martes, 7 de agosto de 2012

Martirio del Imam Ali (la paz sea con él) - SEGUNDA PARTE




Por  Sumeia Younes
El Imam (P) ingresó en la Mezquita y se erigió para dirigir la oración. Hizo el Takbîr y recitó la Sura Al-Fâtihah, y tras la recitación de las suras, se prosternó. En este momento, Ibn Mulÿam, mientras gritaba: “Lil·lahil hukm, lâ laka iâ ‘Alî” (que significa: “¡A Dios pertenece el mandato y no a ti, oh ‘Alî!), propinó un golpe sobre la bendita cabeza de ‘Alî (P) con su espada envenenada. 






Casualmente, este golpe dio en el mismo lugar que antes la espada de ‘Amr ibn ‘Abdûd[1] le había pegado, y abrió la bendita cabeza de ‘Alî hasta la frente.

El fallecido Sheij At-Tûsî, en Al-Amâlî, transmite otro hadîz del Imam ‘Alî ibn Mûsâ Ar-Ridâ (P), de sus padres, del Imam As-Saÿÿâd (P):
“Cuando ‘Alî estaba prosternado (en suÿûd), Ibn Mulÿam le propinó un golpe sobre su bendita cabeza”[2].
El famoso exegeta shi‘a del Corán, Abûl Futûh Ar-Râzî, transmite en su Tafsîr: “En la primera rak‘ah de la oración en la que Ibn Mulÿam lo golpeó, Alî recitó once aleyas de la Sûra Al-Anbiâ’”.
El famoso sabio sunnita Sibt ibn Al-Ÿauzî escribe: “Cuando el Imam se encontraba en el mihrâb, varias personas lo atacaron e Ibn Mulÿam le propinó un golpe[3] y huyó inmediatamente junto a sus secuaces”.
La sangre corrió sobre el altar de adoración desde la cabeza de ‘Alî (P) y tiñó su bendita barba. En este momento, Hadrat ‘Alî dijo:

"Fuztu ua rabbil Ka‘bah”  

¡He triunfado, por el Señor de la Ka‘bah!

Luego recitó la aleya:

“Minhâ jalaqnâkum, ua fíhâ nû‘îdukum ua minhâ nujriÿukum târatan ujrâ”.

«De ella os hemos creado, a ella os haremos volver, y de ella os extraeremos otra vez»[4].

La gente corrió detrás de Ibn Mulÿam, y nadie se acercaba a él sin que éste lo golpeara con su espada. Luego, Quzzam ibn ‘Abbâs lo atacó y lo arrojó al piso.
Cuando lo trajeron ante ‘Alî (P) le dijo: “¿Ibn Mulÿam?”. Dijo: “Sí”. Cuando ‘Alî reconoció a Ibn Mulÿam le dijo a su hijo Hasan:
“Cuida a tu enemigo, sacia su hambre y fortalece su cuerpo. Luego, si es que muero, hazle unirse a mí, a fin de que argumente con él ante mi Señor, y si permanezco con vida, o le perdonaré, o le aplicaré la ley del Talión”[5].
Hasan y Husein –que la paz sea con ambos- junto a Banî Hâshim llevaron a ‘Alî a su casa. Nuevamente trajeron a Ibn Mulÿam ante ‘Alî. Amîr Al-Mu’minîn (P) lo miró y dijo:“Si es que muero, matadlo, así como él me mató, y si permanezco con vida, ya veré que es lo que haré con él”. Ibn Mulÿam dijo: “Compré esta espada a mil dirham, y la envenené por otros mil dirham, así que, ¡si llega a traicionarme, que Dios Altísimo la destruya!”[6].
En este momento, Umm Kulzûm le dijo: “¡Enemigo de Dios! ¿Mataste a Amîr Al-Mu’minîn?”. Y ese maldito dijo: “No maté a Amîr Al-Mu’minîn. Fue a tu padre a quien maté”.
Umm Kulzûm dijo: “Espero que el Imam se restablezca de esta herida”.
Ibn Mulÿam, nuevamente con insolencia dijo: “Veo que llorarás por él. Por Dios que le propiné tal golpe que si lo dividieran entre toda la gente de la Tierra los mataría a todos”[7].
Trajeron un poco de leche para ‘Alî. Bebió algo de ella y dijo: “Dad de beber de esta leche a vuestro prisionero y no lo molestéis”.
Cuando el Imam (P) recibió el golpe, los médicos de Kufa se reunieron alrededor de su lecho. Entre ellos, el mejor era Azîr ibn ‘Amr, quien trató las heridas. Cuando vio la herida ordenó que le trajeran pulmón de cordero que todavía estuviese caliente. Luego extrajo de ello una vena y la dispuso en la herida, y cuando la quitó, dijo: “¡Oh ‘Alî, haz tu testamento, puesto que este golpe alcanzó el cerebro y la curación no producirá efecto”. Ante ello, el Imam (P) requirió papel y tinta y escribió su testamento, dirigido a sus dos hijos Hasan y Husein (P).
Aún cuando este testamento está dirigido a Al-Hasan y Al-Husein (P), en realidad es para toda la humanidad, hasta el final del mundo. Narraron este testamento mencionando la cadena de transmisión, numerosos expertos en el hadiz e historiadores que vivieron antes y después de Seiied Ar-Radî[8]. Naturalmente, el testamento original era más largo que el citado por el fallecido Seîed Ar-Radî en Nahÿ-ul Balâghah. Traemos a continuación parte del mismo:

