sábado, 18 de diciembre de 2010

Discurso de Zeinab (a.s.) ante la corte de Iazid


Traducido del persa por: Zeinab A. Morhell



Iazíd ibn Mu’auiah estaba apoyado altaneramente en su trono gubernamental mientras los traidores lo rodeaban y lo adulaban. Tras el suceso de ‘Ashura’, le habían llevado como prisioneros a la familia del Imam Al-Husein (a.s.) y él se veía a sí mismo como el campeón y triunfador del campo de batalla frente a las mujeres y niños que se encontraban atados. Por medio de recitar horribles e insultantes poesías, Iazíd ofendía con total descaro al sagrado santuario huseiní frente a la familia del Mensajero de Dios (s.a.w.). El ruido del llanto de la familia del Imam (a.s.) no se cortaba un solo instante, y las llamas desconsoladoras que habían sido encendidas en los pechos por el martirio del Imam Al-Husein (a.s.) y de los hijos y compañeros del Imam Al-Husein (a.s.) no se sofocaban ni un momento. Mientras tanto, la hija de Amir Al-Mu’minin ‘Ali ibn Abi Talib (a.s.), que en Karbalá había acompañado sombra a sombra a su hermano el Señor de los Mártires (a.s.), los disparates que decía Iazíd herían su corazón. Con el idioma de su padre Haidar, el honor de su hermano el Imam Al-Husein y con la castidad de su madre Az-Zahra, Zeinab pronunció las siguientes palabras en contra de aquel demonio rebelde:

“La Alabanza pertenece a un Dios que es el Creador del Universo. Que las Bendiciones y Paz sean con mi abuelo, el grande de los Mensajeros. Dios fue Veraz al decir que: “El final de aquéllos que hicieron malas obras, llegó a tanto que desmintieron las aleyas de Dios y las tomaron como burla y diversión”.
 
¡Oh Iazíd! ¿De verdad crees que has vuelto estrechos para nosotros los derredores de la tierra y los horizontes del cielo, y que nos has cerrado el camino de la solución, como para que nos arrastren por todos lados como esclavos, y que ante Dios somos nosotros despreciables y tú honorable ante Él? ¿Crees que el que hayas prevalecido sobre nosotros demuestra tu grandeza y dignidad ante Dios? Por lo tanto has levantado tu nariz, te jactas y presumes de ti mismo; te contentaste y alegraste por el hecho de que el mundo esté en tus manos y sea tu prisionero, y porque tus actos se han engalanado y el reino y la posición de liderazgo se han allanado y alisado para ti. Entonces, serénate y aplácate un poco. ¿Acaso has olvidado lo que dijo Dios: “Aquéllos que se volvieron incrédulos y siguieron el camino de la rebelión, que ni piensen que si les damos un tiempo eso les beneficiará. Nosotros les damos tiempo para que aumenten sus pecados y tengan un severo castigo”. ¡Oh hijo de aquéllos que fueron hechos prisioneros en el día de la Conquista de La Meca por nuestro abuelo el Profeta de Dios (s.a.w.) y que luego fueron liberados por él! ¿Acaso es justo que hagas sentar a tus mujeres y esclavas detrás de las cortinas mientras que nos llevas a nosotras las hijas del Mensajero de Dios (s.a.w.) de aquí para allá como prisioneras, rasgas sus cortinas y las descorres frente a ellas para que los enemigos las lleven de una ciudad a otra, y tanto conocidos como extraños fijen sus miradas en ellas; el cercano y el lejano, el honorable y el ruin, miren sus rostros? 

