas del Profeta Noé (P), Dios ordenó a Abraham reconstruirla sobre sus cimientos primigenios.


  
El Hayy abrahámico, el punto de partida.

Después de que fuera salvado de la tiranía de Nimrod y su fuego, al que Dios transformó en frescura y paz, Ibrahim Al-Jalil –con él sea la paz- emigró hacia la tierra de Canaán en Palestina, y tras establecerse allí con su esposa y prima Sara, y su sobrino Lût (Lot), descendió para él una revelación que le ordenaba emigrar junto a su otra esposa Hayar (Agar, quien había sido sirvienta de Sara), y su pequeño niño Ismael, hacia el corazón del desierto árido de la Península Arábiga, subiendo montañas y adentrándose en los valles, para al final llegar a una tierra que iba a ser conocida como la Sagrada Meca, portando consigo los signos de la fe y de la vida hacia esa tierra bendita, la tierra de la paz (ard-us salam), el territorio seguro (balad-ul amîn), para que en ella habitasen Hayar e Ismael.
Abraham, con su mirada, escudriña aquel inhóspito desierto, ese valle estéril, rodeado de una cadena de montañas desoladoras, como si estuviera a la espera de un nuevo suceso que surgiera de esa tierra. Abraham (P) hace un profundo silencio y abre su gran corazón para que éste pudiera contener lo que le fue decretado, y he ahí que dirige su mirada al cielo, elevando sus manos, humildemente, e implora a su Señor: «¡Oh Señor nuestro!, en verdad que he establecido a una parte de mi descendencia en un valle inculto, cerca de Tu Sagrada Casa, para que, ¡Oh Señor nuestro!, observen la oración; dispón pues, en su favor, los corazones humanos y agráciales con los frutos a fin de que te lo agradezcan». (14:37).

Y así, Abraham (P) deja a su noble esposa y a su primogénito Ismael en aquel desierto árido, y emprende la marcha. Hayar queda en silencio desconcertada. De repente reacciona y corre tras su benevolente esposo llamándole a viva voz: “¿Con quién nos dejas en esta tierra árida, entre sus montañas inhóspitas?”. Pero no le responde, ni siquiera voltea para mirarla.
Cuando ya pierde toda esperanza le grita por última vez: “¿Acaso Dios te ha ordenado esto?”. Al responderle él afirmativamente, esta mujer creyente y paciente le dice: “Si es así, entonces Allah no nos abandonará”. Y es así que vuelve junto a su hijo encomendándose a su Señor.
Esta paciente mujer permanece en ese desierto estéril junto a la única compañía de su hijo, y al acabárseles el agua y las provisiones que habían llevado consigo, Ismael, sediento, tras encontrar secos los pechos de su madre, busca con sus pequeños pies en las arenas del valle. Su madre lo mira sin saber qué hacer. El niño sigue golpeando la arena con sus pies y con sus manos como si quisiera aferrarse al pecho de la tierra esperando que ésta le vertiera en sus labios una gota de agua. Su madre, desesperada, comienza a correr de un lado a otro, sin orientación, subiendo colinas y bajando al valle, entre Safa y Marwa y de tanto en tanto vuelve para ver a su hijo y saber de él. ¿Acaso sigue con vida?
Ya desesperanzada, humildemente se dirige hacia su Señor, y con todo su ser, le pide que la alivie de aquella aflicción, y he ahí que el Señor Misericordioso responde a la invocación de su sierva creyente, que pacientemente ha atravesado una dura prueba, haciendo estallar la tierra bajo los pies de Ismael en la forma de una fuente de agua, calmando así la sed del desierto para que fuera un símbolo de albricias de la majestuosidad de aquel gran niño.
Cuando la benevolente madre llega donde su hijo después de haber corrido siete veces entre las colinas de Safa y Marwa, al ver el agua que brota de la tierra, sin creer lo que ven sus ojos, se prosterna en la tierra en agradecimiento a su Creador.
Tras calmar su sed y la de su niño, rodea la fuente de agua con piedras y arena para impedir que continuara dispersándose y por temor a que se perdiera en el valle, por lo que le decía: ¡Zam Zam!, (¡detente en tu lugar!), y la fuente le responde, permaneciendo dentro de sus límites.
Donde se encuentra el agua se encuentra la vida, y es así que las aves comenzaron a revolotear sobre aquel manantial, atrayendo la atención de los beduinos, que asombrados porque nunca habían visto señal de agua en aquella región, comenzaron a emigrar a ella. Las primeras tribus que llegaron a La Meca fueron las de Yurham que procedían del Yemen, quienes pidieron permiso a esta gran dama, dueña de la fuente, para acampar allí. Luego llegaron las tribus de Al-‘Amaliq, también procedentes del Yemen, quienes habitaron las partes elevadas de las montañas que circundan La Meca. Las dos tribus se instalaron en la región y vivieron en paz por un prolongado período, siendo la gran dama Hayar, la señora del lugar, honrada y distinguida.

Ibrahim Al-Jalil volvió para encontrarse con su joven hijo Ismael, al cual había dejado siendo niño, para empezar una nueva etapa en la historia de la fe y la civilización, y construir la primera Casa para el Señor de los Mundos en el lugar en que habría estado ubicada la tienda que descendió del cielo para que Adán habitara en ella, para que se dirigieran a ella los corazones de los monoteístas, para que fuera la qiblah a la cual se orientarían las miradas de los musulmanes, una señal procurada por los peregrinos, y un lugar para que fuera circunvalado por los espíritus antes que lo hicieran los cuerpos.
«Acuérdate de cuando indicamos a Abraham el sitio de la Casa diciéndole: “No me atribuyas nada y purifica Mi Casa para los que circunvalan, para los que (en oración) están de pie, se inclinan y prosternan”» (22:26). Aquí Dios atribuye la Casa a Sí Mismo y la dispone como un símbolo de la fe, un lugar sagrado y de adoración, un lugar para peregrinar, un lugar para ir a visitarle y ser Sus huéspedes, Glorificado Sea. Quien entra en su ámbito, es como si estuviera siendo acogido por Dios; y quien realiza la circunvalación a la Ka‘bah, es como si circunvalara alrededor de la sombra del Trono divino.

Abraham permaneció allí hasta finalizar con la construcción y afianzar los pilares de los signos del monoteísmo en la forma de un cubo (Ka‘bah), porque se encuentra paralelo a Bait-ul Ma‘mûr al cual circunvalan los ángeles en los cielos, y porque el Trono Divino tiene cuatro pilares y lados. Cuando se le preguntó a Imam As-Sadiq (P) por qué el Trono divino era cúbico, respondió: “Porque las palabras sobre las cuales fue cimentado el Islam son cuatro, y estas palabras son las cuatro alabanzas: Subhanal·lah, wal hamdulil·lah, wa la ilaha illa Al·lah, wa Al·lahu Akbar (Glorificado sea Dios, la Alabanza sea para Dios, no hay divinidad sino Dios y Dios es el más Grande)”.
Después de finalizar con la construcción de la Ka‘bah, el Angel Gabriel (P) ordenado por Dios, enseñó a Abraham e Ismael los ritos del Hayy, tras lo cual Abraham invocó a toda la gente a peregrinar hacia ella y adorar en la misma, y es así que se convirtió en una Casa bendita, sagrada, pura, elegida por Su Señor, mientras que la peregrinación se volvió un precepto para la gente en general, y para cada musulmán y musulmana en particular, desde que el padre de los profetas dirigiera su invocación.
Los corazones creyentes respondieron la invocación de Abraham, y de esa forma las caravanas de peregrinos acudieron a través de las épocas esforzándose en su marcha y acatando ese llamado generación tras generación, y es así que la voz de Ibrahim (P) y su proclama continúan aun resonando en los oídos de la gente alerta. Una invocación eterna a la cual escuchan las almas con ansia y sosiego, y con la que se dirigen a Dios, Glorificado Sea, con su grito de: Labaiaka Al·lahuma Labbaik.



*          *           *

Los árabes de la época de la ignorancia (Yahiliiah) respetaban y santificaban la Casa, y se aferraban a emigrar hacia ella cada año, siguiendo la tradición de Abraham (P). Pero tras la muerte de Ismael (P), y el correr del tiempo, los Banî Isma‘îl produjeron innovaciones en los rituales del Hayy. Colocaron ídolos en la Ka‘bah, siendo el primero que pusieron el de Hubal, al que había traído ‘Amrû ibn Lahii. Quraish cambió los ritos del Hayy, especialmente los de ‘Arafât, y Minâ, hasta llegar al punto que las mujeres y hombres peregrinos llegaban a realizar la circunvalación a la Ka‘bah desnudos.