“Os recomiendo la piedad y el temor a Dios, y que no sigáis al mundo, aunque el mundo venga tras vosotros, y que no os lamentéis por aquello que perdáis de él. (Os recomiendo) decir la verdad y trabajar para obtener la recompensa (divina), y ser enemigo del opresor y auxiliador del oprimido.
Recomiendo a mí mismo, a vosotros y a todos mis hijos y familiares y aquellos a quienes llegue mi testamento, la piedad y el temor a Dios, el orden de los asuntos, y reconciliar entre dos partes (enemistadas), puesto que escuché de vuestro abuelo (BP) que decía: “Reconciliar entre la gente es mejor que un año de oración y ayuno”.
¡Por Al·lah! ¡Por Al·lah! Atended a los huérfanos, no sea que a veces se encuentren saciados y otras hambrientos, no sea que perezcan en vuestra presencia, por efecto de haber sido desatendidos.
¡Por Al·lah! ¡Por Al·lah! Actuad correctamente en relación a vuestros vecinos, puesto que vuestro Profeta (BP) os ha recomendado respecto a ellos. Él siempre recomendaba en cuanto a los vecinos, al punto que pensábamos que pronto dispondría una parte de la herencia para ellos.
¡Por Al·lah! ¡Por Al·lah! No descuidéis al Corán. Que nadie os aventaje en cuanto a actuar de acuerdo a él. ¡Por Al·lah! ¡Por Al·lah! ¡Atended la oración!, puesto que constituye el pilar de vuestra religión. ¡Por Al·lah! ¡Por Al·lah! Respecto a la Casa de vuestro Señor, mientras estéis con vida, no la dejéis vacía, puesto que si es dejada vacía, no os será dada ninguna tregua y la aflicción divina os abarcará.
¡Por Al·lah! ¡Por Al·lah! Observad la lucha en el sendero de Dios con vuestros bienes, vidas y lenguas. Y es un deber para vosotros fortalecer los lazos de amistad y amor. Y no olvidéis las dádivas y la munificencia, y sed precavidos en cuanto a daros la espalda y cortar las relaciones entre vosotros. No abandonéis el hecho de encomendar el bien y prohibir el mal, puesto que si así hacéis, los inicuos os dominarán, y después de ello, por más que supliquéis no se os responderá”.

Luego dijo:

“¡Oh nietos de ‘Abd-ul Muttalib! no sea que tras mi martirio os sumerjáis en la sangre de los musulmanes y digáis: “Amîr Al-Mu’minîn fue matado”, y sea ésta una excusa para derramar sangre”.
Sabed que al aplicar la Ley del Talión en cuanto a mí, solo deberéis matar a mi asesino. Observad el hecho de que, una vez que, a causa de este golpe yo haya muerto, propinadle solo un golpe, a fin de que sea un golpe por otro golpe, y no lo mutiléis, puesto que escuché del Enviado de Dios (BP) decir: “Absteneos de mutilar, ni siquiera a un perro salvaje”.