De sus hombres ya no quedan ni protectores, ni asistentes, ni defensores y ni tampoco auxiliadores. De verdad, ¿cómo se puede esperar compasión alguna del hijo de aquélla que mordisqueó el hígado de los puros y lo botó, y cuya carne creció de la sangre de los mártires? ¡Cómo no ha de apresurarse a la enemistad con nuestra familia aquel que nos ve con una mirada de odio y enemistad. Sin considerarte pecador ni darte cuenta de la magnitud de este pecado e impertinencia, dices: “¡Ojalá mis padres hubiesen estado presentes para que se hubiesen alegrado y me hubiesen dicho ¡bravo!…”, en tanto que señalas con una caña de bambú los dientes de Aba ‘Abdil·lah Al-Husain, el Señor de los Jóvenes del Paraíso (a.s.) y golpeas sus labios y dientes? Y por qué no dirías eso, tú, que quitaste, resquebrajaste y desarraigaste la piel de la herida de nuestro corazón? Invocas a tus padres con esta sangre que derramaste de la familia de Muhammad (s.a.w.) y de las brillantes estrellas sobre la Tierra de entre los hijos de ‘Abdul Muttalib, creyendo que tu voz llega a sus oídos, pero pronto irás a parar allí donde ellos se encuentran, y entonces anhelarás que ojalá hubieras sido manco y mudo y nunca hubieras pronunciado esas palabras, ni hubieras hecho lo que hiciste.

¡Oh Dios! ¡Restituye nuestro derecho y véngate de aquel que nos ha oprimido, y haz descender Tu ira sobre aquel que derramó nuestra sangre y mató a nuestros compañeros! ¡Oh Iazíd! ¡Juro por Dios que no desgarraste sino tu propia piel, y no cortaste sino tu propia carne, y ciertamente que con esa misma carga de haber derramado la sangre de la familia del Mensajero de Dios (s.a.w.) y violado su sacralidad en cuanto a su familia y parientes que llevas sobre tus hombros, te presentarás ante Muhammad (s.a.w.) en aquel momento en que Dios reúna a todos y convierta su separación (segregación, disgregación) en reunión, y tome sus derechos, puesto que Dios dice: “Jamás creas que aquéllos que fueron matados en la senda de Dios están muertos, sino que están vivos y ante Dios siendo agraciados”. Te es suficiente que Dios sea el Gobernador y el Juez, y Muhammad (s.a.w.) nuestro querellante, el Ángel Gabriel nuestro defensor. Pronto esa persona que te engañó y te hizo gobernar sobre la gente (o sea, Mu‘auiah), sabrá que los opresores tendrán una mala retribución, y entenderá la posición de cuál de vosotros es peor y cuál ejército el más débil. Aún cuando las desagradables circunstancias de los tiempos me han llevado a hablar contigo, sabe que tu valor ante mí es insignificante, y tu reproche es mayúsculo y tu envilecimiento enorme.

Pero qué puedo yo hacer si los ojos están llenos de lágrimas y los pechos están ardientes. Has de saber que causa asombro y es bastante sorprendente que las nobles personas del Partido de Dios son)asesinadas en la guerra contra el Partido del Demonio, que eran unos esclavos liberados, y que nuestra sangre gotee de la punta de vuestras garras y nuestra carne caiga de vuestras bocas, y que estos puros y purificados cuerpos sean siempre en alimento para vuestros feroces lobos, y han sido frotados en la tierra bajo las zarpas de las crías de hienas, y si hoy imaginas que somos un botín  para ti, pronto comprenderás que fuimos la causa de tu perdición, y ello será en aquel momento en que todo lo que hayas enviado de antes lo verás, y el Señor no te permitirá oprimir a los siervos. Yo me quejaré ante Dios, y me encomiendo a Él…”

Con sus declaraciones semejantes a las de ‘Ali (a.s.), Hadrat Zeinab Al-Kubra mancilló y desacreditó para siempre a Iazíd y a los Iazidian ante los amigos y enemigos de Ahl-ul Bait (a.s.), y con una voz haidarí, hizo llegar el mensaje de ‘Ashurá’ de Husein a oídos de todas las personas libres. Así pues, mientras el nombre de Husein (a.s.) esté vivo, el nombre de Zeinab Al-Kubra también estará vivo.
 
 




No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada