miércoles, 3 de noviembre de 2010

DIARIO DE UN PEREGRINO / Parte 3



Por Sumeia Younes
(escrito en 1998)


Comienzan los actos del Hayy Tamattu’:

Tras realizar la ‘Umrah, debíamos permanecer en La Meca hasta el día 8 de Dhûl Hiyyah (taruiah), cuando comenzarían los actos del Hayy, puesto que el Hayy tiene un mes determinado, días estipulados, horas específicas y ciertos movimientos particulares. Incluso todos deben recorrer los mismos caminos: «Luego, descended también vosotros por donde descienden los demás» (Corán; 2: 199). Los actos de la ‘Umrah Tamattu‘ se realizan en cualquier momento que uno llega a La Meca, puesto que tienen un tiempo amplio, pero los actos del Hayy Tamattu‘ debemos realizarlos todos juntos. La ‘Umrah es una especie de introducción, de ejercicio y práctica, y un estado de espera, aguardar la llegada de todos, de cada grupo, para comenzar los actos del Hayy.


Los primeros días de nuestra estadía allí, habíamos observado continuamente entrar a La Meca grupos de gente, que constituían gotas juntándose en el mar mecano, para en la noche entre el octavo y noveno día conformar todos un diluvio agitándose torrencialmente. Y ahora, había llegado esa noche, donde deberíamos nuevamente consagrarnos peregrinos, esta vez durante más días. Esta vez requeriría más esfuerzos pero al mismo tiempo todo ello nos procuraría más misericordia, una tan grande, que si podíamos salir victoriosos de la misma se nos perdonarían todos los pecados y negligencias acumuladas durante toda nuestra vida. Pero para lograr ello, debíamos concentrarnos en hacerlo bien, y no solo dedicarnos a simples movimientos regulares. Dijo el Imam ‘Alî (P) a Kumail: “¡Oh Kumail!, no existe movimiento para el que no necesites del conocimiento y la sabiduría”.

La ‘Umrah Tamattu‘ tenía cinco acciones, pero el Hayy Tamattu‘ tiene trece[i]. Nuevamente debíamos despojarnos de la vestimenta de la negligencia y prepararnos, esta vez para volver a nacer. Otra vez colocarnos la vestimenta blanca, resplandeciente, todos iguales, como si estuviésemos preparándonos para el Día del Encuentro con el Señor del Universo, como si estuviésemos esperando ser perdonados, y dirigidos hacia nuestras moradas eternas.
           En la medianoche, entre el octavo y el noveno día de Dhûl Hiyyah, ya en el itinerario desde el hotel hacia Masyid-ul Harâm, podíamos ver un gran embotellamiento de tránsito, unos apresurados por llegar allí y otros para dirigirse directamente a ‘Arafât, solo llevando un pequeño bolso, con lo suficiente para pasar tres días en el desierto, en ‘Arafât, en Mash‘ar-ul Harâm y en Mina, respectivamente: «Equipaos de provisiones, mas sabed que el mejor abastecimiento es la piedad…» (Corán; 2: 197).
           Todos juntos bajamos del autobús decididos a pasar toda la noche, hasta el rezo de la aurora, en la Mezquita, junto a la Ka‘bah, para, tras ello, dirigirnos a ‘Arafât, puesto que debíamos estar allí antes del mediodía del día noveno. Bajo la dirección del religioso de la caravana, de a grupo o individualmente, repetíamos nuevamente la Talbiah: “Labbaika Al·lahumma Labbaik”  -“¡Heme aquí, Dios mío! Heme aquí…”
Pasamos toda la noche junto a la Ka‘bah, y debido a que muchos ya se habían dirigido a ‘Arafât, pude, aprovechando que  no había tanto tumulto, tocar y besar por primera vez la Ka‘bah, a la que encontré toda perfumada. Me senté frente a ella contemplándola, pidiéndole mucho a Allah, por mis padres, por mis seres queridos, por mí misma, para que no me desviara jamás del mejor de los caminos, puesto que: «Por cierto que mi Señor me condujo por el camino recto, el de una religión íntegra…» (Corán; 2: 197).
De tanto en tanto subíamos a la azotea que la rodea y la observábamos desde allí. ¡Qué bella era! Rodeada de un manantial humano y de aves que la circunvalaban, como si también hubieran sido ordenadas a ello, como si supieran…
Cuando llegó la hora del rezo de la alborada, me situé lo más cerca posible a la Casa de Dios; hasta ese momento yo no había podido rezar tan cerca de ella, por lo que ahora disfrutaba de ello como si fuera la primera vez que veía la Ka‘bah, la qiblah de los musulmanes del mundo. No había lugar a equivocación, ni necesidad de brújulas para determinar su dirección… la tenía frente a mí. Todos los que nos encontrábamos allí, sin distinción de razas ni lenguas, nacionalidades ni escuelas de pensamiento islámico, todos sometidos al Único, al escuchar el adhân (llamado a la oración), nos colocamos en filas, rodeando el recinto sagrado, esperando a que el Imâm comenzara a dirigir la oración. Mientras escuchaba la melodiosa voz del Imâm que salmodiaba las aleyas divinas, sentía la brisa del amanecer sobre mí, teniendo ante mis ojos, a unos metros, a la que es nuestra qiblah, toda vestida de negro, engalanada de oro, y enteramente perfumada.

'Arafât
Al finalizar el salât, llenamos nuestras cantimploras con agua de zamzam y nos dirigimos rápidamente a las afueras de la Mezquita, para reunirnos con el resto del contingente y subirnos al autobús que nos llevaría a ‘Arafât, a unos 24 Km al norte de La Meca, y que se encuentra fuera de los límites del Harâm; llamado así porque Adán y Eva reconocieron su pecado en él, y tras una larga separación, se unieron nuevamente, y además porque el Ángel Gabriel enseñó allí a Ibrâhîm los rituales del Hayy, tras lo cual Ibrâhîm le decía a Gabriel (P): “ ¡‘Ariftu, ‘Ariftu!” (“¡Comprendí, comprendí!”).
‘Arafât, tierra de sueños, tierra en la que dudar siquiera si Dios nos ha perdonado tras salir de ella, constituye en sí un gran pecado. En ese día todos volvemos a nacer, y al mismo tiempo, pienso yo, es el día que más se asemeja al de la Resurrección, el día más temido por Shaitân. ‘Arafât, la tierra por la cual Dios se enorgullece ante los Ángeles por las lágrimas y súplicas de los invitados a Su Casa, lugar en que el quinto de los Imames inmaculados, el Imam Al-Bâqir (P), desde el mediodía hasta el ocaso, elevaba sus manos hacia el cielo. Tierra por la cual, durante siglos y siglos, pasaron los mejores hombres de la Tierra; lugar en el que hasta los hombres corruptos disfrutan de la gracia de Dios; tierra a la cual las lágrimas del Imam Husain (P) aumentaron su bendición; tierra en la que cada año se encuentra, en ese mismo día, el Qâ’im o “Restaurador” de la familia de Muhammad, observando las acciones de los que allí se encuentran, aunque nadie pueda reconocerlo…

Ya en el camino sentimos la intensidad del calor. Los hombres se dirigían allí en un autobús sin techo, puesto que mientras vistieran el ihrâm, no deberían estar bajo la sombra, cosa que les hacía sentir de lleno los rayos del sol. Llegamos pronto. Podíamos ver a cada grupo que transitaba por las callejuelas, dirigido por un guía de entre ellos, que para atraer la atención de los que lo seguían, alzaba en alto sus manos que portaban diferentes señales, desde abanicos y sombrillas, hasta chinelas, gorros y pañuelos multicolores. También, de tanto en tanto podían verse a algunos hermanos subidos en furgonetas, distribuyendo jugos, yogures y gaseosas frescas a los que por allí pasaban.


El jefe de la caravana nos condujo hacia una tienda que ya había sido destinada de antemano para nosotros, las mujeres en una, y los hombres, al lado, en otra. Las tiendas eran amplias, abiertas al frente, y descuidadamente alfombradas por mantas y moquetas que de tanto en tanto dejaban entrever la tierra que cubrían, todo lo cual nos transportaba a remotas épocas, la de la Revelación.


Tras una hora llegaron a nuestros oídos, desde los altoparlantes, las aleyas de la Barâ’h: «Y he aquí la advertencia de Dios y Su Enviado, a los humanos, para el día de la gran Peregrinación (Al-Hayy): “Que Dios y Su Enviado se desentienden de los idólatras…”» (Corán; 9: 3).
Barâ’ah o desentendimiento de Allah y Su Enviado de los idólatras”, nos dice Allah en el Corán, la primera de las trece aleyas de la Sûra At-Taubah que correspondiera a Imam ‘Alî (P) el honor de proclamar a la gente; que al llevar implícito tal significado es el único capítulo (o Sûrah) del Corán que no comienza con el enunciado: «Bismil·lahi Ar-Rahmâni Ar-Rahîm» (En el Nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso), puesto que el hecho de renegar de los incrédulos no debe estar acompañado de las palabras Compasivo y Misericordioso (Rahmân y Rahîm). Desentenderse de los idólatras, de los incrédulos y de todos aquellos que se oponen al establecimiento de la ley divina en la Tierra.


Mientras nos dirigíamos en calma hacia la Bi‘zah (Delegación) de la República Islámica de Irán, donde se realizaría la Barâ’ah, veíamos diferentes grupos que, enarbolando banderas, portaban la mejor composición de palabras que pudiera existir: Lâ ilâha il·la Al·lah, para que flamearan en las más altas cimas de la existencia. Se dirigían a nuestro mismo destino, para unirse también al blanco ejército del Tawhîd. Por fin llegamos, y tras situarnos en las tiendas al frente de la Bi‘zah, junto al resto de las hermanas y hermanos, comenzó la lectura del mensaje del líder de la Revolución Islámica de Irán, el Aiatul·lah Seied ‘Alî Jameneî, ofrecido por su representante en el Hayy, el Huyyatulislam Rai Shahrî.

Huyyatulislam Rai Shahrî dando lectura al mensaje de A. Jamenei en Arafat
Lamentablemente, el tema de la Barâ’ah es algo que no todos los musulmanes han comprendido. Muchos creen que el Hayy solo debe comprender los actos devocionales y que la política no forma parte de él. Entonces, ¿qué sentido tuvo que en el año noveno de la hégira, el día 10 de Dhûl Hiyyah, mientras la gente se encontraba realizando los actos del Hayy, de repente ‘Alî (P), cumpliendo con las órdenes del Profeta (BP), se pusiera de pie en un lugar elevado y comenzara la recitación de las trece aleyas de la Sûra At-Tawbah, que anunciaban la obligación de desentenderse de los incrédulos? ¿Qué sentido tiene la aleya que dice: «Dios dispuso la Ka‘bah, la Casa Sagrada, como congreso para la gente…» (Corán; 5: 97)?
Si es que el aspecto político está separado de la religión y en particular del Hayy, ¿por qué el Profeta le confirió tanta importancia, y ordenó a los musulmanes que durante el trote entre Safâ y Marwâ, en un sector en particular, apresuraran la marcha para que demostraran a los incrédulos la fuerza y la voluntad que poseían los musulmanes, y desmintieran así el rumor que habían difundido los idólatras de La Meca sobre que los musulmanes, a raíz de la mala calidad del agua y el mal clima de Medina, se encontraban agotados y debilitados? Aun hoy en día este sector, de una distancia de alrededor de unos 70 m., se encuentra delimitado por columnas verdes, donde los hombres –las mujeres están exceptuadas- deben hacer harwalah, es decir que, al llegar a esa parte deben apresurar su marcha, de manera que su andar sea entre caminar y correr.

En dos sectores del recorrido entre Safâ y Marwâ la señal verde en la pared marca el comienzo o final de la harwalah 

Además, existen abundantes dichos del Profeta (BP) y los Imames de Ahl-ul Bait, que señalan el aspecto político del Hayy. Y aquí tenemos al Shaij Shaltût, mufti sunnita, antiguo director de la Universidad “Al-Azhar” de Egipto, confirmando todo esto:

“Teniendo en cuenta la posición especial con la que cuenta el Hayy en el Islam, y los objetivos que en el mismo se han trazado para el individuo y la sociedad, sería adecuado que los hombres de conocimiento y pensamiento, las personalidades científicas y culturales, los funcionarios políticos y administrativos, los expertos en asuntos económicos y de hacienda, los maestros de la sharî‘ah y la religión, y los hombres de guerra y yihâd, le otorgaran una especial atención. Sería conveniente que en este Harâm divino se congregasen personas pertenecientes a todas esas esferas, que los poseedores de ideas, pensamiento, opinión, iytihâd, fe y elevados objetivos se reunieran, para que se vea cómo La Meca despliega sobre ellos las alas de su misericordia, y la palabra tawhîd los reúne alrededor de la Casa de Dios, y como resultado, se  ocupen en conocerse y aconsejarse entre sí, y ayudarse unos a otros. Entonces todos regresarán a sus tierras perteneciendo a una sola comunidad, de manera que los corazones serán uno, y sus emociones y sentimientos también serán uno” (Ash-Sharî‘ah  wal ‘Aqîdah, p.150).

De entre los investigadores y escritores sunnitas contemporáneos, Farîd Waydî, en La Enciclopedia del Islam, tema del Hayy, T.3, p. 350, escribe:

“Si los jefes de los gobiernos islámicos aprovecharan estos actos (del Hayy), para originar la unión islámica entre las naciones musulmanas, llegarían a grandes resultados, puesto que la confluencia de decenas de miles de personas de diferentes partes del mundo en un punto en especial, y la atención de sus corazones a lo que en este lugar se les inculca, originaría que se sintieran influenciados y que todos regresaran a sus países con un mismo espíritu, con un mismo corazón y difundieran así lo que escucharon y aprendieron de sus hermanos. El ejemplo de este grupo, es como el ejemplo de los miembros de un gran congreso que desde todas partes del mundo llegan para reunirse en él, para, al final  del mismo, dispersarse a todos los rincones del orbe, portando el mensaje del congreso. El efecto de este gran congreso, sea cual fuera, el reunirse en ese punto y el dispersarse luego por los diferentes países, acarrea ese mismo resultado”.

El Dr. Qardâwî, escritor sunnita contemporáneo, en el libro “La adoración en el Islam”, escribe:

“El mayor resultado que puede obtenerse de esta congregación, es que el Hayy es el factor más importante para despertar a la comunidad islámica de su prolongado letargo, y es por ello mismo que algunos gobiernos satélites u ocupantes de los países islámicos impiden a los musulmanes visitar la Casa de Dios, puesto que saben que si se establece un movimiento entre los musulmanes, nada podrá detener su movilización”.

Él, además, en su libro “La religión y el Hayy según las cuatro escuelas de jurisprudencia”, p. 51, escribe:

“El Hayy es un medio a través del cual los musulmanes se conocen unos a otros y es causa de que se origine un sentimiento de unión entre las diferentes naciones que viven bajo el estandarte del Tawhîd, ya que en estas ceremonias sus corazones se hacen uno y se unifica su discurso. Entonces se levantan, para modificar su situación y corregir las desviaciones de su propia comunidad”.

Ahora, si es que en realidad el Hayy cuenta con tal posición, ¿por qué la mayoría de los musulmanes se encuentra negligente al respecto? Si es que el Hayy es un medio para unir los corazones y unificar las palabras, y originar una sola línea política y de pensamiento entre los musulmanes, ¿por qué no movilizamos a través de ello, las fuerzas y poder islámicos en contra de los que transgreden en los países islámicos, como en Palestina ocupada, Afganistán, Líbano, etc.? Si el Hayy abarca además el aspecto económico, cultural y científico, ¿por qué los musulmanes, durante este bendito congreso, no piensan en una solución para mejorar la situación general de los musulmanes? ¿Por qué no se les da oportunidad a nuestros hermanos palestinos, afganos, iraquíes, africanos, libaneses,… para que eleven su grito de sangre haciendo llegar así su pedido de ayuda al resto de sus hermanos? ¿Por qué no hacemos algo en contra del atropello por parte de los diferentes tipos de despotismo? ¡Oh musulmanes! «¿Acaso les teméis? ¡Dios es más digno de ser temido, si es que sois creyentes!» (Corán; 9: 13). ¡Oh musulmanes! «No seáis como aquellos que se dividieron y discordaron después de haberles llegado las evidencias…» (Corán; 3: 105). «¡Oh musulmanes, os hemos constituido en una nación justiciera para que seáis (vosotros los) árbitros de la humanidad!» (Corán; 2: 143). «Muhammad es el Enviado de Dios, y quienes están con él son severos para con los incrédulos, pero compasivos entre sí… Tal es su ejemplo en la Torá y su ejemplo en el Evangelio; como simiente que retoña, se robustece, se desarrolla y se afirma en sus tallos; complace a los sembradores para irritar a los incrédulos» (Corán; 48: 29).

Así, los que allí nos encontrábamos, guiados por la voz del altoparlante, comenzamos a repetir conjuntamente y a viva voz: “No hay divinidad sino Dios, Muhammad es el Enviado de Dios… ¡Oh musulmanes! ¡Uníos, uníos! Iâ aiiuhal muslimûn, ittahidû… Esa voz se elevaba haciendo vibrar de fe los corazones, atrayendo a muchos, desde todos los rincones de ‘Arafât, a unírsenos, e infundiendo en nosotros, al mismo tiempo, valor y esperanza. Sí. Si es que hoy vemos a los enemigos del Islam que, refugiándose unos en otros, confabulados unos con otros, hacen tanto bullicio y alboroto, esto jamás puede ser una prueba de su victoria, ya que podemos vislumbrar el día en que los celosos hijos del Islam, lejos de las tendencias divergentes, se levanten bajo la sombra del Corán y acaben con toda esa impertinencia, puesto que «Ellos pretenden extinguir la Luz de Dios con sus lenguas, pero Dios perfecciona Su Luz, aunque ello disguste a los incrédulos…» (Corán; 61: 8). «Que no te alucine entonces el bienestar de los incrédulos en la Tierra, porque es un goce transitorio y su albergue será el Infierno. ¡Y qué aciaga morada!» (Corán; 3: 196-197). 
Yabal-ur Rahmah (el Monte de la Misericordia) en 'Arafât
Al regresar, almorzamos, y tras ello todos juntos, dirigidos por el religioso de la caravana, comenzamos a leer la Súplica de Imam Husein (P) en ‘Arafât, llegándonos a sentir tan conmovidos que hubiésemos deseado desde lo profundo de nuestro corazón haber sido uno de sus acompañantes en aquel día. Estábamos allí, a unos metros de Yabal-ur Rahmah (el Monte de la Misericordia), en donde, un día como ese, en la última peregrinación del Imam Husain, antes de partir hacia Karbalâ para ser cruelmente asesinado, salió de su tienda para dirigirse al lado de Yabal-ur Rahmah junto a algunos de sus familiares y seguidores, y una vez allí, se orientó hacia la qiblah, alzó sus benditas manos hacia el cielo, y como un hambriento implorando ayuda, se entregó a una larga súplica llena de contenido, bajo aquel desierto ardiente, cubriéndolo las lágrimas, acompañándolos los que lo rodeaban con gritos elevados de llanto, diciendo tras él: Amîn.

Yabal-ur Rahmah
¡Oh Husain! ¿Qué dijiste aquel día, que aún hoy las piedras de esta montaña claman y lloran de angustia? ¿Qué dijiste aquel día, que aún hoy los peregrinos que están bajos las tiendas lloran por ello? As-Salâm-u ‘alaika iâ Husain ibn ‘Alî.


Al finalizar la súplica salí de la tienda para caminar un poco entre los peregrinos. En realidad, buscaba las huellas y los pasos de mi Mawlâ, de mi Imam, del Qâ’im, de la doceava refulgente estrella de la Wilâiah, para asegurarme que había puesto mis pies sobre la misma tierra que él. Mientras caminaba, escuché unos lamentos bajo aquel gran desierto, que venían de una de las tiendas. Un grupo de hombres lloraba y suplicaba a Dios por la pronta aparición de Al-Qâ’im (P). Me detuve tras la tienda unos minutos, mientras escuchaba a uno de ellos decir: Iâ Imâm-uz Zamân, ¿a dónde estás? ¿Bajo cuál tienda te encuentras ahora sin que nadie pueda reconocerte? ¿Por qué no vienes hacia mí? ¿Por qué no te sientas aquí con nosotros? ¿Acaso aquí también vas a impedirnos verte?…

Al caer el ocaso, había concluido el tiempo obligatorio de permanencia (wuqûf) en ‘Arafât, y ahora debíamos dirigirnos a Muzdalifah, también llamado Mash‘ar-ul Harâm. Así, tras rezar en ‘Arafât el rezo del ocaso, y despedirnos de esa tierra bendita, a la que tal vez jamás regresaríamos, salimos de allí, sintiéndonos haber nacido otra vez, puesto que no teníamos derecho a pensar que no habíamos sido perdonados, ya que en ese día Dios toma como testigos a Sus Ángeles diciéndoles: “Sed testigos de que Yo en este bendito día, he perdonado a todos lo que han venido aquí hoy”. Entonces recordé un dicho del Imam As-Sâdiq (P): “Cuando el día de ‘Arafât llega a su fin, y lo envuelve la noche, los Ángeles dicen al hombre: “Oh peregrino de la Casa de Dios, se te han perdonado todos tus pecados anteriores, entonces, ten cuidado de cómo serás de ahora en adelante”.

La noche entre el noveno y décimo día de Dhûl Hiyyah –en Mash‘ar-ul Harâm:

 

«Cuando descendáis en tropel del monte ‘Arafât, mencionad a Dios en la tierra de Mash‘ar-ul Harâm y acordaos de Él, de cómo os iluminó, aún cuando anteriormente os contabais entre los desviados» (Corán; 2: 198).

Me senté en el autobús que nos llevaría a Mash‘ar-ul Harâm, a unos diez kilómetros de ‘Arafât, a donde recogeríamos, en medio de la noche, las piedrecillas con las que apedrearíamos a Shaitân, acción que recibe el nombre de Rami al-Yamarât. Ramî significa “arrojar”, y yamarât es el nombre de tres círculos, en Minâ, cada uno de los cuales está separado de los otros a una distancia de aproximadamente cien metros, en el centro de cada uno de los cuales hay una columna, que reciben el nombre de Yamarah al-Ûlâ, Yamarah al-Wustâ y Yamarah al-‘Uqbâ, que representan a Shaitân, y los peregrinos deben apedrearlas. Los cuatro lados de la columna están abiertos, excepto Yamarah ‘Uqbâ, que en el pasado uno de sus lados no estaba expuesto, puesto que estaba unido a la montaña, pero en los últimos años, que la montaña fue quitada, encontró una forma similar a las otras dos columnas.[ii]


Es condición de que las piedrecillas sean recogidas dentro de los límites del Harâm[iii] –a excepción de Masyid-ul Harâm o cualquier mezquita en general- siendo preferible hacerlo de Mash‘ar-ul Harâm. Mientras nos dirigíamos allí, tratando de hacernos paso a través de la aglomeración, observaba por la ventanilla una fila interminable de miles de peregrinos, que nos acompañaban en nuestro itinerario, a pie, rodeando las montañas; cientos de miles de hombres y mujeres, de todas partes del mundo, en medio de un desierto, despojados de todo, cuyas vestimentas claras resaltaban en la noche oscura, lentamente moviéndose uno tras otro, que habían sido objeto de la misericordia de Dios, que habían sido perdonados, que se dirigían a Mash‘ar-ul Harâm para continuar con los actos del Hayy.
Mientras observaba ello, imaginaba el Día de la Resurrección, el ihrâm de los peregrinos me recordaba la mortaja (kafan), también blanca; el estar solos allí, alejados de todos los parientes y cercanos, se asemejaba a nuestro alejamiento de ellos en el momento de la muerte; el Labbaik me recordaba al talqîn o exhortación que se realiza al fallecido, y la aglomeración de tan colosal multitud en aquella oscuridad, cada uno esforzándose por llegar a destino para aliviar su cansancio, me hacía imaginar la aglomeración y la marcha del Día de la Resurrección, donde cada uno pensará solo en sí mismo: «El día que la presenciéis (la hora del Juicio), cada nodriza olvidará al hijo que amamante; toda embarazada abortará, y verás a los hombres como ebrios…» (Corán; 22: 2)

Tamaño adecuado de la piedrecilla

Llegamos allí poco antes de la media noche. Descendimos del autobús llevando con nosotros una pequeña bolsa en nuestras manos para guardar allí las piedrecillas, mientras que el jefe de la caravana nos recordaba que debían ser pequeñas, del tamaño de una falange del dedo, y que debíamos juntar alrededor de cien, puesto que debían alcanzarnos para lanzarlas una vez al Yamarah al-‘Uqbah, y luego dos veces, a cada uno de los tres yamarât: Al-Ûlâ, Al-Wustâ y Al-‘Uqbah, a cada uno de los cuales debíamos arrojar siete piedras, lo que sumaba en total cuarenta y nueve. Y como había que acertar las siete de seguro, debíamos recoger de más por precaución, por si no le acertábamos la primera vez, puesto que la condición es que las piedrecillas no hayan sido utilizadas previamente, por lo que no debíamos recoger y utilizar las que caían alrededor de los yamarât.

Peregrinos juntando piedrecillas en Muzdalifah o Mash'ar-ul Harâm
Ahí estábamos, todos reclinados, envueltos por la noche, buscando con nuestras manos nuestras armas para poder estar preparados de antemano cuando nos encontrásemos frente a nuestro mayor enemigo; una confluencia de sentimientos opuestos que nos impedía sentirnos negligentes, por un lado, concentrados en encontrar la mejor arma para eliminar a Shaitân de nuestras vidas, y por otro, acariciando la tierra que un día había sentido y palpado la suavidad de las benditas manos de nuestro Profeta Muhammad, de nuestros Imames, de sus grandes y sinceros compañeros. Era un lugar donde no había lugar para pecado alguno, un lugar donde no había ningún medio para distraer o mantener ocupado a nuestro espíritu en otra cosa que lo divino, donde la tierra era la alfombra de adoración, y el cielo el lugar hacia donde se elevaban las manos en súplica, entre los cuales no había nada más que la oscuridad, y las ondas de plegarias y lamentos de los hombres de Dios, que habían quedado grabadas en el espacio, las huellas de los grandes Profetas: Ibrâhîm, Moisés, Jesús, Muhammad… ¡Dios! ¡Cuántas penurias atravesaron en este mismo lugar sagrado Tus siervos sinceros para erigir en la Tierra Tu verdad! ¡Cómo se esforzaron para enseñar a las gentes Tu Mensaje! Pero, lamentablemente, cuán pocos son hoy los que realmente lo comprendieron. Cuán pocos son los que no buscan pretextos para someterse a Ti y actuar de acuerdo a lo que les ordenaste… «¿Por ventura, no es hora ya de que los creyentes sometan sus corazones al recuerdo de Dios y ante la verdad revelada?» (Corán: 57: 16).


[i] ‘Umrah Tamattu‘: se compone de cinco acciones: Ihrâm, Tawâf-ul ‘Umrah, Salât-u Tawâf-il ‘Umrah, Sa‘î y Taqsîr.
Hayy Tamattu‘: se compone de trece acciones: Ihrâm, permanencia en ‘Arafât, permanencia en Mash‘ar-ul Harâm o Muzdalifah, Rami-u Yamarât-il ‘Aqabah, Sacrificio del animal, Taqsîr o Halq, Baitûtah en Mina las noches 11 y 12, Rami de los tres Yamarât, Tawâf-ul Hayy, Salât-u Tawâf-il Hayy, Sa‘î, Tawâf-un Nisâ’, y Salât-ut Tawâf-un Nisâ’.

[ii] Hoy en día las tres columnas o yamarât fueron ampliadas debido a la gran aglomeración y accidentes que a raíz de ello ocurrían y tienen la forma de 3 paredones:

Uno de los yamarât (antes)


Uno de los yamarât (Al-Yamarah Al-Kubrah) (en el presente)

[iii] Límites del Haram Divino: la ciudad de La Meca más los alrededores de la misma, hasta un cierto límite, conforman el Haram divino, al cual no se puede ingresar sin encontrarse en estado de Ihrâm. Dios, Elevado Sea, dispuso esa región como Haram o lugar inviolable para los seres humanos, animales y plantas. Considerando los puntos cardinales, los límites del Haram están delimitados de la siguiente manera: al norte por la mezquita de Tan‘îm, que se encuentra en el camino a Medina a unos 6 Km. de Masyid-ul Harâm. Al sur por la zona de Idâ‘at-ul Laban, que está en el camino al Yemen y cuya distancia de Masyid-ul Harâm es de unos 12 Km. Al este por Al-Yi‘rânah, que se encuentra en el camino a Tâ’if y que está a unos 30 Km. de Masyid-ul Harâm. Al oeste por la zona de Hudaibîiah (Shumaisî) que se encuentra en el antiguo camino a Jidda.

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