Los hijos del Imam (P) se habían sentado silenciosos, y mientras la tristeza y la pena oprimían sus gargantas, escuchaban las palabras confortantes y consoladoras de su padre. Al final de este testamento, el Imam se desvaneció, y cuando nuevamente abrió sus ojos dijo: “¡Oh Hasan! Tengo unas palabras contigo. Esta noche, es la última noche de mi vida. Cuando muera, hazme tú el baño del fallecido (gusl), amortájame y tú mismo sé el supervisor de los actos de mi amortajamiento y entierro. Realiza el rezo a mi cuerpo y entiérrame en la oscuridad de la noche, lejos de la ciudad de Kufa, ocultamente, de manera que nadie se informe de ello”.
‘Alî (P) permaneció vivo dos días, y en la noche del Viernes del día veintiuno del Mes de Ramadán del año 40, a la edad de 63 años, partió de este mundo. Su noble hijo, el Imam Al-Hasan (P) le hizo el baño mortuorio, rezó ante su cuerpo realizando siete takbîr, y luego dijo: “Sabed que luego de ‘Alî (P) no sé dirá siete takbîr ante el cuerpo de nadie más”. ‘Alî (P) fue enterrado en Kufa en un lugar llamado “Garâ” (actual Nayaf), siendo el período de su Califato de cuatro años y diez meses[9].

En elegía a ‘Alî:

Tras el martirio del Imam (P), Hasan ibn ‘Alî (P) disertó, y tras alabar y elogiar a Dios, y enviar bendiciones al Profeta (BP) dijo:

“Sabed que en esta noche murió un hombre al que no alcanzaron los primeros y las generaciones venideras jamás verán a alguien como él. Alguien que, cuando combatía, Yibra’îl se encontraba a su derecha y Mika’îl a su izquierda. ¡Juro por Dios! que falleció el mismo día que Moisés ibn ‘Imrân, el mismo día en el que Jesús fue elevado a los cielos, y en el que el Corán fue revelado. Sabed que no dejó tras sí ni oro ni plata excepto setecientos dirham que fueron ahorrados de su salario y con lo cual quería comprar un sirviente para su familia”.

Luego Qa‘qâ‘ ibn Zurârah se puso de pie y dijo:

“¡Que la complacencia de Dios sea contigo, oh Amîr Al-Mu’minîn! Juro por Dios que tu vida fue una llave para todo bien, y si la gente te hubiera aceptado, se hubieran saciado de comer de lo que se encontrara por sobre sus cabezas y debajo de sus pies (y los hubiera cubierto la bendición divina), pero ello desagradecieron la bendición y eligieron este mundo por sobre el otro”.


De esta manera, los rayos repletos de destellos de la vida del hombre exaltado que fue parido en la Ka‘bah y martirizado en la Mezquita, se apagaron. Un hombre que, tras el Noble Profeta (BP), el mundo no ha visto uno igual ni verá jamás. No hubo parangón para él ni en el yihâd ni en el sacrificio, ni en el conocimiento y sabiduría de los secretos de la existencia, ni en ninguna otra virtud, hasta el punto que su sagrada existencia fue un conjunto de opuestos que jamás se habían reunido en otra persona:

En ti se reunieron cualidades opuestas,
y por ello no se puede encontrar un igual para ti.
Fuiste un hombre desapegado y gobernante, tolerante y valiente,
temerario y piadoso, desprovisto y generoso…



Notas:
[1] Kashf-ul Gummah, T. 1, p. 584
[2] Bihâr Al-Anwâr, transmitido de Al-Amâlî, T. 9, p. 650 (impresión antigua).
[3] Tadhkirat-ul Jawwâs, p. 177 (impresión de Nayaf).
[4] Sûra Tâ Hâ, aleya 55.
[5] Ta’rîj Ia‘qûbî, T. 2, p. 212.
[6] Kashf-ul Gummah, T. 1, p. 586; Ta’rîj At-Tabarî, T. 6, p. 185.
[7] Maqâtil At-Tâlibîn, p. 36; Ajbâr At-Tuwâl, p. 214; Tabaqât Ibn Sa‘d, T. 2, p. 24; Al-Kâmil de Ibn Azîr, T. 3, p. 169; Ta’rîj At-Tabarî, T. 6, p. 85; 'Aqd Al-Farîd, T. 4, p. 359; Kashf Al-Gummah, T. 1, p. 586.
[8] Abû Hâtim Saÿistânî, Al-Mu‘ammarûna ual Wasâiâ, p. 149; Ta’rîj At-Tabarî, T. 6, p. 85; Tuhaf Al- ‘Uqûl, p. 197; Man lâ iahduruhul Faqîh, T. 4, p. 141; Al-Kâfî, T. 7, p. 51; Murûÿ Adh-Dhahab, T. 2, p. 425 (se narró parte de ello); Maqâtil At-Tâlibîn, p. 38.
[9] Manâqib Âli Abî Tâlib, T. 3, p. 313; Tadhkirat-ul Jawwâs, T. 112; Ta’rij Ia‘qûbî, T. 2, p. 213.

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