El Hayy Abrahámico se convierte en Hayy Muhammadiano

Luego llegó el gran Profeta del Islam (BP) y rectificó ello, convirtiéndose la peregrinación en uno de los pilares de su prédica, simbolizando la Ka’bah su qiblah y orientación, y es así que el Bendito Corán expresa: «La peregrinación a esta Casa es un deber para con Dios de todos los seres humanos que están en condiciones de emprenderla» (3:97), con lo que ordena e incentiva a los musulmanes a cumplir con los rituales de la peregrinación.

*           *           *

Con la llegada del mes de Dhul Qi‘dah del año décimo de la hégira, el Profeta (BP) anunció su intención de visitar la Casa Sagrada de Dios y de cumplir con los rituales de la peregrinación, para explicar a los musulmanes los ritos en forma práctica de manera que permaneciera como una tradición después de él, de acuerdo a lo que Dios le enseñó en las aleyas que le fueron reveladas.
Apenas se difundió en Medina y sus alrededores la noticia de este viaje bendito, los musulmanes de todos los rincones de la península arábiga, desde beduinos del desierto hasta habitantes de aldeas y ciudades, llegaron a la ciudad y se le sumaron bajo su estandarte, de forma que se levantaron tiendas para decenas de miles de personas en Medina y sus alrededores. Es así que mucha gente se dirigió a Medina deseando realizar esa peregrinación a la que se dio en llamar Hayy al-Islam (la peregrinación del Islam), Hayy al-Balâg (la peregrinación de la anunciación), Hayy al-Kamâl (la peregrinación de la perfección), Hayy at-Tamâm (la peregrinación de la consumación)…
Después de esa peregrinación el Profeta (BP) no volvió a realizar otra hasta que fue al encuentro de su Señor, por lo que la mayoría de los historiadores la llaman Hayy al-Wadâ‘ (la peregrinación de despedida), puesto que en ella se despidió de la gente y les anunció la cercanía de su fallecimiento al decir: “¡Oh gente! Se acerca el momento en que yo sea invocado y deba responder…”.
Partió de Medina para realizar esa peregrinación el día sábado 25 del mes de Dhul-Qi‘dah. Había realizado la peregrinación dos o tres veces antes de su emigración a Medina, y luego de ello realizó la peregrinación menor (‘umrah) dos veces: la primera el año en que se entabló el pacto de Al-Hudaibîiah, y la segunda en el año en que conquistó La Meca.
Los narradores discrepan en el número de personas que partieron junto con él a la peregrinación. Hay quienes dicen que fueron noventa mil personas. Otros hasta dijeron que su número llegó a ciento veinticuatro mil peregrinos, y éstos son sólo los que partieron junto a él desde Medina; en cuanto a los que se le sumaron y participaron de esa peregrinación fueron muchos más, como los propios habitantes de La Meca y sus alrededores, de entre los beduinos del desierto y las poblaciones cercanas a la misma, como así también los que llegaron del Yemen junto al grueso ejército que había partido bajo el mando del Imam ‘Alî (P).
La historia de los árabes no había presenciado antes una congregación como esa. Los árabes habían confluido desde los cuatro puntos de la península, reunidos todos por un objetivo común, bajo un mismo estandarte, repitiendo los lemas expuestos por el Mensajero de Dios (BP), y la talbiah: Labbaika Allahumma labbaik, labbaika la sharika laka labbaik.

El Profeta vistió el Ihram (o vestimenta del peregrino que consiste en dos prendas que no deben estar cosidas) y dijo la talbiah cuando llegó a Masyid ash-Shayarah (la Mezquita del Árbol) en Dhul-Hulaifah, que es el miqat de la gente que peregrina desde Medina. Los peregrinos hicieron lo mismo y sus voces estremecieron las montañas y los valles.
Tras ello el Profeta (BP) atravesó el desierto entre La Meca y Medina, acompañándole la gente ya montados, ya a pie, hasta que llegaron el día domingo a Ialamlam.
El Mensajero de Dios (BP) llegó a La Meca el día martes 5 del mes de Dhul-Hiyyah, ingresando por Kidah que era una de las cuatro entradas de la ciudad. Levantó las tiendas para él y su familia en la zona de Al-Abtah, para luego de ello realizar un baño ritual y dirigirse a la Sagrada Mezquita, ingresando por la puerta llamada Bab-u-Shaibah repitiendo la frase la ilaha il·la Allah (No hay divinidad sino Dios). Circunvaló la Ka‘bah siete veces, para luego rezar tras el sitial de Ibrahim. Después realizó los siete trotes entre las colinas de Safa y Marwa junto a los que lo acompañaban. Al acercarse a Safa recitó la aleya coránica que dice: «Por cierto que As-Safa y Al-Marwa se cuentan entre los lemas de Dios ...» (2:158)
Comenzó el trote desde Safa. Primero se situó allí en dirección a la Casa de Dios y dijo: “No hay divinidad sino Dios. No tiene asociados. Suyo es el Reino y Suya es la Alabanza. Y es Poderoso por sobre todas las cosas. No hay divinidad sino Dios. Único, Único. Cumplió Su promesa, auxilió a Su siervo, derrotó a los confederados Él Sólo…” Luego descendió al valle, corrió hacia la colina de Marwa, y tras subir a ella se orientó hacia la Casa, y engrandeció a Dios como lo hizo en Safa, y asimismo lo hacían quienes se encontraban con él, hasta que completó el Sa‘i (trote). Después volvió a su tienda permaneciendo con su ihrâm.
Antes de salir de La Meca y dirigirse a Arafat habló a la gente en la Sagrada Mezquita y allí les explicó normas relacionadas a la peregrinación y a otras cosas. El día ocho de Dhul-Hiyyah, el llamado iaum at-tarwiah, se dirigió a Arafat pasando por Mina, por lo que pasó la noche ahí.
Luego del rezo de la alborada del día noveno siguió hacia Arafat y permaneció allí el resto del día. Al mediodía ordenó que le trajeran su camella Qaswah y tras montarla se situó en medio de la muchedumbre aglomerada y disertó ante la gente de la siguiente manera: “Que Dios dirija Su mirada al siervo que ha escuchado mis palabras, las ha reflexionado y memorizado y luego las haya hecho llegar a quien no las ha escuchado. Cuánto portador de sabiduría existe que no es un sabio, y cuántos hay que portan sabiduría llevándola hacia quienes son más sabios que ellos. Hay tres cosas respecto a las cuales el corazón de la persona musulmana no llega a caer en la exageración: la sinceridad a Dios, aconsejar a los que guían hacia la verdad y aferrarse a la unidad de los musulmanes…”

Después permaneció en Arafat hasta que se puso el sol y desapareció el color amarillento del horizonte oriental, entonces montó su camella y marchó hasta llegar a Muzdalifah, también llamado Mash‘ar-al-Haram donde rezó las oraciones del ocaso y la noche con un solo adhan (o llamado a la oración) y con dos iqamah (o segundo llamado a la oración), realizando una oración a continuación de la otra. Permaneció allí durante la noche y a la mañana partió luego del rezo de la Alborada y antes de la salida del sol -según las narraciones sunnitas-, y después de la salida del sol -según las fuentes shiitas. Tras ello atravesó el valle situado entre Mash‘ar-al-Haram y Mina. Cuando llegó a la columna de Yamarah al-‘Aqabah bajó y la apedreó con siete piedrecillas, después realizó el sacrificio del animal y se rasuró la cabeza, para recién luego de ello vestir ropas cosidas.
En “Sîrat-ul Halabiiah” de Ibn Hisham, encontramos: “Él con sus propias manos sacrificó sesenta y tres camellos y ‘Alî sacrificó treinta y siete, completándose así los cien. Luego ordenó que se distribuyera su carne entre la gente. Así también ordenó que se separara de cada camello una porción y que fuera cocinado, para comer luego de ello junto a los que lo acompañaban. En ese día se rasuró la cabeza y cuando terminó con las acciones de aquel día, se dirigió junto a los peregrinos hacia La Meca, circunvaló la Casa, e hizo el Sa’i. Se narró que rezó ahí la oración del mediodía; luego se dirigió a la fuente de Zam Zam, donde se encontraban los hijos de ‘Abdul Muttalib dando de beber a los peregrinos, tomó un recipiente, bebió un poco del mismo y el resto se lo vació encima”.

Cuando junto a los musulmanes terminó con los rituales en Minâ (los días de Tashrîq) se dirigió a Al-Muhassab y pasaron la noche allí. Antes del alba el Profeta ordenó que le trajeran su montura, tras lo cual ingresó a La Meca junto a sus Compañeros y realizó el tawaf al-Wada’ (Circunvalación de Despedida).



El suceso de Gadir Jumm

El día jueves 18 de Dhûl Hiyyah tomó el camino de Medina, hasta que llegó a Gadîr Jumm, que es un lugar cerca de Yuhfah, donde se bifurcan los caminos de los que se dirigen a Medina, a Egipto y a Irak. Allí le fue revelada la aleya que dice: «¡Oh Mensajero! Proclama lo que te fue revelado por tu Señor, porque si no lo hicieras, no habrás difundido Su mensaje». Con esta aleya le fue ordenado al Profeta anunciar a la gente la posición de ‘Alî, su Wilâiah y la obligatoriedad para cada uno de obedecerle. Los peregrinos que se encontraban a la vanguardia ya estaban cerca de Yuhfah, por lo que ordenó que regresaran y que se detuvieran en ese lugar aquéllos que venían atrás. Después se hizo el llamado a la oración y realizó el rezo del mediodía, y era un día caluroso en que muchos colocaban sus capas sobre sus cabezas y otros bajo sus pies por lo intenso del calor. Cuando el Profeta concluyó su oración se situó en medio de la gente sobre un púlpito que le habían preparado con varias monturas de camello superpuestas, y con voz alta y expresiva dirigió una disertación a los presentes. Luego de alabar a Dios dijo: “¡Oh gente! Por cierto que me ha transmitido el Benevolente, el Informado, que Él no hizo vivir a ningún Profeta más que la mitad de lo que lo hizo su antecesor, y yo supongo que se acerca el momento en que sea llamado y yo responda. Ciertamente que yo soy responsable y que vosotros también lo sois. ¿Qué decís vosotros a esto?”. Dijeron: “Atestiguamos que has comunicado el Mensaje, te esforzaste y nos aconsejaste. ¡Que Allah te recompense en buena forma!”. Continuó: “¿Atestiguáis que no hay divinidad más que Allah y que Muhammad es Su siervo y Mensajero, que Su Paraíso es realidad, que la muerte es realidad, que la Resurrección después de la muerte es realidad, que la Hora está próxima, de lo cual no hay duda, y que Allah resucitará a los que están en los sepulcros?”. Respondieron: “Sí, atestiguamos eso”. Dijo: “¡Dios mío, sé testigo!”. Y luego continuó: “¡Oh Gente! Por cierto que Allah es mi Señor y yo soy señor de los creyentes. Yo tengo primacía para ellos antes que sus propias vidas. De quien yo sea su señor, éste es su señor (levantando el brazo de ‘Ali hasta que llegaron a verse las axilas de ambos). ¡Dios mío!,  sé amigo de quien le demuestre amistad, y sé enemigo de quien sea su enemigo”. Continuó diciendo: “¡Oh Gente! Por cierto que os dejaré y que volveréis a mí y yo os preguntaré por los dos tesoros, así que observad cómo los tratáis en mi ausencia. Ellos son: El tesoro más grande, que es el Libro de Allah, Poderoso e Imponente, es un vínculo, un extremo del cual está en manos de Allah y el otro extremo en las vuestras, así que, aferraos a él y no os extraviéis y no cambiéis. Y (el más pequeño, que es) mi Descendencia, la Gente de mi Casa. Ciertamente que el Benevolente, el Informado, me ha anunciado que ambos no se separarán hasta que vuelvan a mí en la Fuente (del Paraíso)”. Tras ello dijo que los que estaban presentes debían informar a los ausentes, y aun la gente no se había dispersado que el Ángel de la Revelación descendió con la aleya: «Hoy os he perfeccionado vuestra religión, he completado Mis gracias en vosotros, y me ha complacido que el Islam sea vuestra religión» (5:3), por lo que el Profeta dijo: “Dios es el Más Grande. Engrandecido sea por haber perfeccionado la religión y haber completado Sus gracias. El Señor está satisfecho de mi Mensaje y de la Wilâiah de ‘Alî después de mí”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada