lunes, 6 de agosto de 2012

La Ética del Imam Alî (a.s.)

Extraído del libro: "Elevadas virtudes morales del Profeta Muhammad (s.a.w.)"
Autor: Bâqer Sharîf Al-Qurashî
Traducido del árabe por: Feisal Morhell
Asamblea Mundial de Ahl-ul Bait (a.s.) 

E
n cuanto al Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî (a.s.), él fue el hermano del Mensajero de Dios (s.a.w.), la puerta de la ciudad de su conocimiento, el padre de sus nietos, quien poseía con relación a él la posición que tenía Aarón con relación a Moisés, habiéndole nutrido el Profeta (s.a.w.) con sus elevadas virtudes, y vertido en su alma sus ideales y valores. Él fue aquel cuyo aroma fue asimilado por el mundo en su totalidad, a quien el Profeta (s.a.w.) dispuso como emblema e Imam para su comunidad para que atendiera sus necesidades y la guiara hacia lo que es más recto.
La moral del Imam Amîr Al-Mu’minîn (a.s.) era como la de su hermano y primo el Mensajero de Dios (s.a.w.) en cuanto a su brillantez, esplendor e indemnidad respecto a las motivaciones materiales que conducen a la aniquilación.
Las más elevadas virtudes se contaban entre las más exponentes características del Imam (a.s.). Él convocó hacia las mismas y las aplicó en su vida. Lo siguiente es una muestra de ello.


Las más elevadas virtudes

El Imam (a.s.) asumió positivamente la convocatoria a investirse de las más elevadas virtudes mediante las cuales el ser humano se eleva, y abarrotó su camino con muchos de sus consejos al respecto, entre los cuales están los siguientes:

1- Sus consejos a su hijo Al-Hasan (a.s.)

“¡Oh hijo mío! Disponte a ti mismo como referente en tu relación con los demás, de manera que desees para otro lo que deseas para ti mismo, y aborrezcas para él lo que aborreces para ti mismo. No oprimas así como no deseas ser oprimido; actúa con benevolencia tal como deseas ser objeto de la misma; considera malo en tu persona lo que consideras malo en otro; y complácete de la gente con aquello que te complace que surja de ti para ellos. No digas lo que no sabes aunque sea poco lo que sepas; y no digas lo que no te gusta que se te diga a ti. Debes saber que ser vanidoso es contrario a la rectitud y es el flagelo de los intelectos. Realiza tu (propio) esfuerzo y no acopies el de otro; y si eres conducido a tu propósito debes ser más temeroso de lo que lo eres (ahora) ante tu Señor”.
En estos párrafos el Imam (a.s.) precisó las más bellas virtudes con las que se inviste la persona, que son:
1. Que se disponga a sí misma como referente en su relación con los demás y desee para ellos el bien que desea para sí misma, y asimismo aborrezca para ellos el mal que detesta para sí misma. Es natural que cuando este inusual fenómeno se impone en la sociedad, ésta alcanza el apogeo de su perfección y consolidación.
2. La advertencia respecto a oprimir a los demás y transgredir sus derechos, puesto que así como al ser humano le disgusta que le opriman, asimismo él debe tener ese sentimiento con relación a otros.
3. La persona debe hacer el bien a los demás, así como desea ser objeto del mismo.
4. La persona debe considerar desagradables las malas acciones que realiza, tal como le desagradaría que fueran realizadas por otro, y asimismo debe satisfacerle para la gente lo que le satisface para sí misma.
5. La persona no debe hablar ni juzgar sin conocimiento, puesto que eso conlleva que el perjuicio le alcance a ella y a los demás.
6. El Imam (a.s.) prohibió que una persona sea vanidosa, puesto que es uno de los más viles atributos que rebajan a la persona a un nivel ruin.
7. El Imam (a.s.) advirtió respecto a extremar en el acopio de riquezas, puesto que ello conlleva la desgracia y la ruina, especialmente cuando no se observan los derechos de Dios, Glorificado Sea, ya que de esa manera la persona solo tendrá la carga y el beneficio será para otro.[1]

2- Sus consejos a su hijo Al-Husain (a.s.)

El Imam Amîr Al-Mu’minîn (a.s.) aconsejó a su hijo, el señor de los mártires, con las siguientes palabras, las cuales rebosan de las más elevadas virtudes, y contienen todas las cualidades mediante las cuales el ser humano se eleva. El siguiente es uno de sus fragmentos:
“¡Oh hijo mío! Te recomiendo el temor a Dios tanto en la riqueza como en la pobreza; hablar con la verdad tanto en la complacencia como en el enojo; la moderación tanto en la riqueza como en la pobreza; la justicia tanto para con el amigo como para con el enemigo; realizar (buenas) obras tanto durante el estado de agilidad como en el de languidez; y estar complacido de Dios tanto en la dureza como en la prosperidad”.
Estas palabras están repletas de asuntos de suma importancia, a saber:
1. Incentivar el temor a Dios y la necesidad de obedecerle en todas las situaciones y momentos, puesto que ello conforma una de las vías hacia la felicidad y la salvación.
2. Atenerse a la verdad en todos los momentos y situaciones.
3. La moderación en la riqueza y en la pobreza y no derrochar ni dilapidar en ningún caso.
4. Atenerse a la justicia, ya sea con el amigo como con el enemigo.
5. Esforzarse por realizar (buenas) obras y no caer en la languidez.
6. Estar complacido con el designio de Dios, Glorificado Sea, en la dureza y en la prosperidad.
El Imam (a.s.) continúa con su consejo a su hijo Al-Husain (a.s.) de la siguiente manera:
“Y debes saber, ¡oh hijo mío!, que quien observa los defectos de sí mismo no se ocupa de los defectos de los demás. Quien se complace con lo que Dios dispone no se entristece por lo que se le ha pasado (sin llegar a aprovecharlo). Quien desenvaina la espada de la iniquidad acaba muerto mediante la misma. Quien cava un pozo para su hermano cae en el mismo. Quien desgarra la cubierta de otro, son puestas al descubierto las vergüenzas de su propia casa. Quien se olvida de sus errores considera inmensos los de los demás. Quien se abruma de asuntos termina agotado. Y quien se precipita en las dificultades se ahoga”.
Estas frases irradian destellos de máximas de sabiduría con las que se erige la vida del ser humano, le apartan de los peligros y los pecados de la vida, y le abren el camino para una vida de serenidad, desahogo y paz, alejado de los problemas de la vida. Entre los diferentes fragmentos de esos consejos se encuentran las siguientes palabras:
“Y quien se envanece con su propia opinión se extravía; quien se contenta con su intelecto cae en tropiezos; quien se ensoberbece ante la gente acaba humillado. Quien es impertinente es maldecido; quien asume malos procederes es objeto de sospecha; quien se entremezcla con los viles es menospreciado, y quien se reúne con los sabios es respetado”.
¡Observáis estas preciadas máximas de sabiduría que constituyen el más brillante de los programas de la vida elevada que es regida por las sublimes virtudes, y que encumbran al ser humano a los grados de las grandes personalidades y personas santas!

3- Sus consejos a Al-Hâriz

El Imam (a.s.) proveyó a su compañero Al-Hâriz Al-Hamdânî con un consejo repleto de las más bellas virtudes y los más elevados atributos. Lo siguiente es parte de esas brillantes palabras. Dijo (a.s.):
“Y precávete de toda acción cuyo autor se complace de la misma para sí mismo pero le desagrada para la generalidad de los musulmanes. Precávete de toda acción que es realizada en secreto y cuya realización en público provoca vergüenza. Precávete de toda acción que cuando se le pregunta sobre la misma a su autor, la niega o se excusa por ella. No dispongas tu honor como blanco de los dardos de las palabras (de los demás); no comentes con la gente todo lo que escuchaste, ya que eso te sería suficiente como mentira, ni niegues todo lo que la gente te diga, ya que eso te sería suficiente como ignorancia. Apacigua tu ira; deja pasar (comportamientos inadecuados) mientras sea posible, y sé tolerante ante el enojo”.
El Imam (a.s.) le advirtió a Al-Hâriz respecto a los malos comportamientos que rebajan a la persona a un nivel vil, y asimismo le ordenó hacerse de los atributos de contener la ira y ser tolerante lo más posible.
Las elevadas máximas de sabiduría mediante las que el Imam (a.s.) aconsejó, conforman sublimes pautas de moral y forman parte de los más eminentes atributos con los cuales la persona se ennoblece y se dispone en la cima de los distinguidos… Éstas son algunas de las máximas de sabiduría legadas por el Imam (a.s.) en el plano de la moral.

Sus más elevadas virtudes

Volvamos a referirnos a las elevadas pautas de moral del Imam (a.s.). Es concluyente que con relación a las mismas no se le asemejaba nadie, ni de la familia del Profeta (s.a.w.) ni de los Compañeros, sino que se distinguió por sus virtudes, heroicas gestas y elevación personal, de manera que Dios, Glorificado Sea, le prefirió sobremanera por sobre la mayoría de Su creación.

1- Su tolerancia

El Imam (a.s.) fue la más tolerante de las personas y de entre aquellos que más contenían su ira, de manera que no se vengaba de nadie que le hubiera agredido o le hubiera hecho algún mal, sino que retribuía la mala actitud con indulgencia y benevolencia, para así arrancar de su persona toda forma de maldad. En este noble atributo se asemejaba a su hermano y primo el Mensajero de Dios (s.a.w.), quien asimismo retribuyó mediante la indulgencia a los que le agredieron de entre la gente de La Meca que fueron sus más acérrimos enemigos, y a quienes -después de conquistar La Meca- les dijo: “¡Marchaos! ¡Sois los libertos!”. Su heredero y puerta de la ciudad de su conocimiento marchó en esa misma senda, retribuyendo a quienes le fueron hostiles mediante el perdón y la benevolencia.

Reseñas de su tolerancia:

Los narradores registraron numerosas reseñas de la tolerancia del Imam (a.s.) que manifiestan esa gran alma que Dios, Glorificado Sea, le concedió para que fuese un faro de luz que guíe a Sus siervos hacia lo que es más recto. Las siguientes son muestras de la misma:
1. El Imam (a.s.) llamó a su sirviente pero éste no le respondió; volvió a llamarle pero siguió sin responderle, por lo que le dijo: “¿Qué te llevó a no responderme?”. El sirviente le respondió: “Tenía pereza de responderte y me siento a salvo de tu castigo”.
El Imam (a.s.) se alegró y dijo:
“¡Alabado sea Dios, Quien me dispuso entre aquellos de quienes Su creación se siente a salvo. ¡Vete! Eres libre por la Faz de Dios, Glorificado Sea”.[2]
2. Cierta vez Abû Hurairah fue a verle y le pidió algo, siendo que era conocido por estar distanciado del Imam (a.s.) y por manifestar explícitamente su aversión hacia él, pero el Imam (a.s.) satisfizo su necesidad. Uno de sus compañeros se lo reprochó y él (a.s.) le contestó:
“Me avergonzaría que su ignorancia supere a mi tolerancia, su pecado a mi perdón y su pedido a mi generosidad”.[3]
3. Ibn Al-Kauwâ fue un jariyita que insultó al Imam (a.s.) abiertamente y le injurió de frente, pero el Imam no le trató en conformidad ni le castigó, sino que le recitó la aleya que dice: «Y en verdad que te fue revelado así como a los que te precedieron: “Si es que asocias (algo a Dios) tus buenas obras se invalidarán”»; y esta persona desvergonzada le devolvió la misma aleya, a lo cual el Imam (a.s.) agregó: «¡Persevera! Ciertamente que la promesa de Dios es verdad; que aquellos que no tienen certeza no te exasperen», sin adoptar ninguna medida enérgica que apunte a su arresto o escarmiento.
4. Entre los ejemplos de su gran tolerancia está que al vencer en la Batalla del Camello a la más acérrima de sus enemigos, ‘Âishah, junto a quien se encontraban Marwân Ibn Al-Hakam, ‘Abdul·lâh Ibn Zubair y otros de entre aquellos que encendieron el fuego de la guerra y anunciaron la rebeldía y la desobediencia armada contra su gobierno, el Imam (a.s.) les perdonó a todos y liberó a ‘Âishah de una buena manera, aprovisionándola generosamente. De esta manera, procedía con indulgencia y benevolencia con quien le hacía el mal.
Dice Ibn Abîl Hadîd respecto a la tolerancia del Imam (a.s.): “En cuanto a la tolerancia y la indulgencia, era el más tolerante con el pecador, el más indulgente con quien cometía el mal; y se manifestó una prueba de lo que decimos en el día de la Batalla del Camello, cuando venció a Marwân Ibn Al-Hakam, quien le era el más hostil y el de mayor animadversión de entre la gente, pero fue indulgente con él.
‘Abdul·lâh Ibn Az-Zubair le insultaba públicamente, y un día disertó en la ciudad de Basora diciendo: “Viene hacia vosotros el mentecato y vil, ‘Alî Ibn Abî Tâlib…”, en tanto el Imam (a.s.) decía: “Az-Zubair era un hombre de entre nosotros, Ahl-ul Bait, hasta que (su hijo) ‘Abdul·lâh (creció y) se hizo joven”. Cuando le venció en el día de la Batalla del Camello fue indulgente con él y le dijo: “¡Vete! No quiero verte”, y no tomó ninguna otra medida en su contra.
Después de la Batalla del Camello venció a Sa‘îd Ibn ‘Âs en La Meca, y siendo éste su enemigo, sólo le dio la espalda y no le dijo nada”.[4]
5. Entre sus grandes muestras de indulgencia y tolerancia está lo siguiente: Cuando Mu‘âwîiah avanzó contra el ejército del Imam (a.s.) en Siffîn, sus fuerzas tomaron el control de la cuenca del Éufrates, y cuando el Imam (a.s.) llegó con su ejército se encontró con que la cuenca del Éufrates había sido ocupada por los soldados de Mu‘âwîiah. El Imam (a.s.) les pidió que permitieran a su ejército abastecerse de agua, pero se negaron y le dijeron: “¡No! ¡Por Dios! Ni una sola gota hasta que mueras de sed como lo hizo (‘Uzmân) Ibn ‘Affân”, por lo que el Imam ordenó a sus fuerzas ocupar el Éufrates y lo lograron. Uno de sus compañeros le increpó diciéndole: “¡Oh Amîr Al-Mu’minîn! Niégales el agua tal como te la negaron. No les suministres ni una sola gota. Mátales con la espada de la sed. Tómales en tus manos; de esa manera no tendrás necesidad de guerrear”. El Imam (a.s.) se opuso a esas propuestas y les dijo:
“¡No! ¡Por Dios! No les retribuiré de la misma manera; permitidles llegar al curso del agua puesto que para el corte de la espada es imprescindible”.[5]
6. Muestra de su gran tolerancia y su elevada esencia es que en uno de los días de la Batalla de Siffîn venció a ‘Amr Ibn Al-‘Âs, quien era la mente maquinadora del gobierno de Mu‘âwîiah, y cuando este astuto cobarde vio que el Imam (a.s.) se acercaba con su espada, dejó al descubierto sus partes pudendas y el Imam por su pudor volteó su rostro.

Éstas fueron algunas muestras de su tolerancia y su perdón, que hablan de un alma celestial que se nutrió de los valores y constituyentes de las enseñanzas proféticas.

2- Su humildad

Entre sus características esenciales y más bellas virtudes morales se encuentra la humildad, pero para con los pobres y los oprimidos, no para con los ricos y los soberbios; y en esto se asemejaba a su hermano y primo el Mensajero (s.a.w.), quien era el padre de los pobres y desprovistos. Las siguientes son muestras de su humildad:
1. Un hombre junto a su hijo llegaron a visitar al Imam (a.s.) y permanecieron con él como invitados, por lo que ordenó que les trajeran comida. Cuando terminaron de comer el Imam (a.s.) se apresuró a tomar una vasija para verter el agua y lavar las manos del padre. El hombre se sobresaltó y dijo: “¿Cómo verá Dios que tú viertas el agua en mis manos?”. El Imam (a.s.) le contestó con bondad y benevolencia:
“Por cierto que Dios verá que soy tu hermano que no se diferencia de ti, ni se considera mejor que tú, y de esa manera me incrementará en posición en el Paraíso”.
¡Qué espíritu celestial era ese! ¡Cuál elevación personal fue igual a esa! La humanidad se inclina en reverencia y exaltación a tal elevada moral.
El hombre cedió ante las palabras del Imam (a.s.), extendiendo sus manos, y el Imam (a.s.) vertió sobre ellas el agua. Cuando concluyó le alcanzó la vasija a su propio hijo Muhammad Ibn Al-Hanafîiah y agregó:
“Si este muchacho hubiera venido a mí sin su padre, yo mismo hubiera vertido el agua sobre sus manos, pero Dios no desea que se iguale entre el hijo y su padre”.
Y de esa manera, su hijo Muhammad lavó las manos del muchacho.[6]
Las virtudes morales de ‘Alî (a.s.) fueron tomadas de la moral del Gran Mensajero (s.a.w.) a quien Dios envió para completar las más elevadas virtudes.
2. Entre las muestras de humildad del Imam (a.s.) está que al regresar de Siffîn pasó junto a los jefes de la región de Al-Anbâr, quienes le recibieron con extremo engrandecimiento y consideración, y el Imam (a.s.) rechazó eso diciéndoles:
“¡Por Dios! Vuestros gobernantes no se benefician con esto y vosotros os abrumáis a vosotros mismos así como a los que os sucedan. ¡Qué malogrado esfuerzo es aquel al que le sigue el castigo, y qué tranquilidad más ventajosa es aquella junto a la cual se encuentra la seguridad respecto del Fuego infernal!”.[7]
Según el Imam (a.s.), los festejos populares basados en la ornamentación, los aplausos y el júbilo que las masas expresan para sus reyes y jefes de Estado, son un error y un extravío respecto de la verdad, puesto que los gobernantes son como cualquier otro individuo del pueblo, sin nada que les torne especiales.
Dicen los narradores que: cuando regresó de la Batalla del Camello atravesó la región de Madâ’in y su gente se apresuró raudamente a recibirle, elevándose el cántico de las mujeres. Esto sorprendió al Imam (a.s.) y preguntó al respecto. Le contestaron: “Nosotros recibimos a nuestros reyes de esta manera”. Él les respondió que no era un rey sino otro habitante cualquiera sin nada que lo hiciera especial sobre ellos más que el hecho de hacer que se establezca la verdad y la justicia en la nación. Y perm­aneció sentado en su lugar sin moverse hasta después de que la gente se hubo marchado hacia sus labores.[8]
3. Otra muestra de su humildad es que no permitía a nadie que caminara tras de él, ni guardias ni nadie más. Una vez, mientras caminaba, algunos de sus compañeros le siguieron. Él se dio la vuelta y les dijo: “¿Necesitáis algo?”. Dijeron: “No. Sólo queremos caminar contigo”. Entonces él les reprendió y les ordenó que fueran a sus casas, diciendo:
“¡Volved!… Marchar tras los pasos de los hombres conforma un perjuicio para los corazones de los necios”.[9]
Estas elevadas pautas de moral son virtudes de los grandes profetas y sus herederos, y el Imam de los temerosos, el señor de los herederos, el Imam Amîr Al-Mu’minîn, las ha materializado mediante su conducta y trayectoria.
Los narradores esbozaron una imagen brillante de su humildad en los días de su Califato.

3- Su visita a los enfermos

Entre las señales de la moral del Imam (a.s.) se encuentra su visita a los enfermos. Solía estimular a sus compañeros a hacerlo, de forma que les dijo:
“Quien se dirige a visitar a su hermano musulmán enfermo, ha marchado a través de los frutos del Paraíso, y cuando se sienta lo rodea la misericordia”.[10]
Cuando escuchaba que uno de sus compañeros se encontraba enfermo procedía a visitarle. Entre la gran cantidad de personas a las que visitó, se cuentan las siguientes:
1. Visitó a una persona enferma y le dijo:
“Que Dios disponga a lo que te aqueja como anulación de tus malas acciones, puesto que si bien la enfermedad no tiene recompensa en sí misma, sí suprime las malas acciones y las hace caer como lo hacen las hojas (de los árboles); (esto es así) porque la recompensa es por lo que se dice con la lengua y lo que se realiza con las manos y los pies”.[11]
2. Enfermó Sa‘sa‘ah, quien se contaba entre sus más fieles seguidores, y el Imam (a.s.) le elogió diciendo:
“¡Por Dios! que no te he conocido sino ocasionando poco consumo y brindando fructuosa asistencia”.
Sa‘sa‘ah le respondió diciendo: “Y tú, ¡oh Amîr Al-Mu’minîn! Por cierto que Dios es Majestuoso ante tus ojos, eres compasivo con los creyentes y eres conocedor del Libro de Dios”.
Cuando el Imam quiso marcharse le dijo:
“¡Oh Sa‘sa‘ah! No dispongas esta visita que te hice como motivo para enorgullecerte por sobre tu gente, puesto que Dios no ama a ningún engreído y presuntuoso”.[12]
El Imam (a.s.) rechazaba la jactancia en todas sus formas y las ostentaciones de superioridad, y creía categóricamente que solamente Dios, Glorificado Sea, y nadie más, es merecedor de la superioridad.

4- Su rechazo a los halagos

Al Imam (a.s.) le fastidiaban los halagos y la adulación, y a quien le adulaba le decía:
“Estoy por debajo de lo que dices y por encima de lo que hay en tu interior”.
Si algún hombre le ensalzaba le decía:
“¡Dios mío! Tú me conoces más que él, y yo sé más que él sobre mí mismo, así pues, ¡perdóname aquello que él no sabe!”.[13]

5- Su franqueza y veracidad

Un exponente de la moral del Imam (a.s.) era su absoluto compromiso con la franqueza y la veracidad en todos los asuntos de su vida, de forma que no daba dobles mensajes, ni traicionaba, ni era hipócrita en su religión, y se conducía por la misma senda de su hermano y primo el Mensajero de Dios (s.a.w.). Si él hubiera aceptado las conductas políticas basadas en la mentira, el Califato no habría llegado a manos de ‘Uzmân Ibn ‘Affân, el principal del clan omeya, ya que cuando ‘Abdurrahmân Ibn ‘Auf -el miembro decisivo del consejo designado por ‘Umar para elegir el califa- le insistió al Imam (a.s.) que le daría la bai‘ah o juramento de fidelidad a condición de que se condujera según la tradición de los dos Sheijes (Abû Bakr y ‘Umar), él rechazó eso categóricamente, puesto que no concordaba con el Libro Sagrado y la Tradición. En cambio fue explícito en el hecho de que él administraría la comunidad en base al Libro de Dios y a la Tradición de Su Profeta (s.a.w.), ya que fuera de estos dos no había ningún otro capital en qué basarse para el mundo de la política islámica. Su conciencia rechazó engañar y tramar para alcanzar ese poder que las personalidades de la comunidad se desesperaron por conquistar y vertieron ríos de sangre en aras de alcanzarlo, para gozar de sus beneficios.
El Imam (a.s.) fue desapegado respecto de todas las tentaciones del poder y el gobierno, y suspiraba largamente por los padecimientos de los que fue objeto por parte de los qureishitas. La gente le escuchó decir:
“¡Qué desgracia! Conspiran en mi contra, y saben que sé de sus maquinaciones, y conozco mejor que ellos las diferentes formas de intrigar, sólo que también sé más que la intriga y el engaño están en el Fuego. Seré paciente ante sus intrigas y no haré lo que ellos hicieron”.[14]
Lo que le impidió conducirse en conformidad a la intrigante política es que la misma trae aparejado el Fuego infernal. Es así que él (a.s.) le respondió de la siguiente manera a quien dijo a su respecto que no era astuto en los asuntos políticos, y que en cambio, Mu‘âwîiah era experto en los mismos:
“¡Por Dios! que Mu‘âwîiah no es más astuto que yo, sino que él es traicionero y libertino, y si no fuera por lo aborrecible de traicionar yo actuaría como el más astuto entre la gente”.[15]
Reprobó a ciertos dirigentes que utilizaban todos los medios para alcanzar el poder y se justificaban alegando que tal proceder conformaba una estrategia de su parte, a lo que dijo:
“No traiciona quien sabe cómo es el retorno (al Más Allá). Llegamos a una época en la que la mayoría de la gente adopta el engaño como instrumento de ingenio, y los ignorantes les atribuyen poseer gran destreza. ¿Qué les ocurre? ¡Que Dios les aniquile! Sucede que astutos y sagaces ven la faz de la argucia, pero por existir un impedimento basado en la orden y la prohibición de Dios, la dejan de lado después de haber tenido el poder de realizarla, en tanto que aquel que no tiene trabas para quebrantar la religión aprovecha su oportunidad”.[16]
Es en base a esa elevada moral que el Imam (a.s.) edificó su política basada en la franqueza y la veracidad, en la cual no cabe la tergiversación y el engaño. Ese es el motivo de su perpetuación a lo largo de todas las generaciones y por la eternidad.[17]

6- Su sacrificio

Entre sus elevadas pautas de moral y elevación personal está que anteponía a su sirviente Qanbar por sobre sí mismo en lo relacionado a la vestimenta y la comida. Había comprado dos prendas de ropa: una a tres dírhams y otra a dos dírhams, y le dio la prenda de tres dírhams a Qanbar, por lo cual éste dijo:
¡Tú tienes prioridad sobre la misma, oh Amîr Al-Mu’minîn! ¡Tú subes al púlpito y das disertaciones…!
Observad lo que le respondió:
“Tú eres joven y estás en la flor de la juventud, y yo me avergonzaría ante mi Señor si me prefiriera a mí mismo por sobre ti”.[18]
¿¡Veis esa alma celestial, la cual se encumbró en el cielo de la justicia, que iluminó el mundo mediante su perfección, su elevada educación y su negación del sí mismo!?

7- Su rechazo a la jactancia

El Imam (a.s.) prohibió a sus partidarios jactarse de sus ancestros, así como prohibió hacerlo de los hijos y la riqueza o algún otro aparente motivo de superioridad que no se relacionase a la virtud en absoluto.[19]

8- Su solidaridad con los pobres

Entre las elevadas pautas de moral del Imam (a.s.) está su solidaridad con los pobres con quienes compartía su mala calidad de vida y las vicisitudes de los tiempos. Él mismo anunció esa solidaridad diciendo:
“¿Acaso me contentaré porque se refieran a mí diciendo: ‘¡Ahí está Amîr Al-Mu’minîn!’, pero no comparta con ellos las vicisitudes de la época, o no sea un ejemplo para ellos en su dura forma de vida? Tal vez suceda que en el Hiÿâz o Iamâmah haya quien no tenga esperanza ni en una hogaza de pan.
Te es suficiente padecimiento que pases la noche con el estómago lleno,
Siendo que a tu alrededor hay vientres que aspiran comer tiras de cuero resecadas”.
No encontramos en la historia del Oriente ni en otro lugar un gobernante igual al Imam (a.s.) en lo relacionado a solidarizarse con los pobres y desprovistos, al punto de compartir con ellos las vicisitudes del mundo y la dura forma de vida, de manera que cuando se trasladó hacia la Última Morada, no dejó ni oro ni plata.[20]

9- Su trato igualitario

Entre sus elevadas pautas de moral está su trato igualitario con la gente durante los días de su gobierno. Los siguientes son algunos de esos ejemplos:

1. Su trato igualitario con relación a las dádivas

El trato igualitario fue parte de la elevada moral del Imam (a.s.) y de su compromiso con la religión, de manera que trató de igual forma a los musulmanes y cristianos habitantes del Estado islámico. Tampoco antepuso al clan de los qureishitas por sobre los demás,[21] lo cual ocasionó que le rechazara el estrato capitalista de los qureishitas quienes anunciaron su rebeldía contra su gobierno.
El caso es que con su política, el Imam (a.s.) contradijo el proceder de ‘Umar consistente en anteponer a algunas clases de la sociedad por sobre otras; y tal política fue reprobada por los adinerados y otros. Hemos mencionado esto en nuestro libro “La vida del Imam Al-Husain Ibn ‘Alî (a.s.)”.

2. Su trato igualitario ante la ley

El Imam (a.s.) exigió a sus delegados en las diferentes regiones, que observaran la igualdad entre la gente en lo relacionado a los asuntos judiciales y otros. Dijo (a.s.) en un mensaje dirigido a uno de ellos:
“Sé humilde con ellos; sé amable con ellos; hazles sentirse a gusto; dirígeles la mirada y obsérvales a todos en la misma medida, de manera que los prominentes no tengan aspiraciones motivadas por tu menoscabo hacia otros, ni los débiles se desesperancen de ser objeto de tu justicia”.[22]
En verdad que esa es la justicia con la cual se benefician los pueblos y que acarrea la misericordia y las bondades.

3. Su trato igualitario en el plano de los derechos

Entre las manifestaciones del trato igualitario y justo anunciado por el Imam (a.s.) durante los días de su gobierno, se encuentra la igualdad entre los ciudadanos en el plano de los derechos y las obligaciones, de manera que no impuso un derecho sobre el débil sin disponerlo para otro, sino que todos eran iguales frente a su justicia.[23]

10- Su desapego

Muestra de la elevación de la persona del Imam (a.s.) y de la perfección de su moral se encuentra en su desapego con relación a la vida mundanal y su total rechazo a todos sus placeres, adornos y ornamentos. Los deseos y pasiones del alma dominan sobre todos, pero él acostumbró a su persona a la adversidad y la privación, de manera que no daba cabida a ninguno de los placeres de la vida mundanal, sino que fue el más desapegado entre la gente, tal como lo afirma ‘Umar Ibn ‘Abdul ‘Azîz.[24]
Cuando el Califato islámico tuvo el honor de recaer sobre él y el mundo brilló con su gobierno, él “divorció tres veces seguidas” a la vida mundanal, y vivió en los suburbios de Yazrib y Kufa una vida de pobreza, al punto de no construir una casa para sí mismo.
No usaba ropas suaves, sino que vestía igual que los pobres y comía su mismo alimento. Se le dijo algo a este respecto y respondió:
“Para que el pobre no se exaspere por su pobreza”.
Le gustaba solidarizarse con los pobres en su pobreza y adversidad, para que ellos no se desconsolaran por lo amargo de la vida.

Reseñas de su desapego:

Los historiadores y narradores mencionaron sorprendentes descripciones del desapego del Imam (a.s.) al punto que la historia no ha mencionado algo así en ninguno de sus periodos respecto a nadie más. Las siguientes son algunas de esas imágenes:

1. Su vestimenta

El Imam (a.s.) no daba especial atención a su vestimenta, sino que vestía las más ásperas de todas. Los historiadores mencionaron muchas muestras de ello, entre las que se cuentan las siguientes:
- Narró ‘Umar Ibn Qais lo siguiente: Fue visto ‘Alî (a.s.) vistiendo una prenda deshilachada, y se lo reprocharon, a lo que respondió:
“Con la misma el creyente sigue el buen ejemplo y por la misma el corazón es piadoso”.[25]
- Dijo Abû Is·hâq As-Subai‘î: Mi padre me había alzado sobre sus hombros mientras Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib se encontraba disertando, y le vi agitándose la manga, por lo que dije: “¡Oh padre! ¿Acaso Amîr Al-Mu’minîn está acalorado?”. Y me respondió: “No está acalorado ni siente frío, sino que lavó su camisa que ahora esta húmeda y no tiene otra, por lo que la está agitando (para que se seque)”.[26]
- Narró Abû Haîiân At-Tamîmî de su padre, que éste dijo: Vi a ‘Alî sobre el púlpito mientras decía:
“¿Quién me comprará esta espada mía? Si tuviera el monto de lo que cuesta una prenda de vestir no la vendería”.
Se incorporó un hombre y le dijo: “Yo te la compro y te doy por adelantado lo que cuesta una prenda”. A esto, ‘Abdur Razzâq agregó lo siguiente: “El Imam hizo eso en tanto en ese entonces el mundo (islámico), a excepción de las zonas de Siria, se encontraba en sus manos”.[27]
- Narró ‘Alî Ibn Al-Aqmar lo siguiente: Vi a ‘Alî mientras se encontraba vendiendo su espada en el mercado y decía:
“¿Quién me comprará esta espada? ¡Por Aquel que hace brotar los granos! que muchas veces alejé con la misma la congoja del rostro del Mensajero de Dios (s.a.w.), y si tuviera el coste para una prenda de vestir no la vendería”.[28]
- Narró Harûn Ibn ‘Antarah lo siguiente: “Fui a ver a ‘Alî en Al-Jawarnaq y le encontré tiritando de frío mientras tenía puesto un andrajo de felpa, y le dije: ¡Oh Amîr Al-Mu’minîn! Por cierto que Dios, Glorificado Sea, dispuso para ti y para la gente de tu casa una parte de esta riqueza, ¿y tú haces eso contigo mismo?”. Respondió:
“¡Por Dios! que no os quitaré nada de vuestra riqueza. Ésta es mi propia vestidura de felpa con la que salí de mi casa en Medina”.[29]
- El Imam (a.s.) disertó ante la gente de Kufa diciendo:
“Ingresé a vuestro territorio con estos harapos míos y ésta mi cabalgadura; y si salgo de vuestro territorio con algo más de aquello con lo que ingresé, sabed que me contaré entre los traicioneros”.[30]
- El Imam (a.s.) compró una vestimenta que le agradó, pero desistió de vestirla por lo que la dio como limosna.[31]
- Mencionaron los narradores que el Imam (a.s.) no tenía más que una sola camisa, de manera que no encontraba otra para ponerse cuando la lavaba.[32]
- Mencionaron los historiadores que durante los días de su Califato el Imam (a.s.) no poseía tres dírhams para comprar con ello una prenda para vestir o lo que necesitaba, en tanto luego ingresaba al Tesoro Público y distribuía todo lo que allí había entre la gente. Después rezaba y al final -refiriéndose al recinto del Tesoro Público- decía:
“¡Alabado sea quien me hizo salir del mismo tal como ingresé!”.[33]
Éstas fueron algunas muestras del desapego del Imam (a.s.) con relación a su vestimenta. Cuando falleció no poseía más que la ropa que tenía puesta.
Es digno de mencionar que cuando el califa abasí Harûn Ar-Rashîd falleció, dejó cuatro mil turbantes bordados, sin contar sus vestiduras, además de las ingentes riquezas que dejó en sus depósitos; y asimismo sucedió con los demás reyes omeyas y abasíes quienes saquearon las riquezas de los musulmanes y las gastaron en sus deseos mundanales y noches de libertinaje. Es indudable que ellos no guardaban relación alguna con el Islam.[34]

2. Su comida

El Imam (a.s.) se abstuvo de consumir alimentos apetitosos y se restringió, de entre las comidas simples, a lo que satisfacía la necesidad, como el pan y la sal, y tal vez llegar a consumir leche o vinagre. En épocas del Mensajero de Dios (s.a.w) solía atarse una piedra al estómago a causa del hambre.[35] Solía comer poca carne y al respecto decía:
“No hagáis de vuestros estómagos cementerios de animales”.
Dice Ibn Abîl Hadîd: Él nunca comió hasta saciarse. Le fue traído un postre hecho con harina y miel, y cuando lo vio dijo:
“Tiene buen aroma, buen color, excelente sabor, pero aborrezco acostumbrar mi ego a lo que no estoy habituado”.[36]
Narró el Imam Abû Ÿa‘far (a.s.) lo siguiente: Comió ‘Alî (a.s.) algo de dátiles de daqal,[37] luego tomó agua y golpeó su estómago con su mano, y dijo:
“Aquel a quien su estómago le haga ingresar al Fuego será porque Dios le ha alejado”.
Luego recitó los siguientes versos:
Siempre que des a tu estómago y a tus partes pudendas lo que éstos te exijan,
Lo que alcanzarás será la cumbre del total reproche.[38]
Este campeón de la justicia social se abstenía en su comida de la manera más severa posible de hacerlo. Él mismo se refirió a su desapego diciendo:
“Por Dios que no he acumulado de este mundo metal precioso alguno, ni he atesorado nada de sus riquezas, ni me he preocupado ni por un andrajo de mi ropa, ni he hecho posesión ni de un palmo de su tierra, ni tomado del mismo sino en la medida del sustento diario de una burra estéril”.
El Imam (a.s.) no comió exquisitas comidas hasta que le llegó el momento de partir de este mundo, de manera que el último día de su vida, que fue en el mes de Ramadán, desayunó pan, sémola y sal, ordenando que se llevaran la leche que le había traído su hija Umm Kulzum.[39]
Al mismo tiempo, él (a.s.) alimentaba a los huérfanos dándoles miel con su propia mano, de manera que uno de sus Compañeros llegó a decir: “Llegué a desear haber sido un huérfano”.
El Imam (a.s.) fue desapegado respecto a todos los placeres de la vida mundanal, y se desvinculó en forma completa de todas sus ansias. Narró Sâlih Ibn Al-Aswad lo siguiente: “Vi a ‘Alî que había montado un burro con sus piernas pendiendo hacia un mismo lado, mientras decía:
“Yo soy aquel que denigró la vida mundanal”.[40]
Así es, ¡por Dios! que el Imam (a.s.) despreció la vida mundanal, y no prestó atención a ninguna de las manifestaciones del poder y el gobierno, sino que se dirigió hacia Dios, Glorificado Sea, y realizó todo aquello que le acercaba a Él.
Ya nos hemos referido en forma detallada a su desapego en nuestra “Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.)”, y transmitimos esos aspectos de su persona.

11- Su contrición a Dios, Glorificado Sea

Como parte de la elevación de la persona del Imam (a.s.) y entre los elementos de su moral se encuentra su completa contrición a Dios, Glorificado Sea. Fue uno de los más contritos y de los de mayor temor y sumisión a Él. Los historiadores narran escenas de su temor a Dios, Glorificado Sea. Entre las mismas se encuentran las siguientes:
1. Narró Abu Ad-Dardâ’ lo siguiente: Observé a ‘Alî Ibn Abî Tâlib que se encontraba en un lugar de Banî An-Naÿÿâr, habiéndose apartado y ocultado de sus adeptos y de quienes le seguían. Cuando unas palmeras lo cubrieron, le perdí de vista. Se había alejado de mí y me dije: “Ya debe estar en su casa”. Y he ahí que escuché una voz melancólica y melodiosa que decía:
“¡Dios mío! Cuántos actos de desobediencia has tolerado sin enfrentarlos con Tu castigo. Ante cuántos delitos te has comportado noblemente y que por Tu generosidad no dejaste al descubierto. ¡Dios mío! Si es que mi vida se prolonga en desobediencia a Ti, y se incrementan mis pecados en los registros, entonces yo no esperaré sino Tu perdón, y no aguardaré sino Tu complacencia…”.
Abû Ad-Dardâ’ quedó turbado y absorto por temor a Dios, Glorificado Sea, y comenzó a buscar al dueño de esa voz, pero en sólo unos momentos lo reconoció. He ahí que era el Imam de los temerosos, ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), por lo que se ocultó para escuchar el resto de sus letanías. El Imam comenzó a rezar y cuando concluyó la oración se dirigió a Dios, Glorificado Sea, con un corazón contrito, y comenzó a elevar sus letanías diciendo:
“¡Dios mío! Pienso en Tu indulgencia y mis errores me parecen insignificantes; luego recuerdo lo tremendo de Tu castigo y mi infortunio me parece inmenso…”.
Luego dijo:
“¡Ah! Si leyera en los registros un acto malo que yo hubiera olvidado pero que Tú has computado, y dices: “¡Llevadle!”, en tal caso, ¡qué cautivo será ese cuyo clan familiar no podrá salvarle, ni su tribu beneficiarle, y de quien se compadecerán las personas si es que se le permite clamar!… ¡Ah! Por aquel Fuego que cuece las entrañas y los órganos. ¡Ah! Por ese Fuego que escalda el cuero cabelludo. ¡Ah! Por esa gran cantidad de flamas llameantes”.
Dice Abû Ad-Dardâ’: Luego el Imam estalló en llanto y su voz se apagó. Me apresuré hacia él y le encontré como un trozo de madera caído y tieso. Le moví pero no hizo ningún movimiento y dije: “¡Por cierto que somos de Dios y a Él retornamos! ¡Por Dios que murió ‘Alî Ibn Abî Tâlib!”, y me dirigí presurosamente hacia su gente e informé a la Señora de las Mujeres, Fátima (a.s.). Ella me dijo: “¡Oh Abû Ad-Dardâ’! Cuéntame en qué estado le viste”.
Y le informé lo que vi. Entonces ella me dijo: “¡Ese es, ¡por Dios!, el desvanecimiento del que es objeto por temor a Dios…!”
Me acercó un poco de agua y me pidió que se la derramase en su noble cara. Hice así y él se despertó. Me observó en tanto me encontraba llorando y me dijo: “¿Por qué lloras, ¡oh Abû Ad-Dardâ’?”.
Abû Ad-Dardâ’ le dijo: “Lloro por lo que haces contigo mismo”. El Imam le respondió con voz melancólica:
“¡Oh Abû Ad-Dardâ’! ¿Y cómo sería si me vieras que soy convocado para el cómputo (de las acciones), cuando la gente que cometió crímenes tenga certeza del castigo, yo esté cercado por ángeles rudos e inclementes lenguas de fuego, me disponga ante el Soberbio Soberano, los vivos me hayan abandonado y la gente del mundo me compadezca? En ese caso tendrías más compasión por mí ante Quien nada se le oculta…”.
Abû Ad-Dardâ’ quedó fascinado por la piedad del Imam (a.s.) y su gran temor a Dios, Glorificado Sea, y por eso decía: “No vi eso en ninguno de los Compañeros del Mensajero de Dios (s.a.w.)”.[41]
2. Darâr le describió a Mu‘âwîiah respecto a la contrición y temor de Dios que vio en el Imam (a.s.) diciéndole: “Si le hubieras visto en su nicho de oración cuando la noche dejaba caer su velo y sus estrellas emergían, tomándose la barba y agitándose como aquel a quien le ha mordido una serpiente, y llorando con un llanto melancólico mientras decía:
“¡Oh vida mundanal! ¿Acaso a mí te me ofreces o de mí te has prendado? ¡Lejos está eso, lejos está eso! ¡No necesito de ti! Te he divorciado tres veces, por lo que no hay retorno hacia ti”.
Luego decía:
“¡Ah! ¡Ah! Por lo prolongado del viaje, la poca provisión y la dureza del camino”.
Mu‘âwîiah quedó turbado y dijo: “¡Suficiente, oh Darâr! ¡Por Dios que así era ‘Alî!”.[42]
3. Narró Nûf Al-Bakâlî acerca de la fuerte sumisión del Imam ‘Alî (a.s.) a Dios, Glorificado Sea, y su gran contrición a Él, de la siguiente manera: Solía rezar toda la noche y salir cada hora y ver el cielo, para luego recitar el Corán. Cierta vez pasó junto a mí y me dijo: “¡Oh Nûf! ¿Estás dormido o despierto?”.
Le respondí: “Estoy con los ojos abiertos observándote ¡oh Amîr Al-Mu’minîn!”.
Entonces se volvió hacia mí y me dijo:
“¡Oh Nûf! ¡Bienaventurados sean los desapegados del mundo, los deseosos por el Más Allá! Esos son los que adoptaron la tierra como almohada, su polvo como frazada, su agua como perfume, al Corán como abrigo, y la súplica como ropaje. Pasaron por el mundo sin detenerse en él, tal como lo hizo Jesús hijo de María (a.s.). Dios, Imponente y Majestuoso, reveló a Jesús hijo de María: ‘Di a los nobles de los Hijos de Israel que no ingresen a ninguna de Mis moradas sino con corazones puros, ojos sumisos, y manos lozanas. Y diles: Sabed que Yo no responderé la invocación de ninguno de vosotros que en su corazón cargare con algún agravio cometido contra Mis criaturas’…”.[43]
4. Narró Abû Ÿa‘far (el Imam Muhammad Al-Bâquir, con él sea la paz):
“Fui a ver a mi padre ‘Alî Ibn Al-Husain (a.s.) y he ahí que había alcanzado un grado tal de adoración como nadie lo había hecho, de manera que su rostro se había tornado amarillento por el desvelo y sus ojos se habían hinchado por el llanto, su frente se había ulcerado, su nariz se encontraba escarpada por la prosternación, y sus piernas y pies estaban entumecidos por la oración”.
Dijo Abü Ÿa‘far (a.s.):
“No pude contenerme cuando le vi en ese estado y llorando, y yo mismo lloré compadeciéndome por él. Entonces se volteó hacia mí y dijo: ‘¡Alcánzame una de esas páginas en las que se encuentra la adoración de ‘Alî Ibn Abî Tâlib!’. Se la alcancé y leyó un poco; luego las soltó desazonado y dijo: ‘¿Quién tendría tanta fortaleza como para adorar como lo hacía ‘Alî Ibn Abî Tâlib?’”.[44]

12- Su generosidad

El Imam Amîr Al-Mu’minîn (a.s.) era de entre los más generosos entre la gente, y el que más buenas obras y caridad realizaba para los pobres. Consideraba que los bienes materiales no tenían más valor que el de saciar el hambre del hambriento o el de vestir al desnudo. Solía preferir a los pobres por sobre sí mismo aunque estuviera en extrema necesidad. ¿Acaso no fue él y la gente de su casa quienes dieron de comer su propia ración de comida al indigente, al huérfano y al liberto, y pasaron tres días en ayuno sin probar más que agua pura, por lo cual Dios les confirió la Sûra Hal Atâ (nº 76), la cual es un noble distintivo y constituye un honor para ellos a los largo de la historia?
El Imam (a.s.) es quien dio su anillo como limosna al mendigo mientras se encontraba rezando, y Dios reveló a su respecto la noble aleya que dice: «Por cierto que solamente es vuestro Walî: Dios, Su Mensajero y los creyentes que realizan la oración y dan el zakât mientras se encuentran inclinados en oración».[45]

Reseñas de su generosidad:

Los historiadores mencionaron algunas manifestaciones de la generosidad del Imam (a.s.) y su caridad para con los pobres, entre las que se encuentran las siguientes:
1. Narró Al-Asbag Ibn Nubâtah lo siguiente: Llegó un hombre a ver al Imam (a.s.) y le dijo: “¡Oh Amîr Al-Mu’minîn! Tengo una necesidad que requerirte, la cual he elevado a Dios antes de elevártela a ti. Si me la proporcionas alabaré a Dios y te lo agradeceré, y si no lo haces alabaré a Dios y te excusaré de ello”.
El Imam (a.s.) le dijo:
“Escribe tu necesidad sobre la tierra puesto que no me agrada observar en tu rostro la humillación por tener que requerir”.
El hombre escribió: “Estoy necesitado”. Entonces el Imam ordenó que le trajeran una vestidura que le obsequió. El hombre la vistió y dijo:
Me vestiste con una prenda cuyos atractivos conforman una prueba,
Así que te investiré del buen elogio como atavío.
Si tomas lo bueno de mi elogio tomarás lo que es una honra
Y no procurarás nada en lugar de lo que he dicho.
El elogio vivifica la mención de su dueño,
Así como la lluvia revive el valle y la montaña.
Jamás te abstengas de otorgar el bien que está a tu alcance,
Puesto que toda persona será retribuida por lo que haya hecho.
El Imam ordenó que le trajeran cien dinares y se los entregó. Al Asbag, sorprendido, se apresuró a decir:
“¡Oh Amîr Al-Mu’minîn! ¡¿Cien dinares?!”.
A Al-Asbag le pareció demasiado darle al hombre cien dinares. El Imam (a.s.) le respondió:
“Escuché al Mensajero de Dios (s.a.w.) decir: “Dad a la gente el lugar que les corresponde”; y ese es el lugar del hombre ante mí”.[46]
2. Entre las muestras de su generosidad está que cuando dividió el Tesoro Público de Basora entre su ejército, dio a cada uno quinientos dinares y él tomó para sí la misma cantidad. Un hombre que no participó de ese suceso vino a verle y le dijo: “Yo estuve presente contigo con mi corazón a pesar de que mi cuerpo no estaba junto a ti; así pues, dame algo del botín”.
El Imam (a.s.) le dio lo que había tomado para sí mismo y de esa manera regresó sin tener parte alguna de ese botín.[47]
3. Entre sus muestras de generosidad está lo que narró Al-Mu‘al·lâ Ibn Junais del Imam As-Sâdiq (a.s.) sobre que:
“‘Alî (a.s.) llegó al refugio de Banî Sâ‘idah mientras llovía, y llevaba consigo un saco con pan. Pasó junto a un grupo de gente pobre que estaba dormida, y comenzó a introducir una o dos hogazas bajo sus frazadas hasta llegar al último, y luego se marchó”.[48]
4. Salió el Imam (a.s.) llevando sobre su espalda un odre y en su mano un recipiente, mientras decía:
“¡Dios mío! ¡Walî de los creyentes, Dios de los creyentes, Cobijador de los creyentes!, acepta mis acciones de esta noche. No ha entrado la noche sin que yo posea más que lo que hay en mi recipiente y lo que me cubre. Tú sabes que me lo he vedado a mí mismo en la severidad de mi hambre para ganarme Tu cercanía. ¡Dios mío! ¡No des vuelta mi rostro, ni rechaces mi invocación!”.
Y a continuación comenzó a alimentar a los pobres.[49]
5. El Imam (a.s.) tenía cuatro dírhams y dio uno de limosna por la noche, el segundo lo dio de día, el tercero lo dio ocultamente y el cuarto notoriamente. Luego fue revelada la aleya que dice: «Aquellos que hacen caridad con sus bienes por la noche…».[50]
6. En épocas del Profeta (a.s.) había un pobre viviendo en una casa muy estrecha, ubicada junto a una quinta perteneciente a un hombre pudiente, en la cual había una palmera datilera de la cual algunos frutos caían en la casa del pobre. El hombre pudiente se apresuraba a recogerlos incluso de la boca de los niños. El pobre se quejó de ello ante el Profeta (s.a.w.) por lo cual envió en busca de ese hombre y le pidió que le vendiera (la quinta), a cambio de una quinta en el Paraíso. El hombre se negó diciendo: “No vendo a crédito”, y de esa manera no aceptó la propuesta del Profeta (s.a.w.). El Profeta (s.a.w.) le informó al Imam ‘Alî (a.s.) del asunto y éste se dirigió hacia el hombre y le pidió que le vendiera su quinta. El hombre aceptó a condición de que le diera a cambio una quinta que el Imam poseía. El Imam (a.s.) aceptó y de esa forma se la vendió, y luego el Imam procedió a obsequiar aquella quinta al pobre.[51]
Éstas fueron algunas muestras de la generosidad del Imam (a.s.), quien solía gastar sus bienes entre los desafortunados y los pobres.
Dijo el poeta Ash-Sha‘bî: “‘Alî fue el más generoso entre la gente. Tenía la virtud moral que era amada por Dios, Glorificado Sea, que era la liberalidad y la generosidad. Nunca le dijo que no a un mendigo”.[52]
Hemos extraído estos temas de nuestra Enciclopedia acerca del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.).


[1] Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), t.5, pp.23 y 24.
[2] Amâlî al-Murtadâ, t.1, p.525; Al-Manâquib, t.1, p.380.
[3] Al-Manâquib, t.1, p.380.
[4] Sharh Nahÿ al-Balâgah, t.1, p.23.
[5] Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), t.1, pp.112-115.
[6] Al-Manâquib, t.1, p.373.
[7] Al-Manâquib, t.1, p.382.
[8] Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), t.11, p.35.
[9] Rabî‘ al-Abrâr, t.4, p.131.
[10] Rabî‘ al-Abrâr, t.4, p.127.
[11] Ibíd., t.4, p.131.
[12] Rabî‘ al-Abrâr, t.4, p.132.
[13] Amâlî Al-Murtadâ, t.1, p.274.
[14] Ÿâmi‘ as-Sa‘adât, t.1, p.202.
[15] Sharh Nahÿ al-Balâgah, de Ibn Abîl Hadîd, t.20, p.206.
[16] Haiât Al-Imâm Al-Husain Ibn ‘Alî (a.s.), t.1, p.423.
[17] Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), t.11, pp.33 y 34.
[18] At-Tamzîl wal Muhâdarah, p.284.
[19] Jazânat al-Adab, t.3, p.59.
[20] Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), t.11, p.29.
[21] Ta’rîj Al-Ia‘qûbî, t.2, p.129.
[22] Nahÿ al-Balâgah, t.3, p.163.
[23] Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), t.11, p.29.
[24] Ta’rîj Dimashq, t.3, p.252.
[25] Sifat as-Safwat, t.6, p.168.
[26] Al-Gârât, t.1, p.99.
[27] Al-Istî‘âb (impreso en los márgenes de Al-Isâbah), t.2, p.49; Ÿawâhir al-Matâlib, t.1, p.284.
[28] Sifat as-Safwat, t.6, p.168.
[29] Hiliat al-Awliâ’, t.3, p.236.
[30] Al-Manâquib, t.1, p.367.
[31] Al-Manâquib, t.1, p.366.
[32] Ibíd.
[33] Al-Manâquib, t.1, p.364.
[34] Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), t.11, p.106.
[35] Musnad Ahmad Ibn Hanbal, t.2, p.351.
[36] Hiliat al-Awliâ’, t.1, p.81; Kanz al-‘Ummâl, t.15, p.164.
[37] Un tipo de dátil.
[38] Enciclopedia del Imam Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî Ibn Abî Tâlib (a.s.), t.11, p.107.
[39] Muntahâ al-Âmâl, t.1, p.334.
[40] Ta’rîj Dimashq, t.3, p.236; Ÿawâhir al-Matâlib, t.1, p.276.
[41] Amâlî As-Sadûq, pp.248-249; Bihâr al-Anwâr, t.41, p.18.
[42] Amâlî As-Sadûq, p.371; Bihâr al-Anwâr, t.41, p.16.
[43] Al-Jisâl, p.164.
[44] Al-Irshâd, p.271; Wasâ’il ash-Shî‘ah, t.1, p.68.
[45] Sûra al-Mâ’idah; 5: 55.
[46] Ÿawâhir al-Matâlib, t.2, p.129.
[47] Sharh Nahÿ al-Balâgah, t.1, p.205.
[48] Al-Manâquib, t.1, p.349.
[49] Bihâr al-Anwâr, t.41, p.29.
[50] Kashf al-Gummah, t.1, p.50. La aleya es la nº 274 de la Sûra al-Baqarah.
[51] Tafsîr al-Furât, p.213.
[52] Mustadrak Al-Hâkim, t.3, p.153; Usud al-Gâbah, t.5, p.522; Tahdhîb at-Tahdhîb, t.12, p.441.

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