martes, 30 de julio de 2013

Clases sobre Shiísmo - 21



Serie de clases sobre Shiísmo impartidas por Sumeia Younes

(Las clases fueron grabadas, transcritas y luego editadas por la autora para poder disponer de ellas en forma de texto)

Clase 21

En el Nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordiosísimo

LA SHΑAH EN ÉPOCA DE LOS OMEYAS (1)

Introducción:


En esta clase vamos a hacer un recorrido por las difíciles condiciones históricas y las vicisitudes por las que tuvieron que atravesar los shias y los Imames (a.s.) durante la época del Califato Omeya.

El Califato Omeya comenzó con el gobierno de Mu’âwîiah ibn Abî Sufiân en el año 41 H.L., y culminó en el año 132 H.L. con el gobierno de Marwân Al-Himâr. Durante este período los shias vivieron bajo condiciones muy difíciles.


Se puede dividir la época de los omeyas en dos períodos generales. El período anterior al levantamiento de Karbalâ’, y el período posterior al levantamiento de Karbalâ’. Lo dividimos así porque el suceso de Karbalâ’ tuvo un gran efecto en los sentimientos y pensamientos de los musulmanes, lo que puso al gobierno omeya en un serio aprieto.

Seguidamente vamos a hablar en forma resumida respecto a la situación de la Shî‘ah durante estos dos períodos:

a)    Período anterior al levantamiento de Karbalâ’

Tras el martirio de Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî (a.s.), su hijo, el Imam Al-Hasan Al-Muÿtabâ (a.s.), el nieto del Profeta (s.a.w.), se hizo cargo del Imamato, que se prolongó hasta el año 50 H.L., año en el que, por un plan trazado por Mu‘âwîiah, el Imam alcanzó el martirio a manos de una de sus esposas, llamada Ÿu‘dah, la hija de Al-Ash‘az ibn Qeis. Ella lo envenenó. Por supuesto, el período del Califato manifiesto del Imam Al-Hasan (a.s.) no había durado más que algunos meses.[1]
Mu‘âwîiah no solo no le había dado la bai‘ah al Imam Al-Hasan (a.s.), negándose a reconocerlo como Califa e Imam de los musulmanes, sino que se sublevó en su contra. Debido a que, por un lado, entre los musulmanes ya había personas con diversas tendencias doctrinales, y por otro lado, con sus diferentes intrigas Mu‘âwîiah había logrado romper la unidad de aquellos que sí le habían dado la bai‘ah al Imam, al punto que muchos de esos hipócritas incluso estaban dispuestos y habían decidido entregar al Imam a Mu‘âwîiah por motivos mundanos… Teniendo en cuenta esta situación, el Imam Al-Hasan (a.s.) consideró que debía aceptar la propuesta de paz que le había hecho Mu‘âwîiah, por supuesto, bajo ciertas condiciones que el Imam (a.s.) le había puesto.
Entre esas condiciones estaba que Mu‘âwîiah y sus partidarios debían abstenerse de seguir insultando y maldiciendo a Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî (a.s.). Además, que no debía molestar y acosar a los shias, y que debía otorgarles sus derechos del Tesoro Público de los musulmanes.
Mu‘âwîiah en principio aceptó estas condiciones pero después no actuó en base a las mismas. Cuando llegó a Nujailah -en las cercanías de Kufa- disertó ante la gente y les dijo abiertamente: “Yo no os he combatido para que realicéis la oración y la Peregrinación, y deis el zakât. Vosotros ya hacéis eso. Yo os he combatido para gobernar por sobre vosotros, y Dios me ha otorgado eso a pesar vuestro. Tenéis que saber que yo no voy a actuar según lo que he pactado y prometido a Hasan ibn ‘Alî”.[2] De esta manera quebrantó el pacto, y la práctica de los omeyas de insultar a Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî (a.s.) desde los púlpitos de las mezquitas en los discursos oficiales continuó por un período de setenta años hasta que ‘Umar ibn ‘Abdul ‘Azîz, apodado “el justo de los omeyas”, abolió y suprimió esta práctica.
Tras el Pacto de Paz que hizo con Mu‘âwîiah, el Imam Al-Hasan (a.s.) regresó a Medina y residió allí hasta el final de su vida, guiando y liderando a los shias, y éstos se beneficiaban del conocimiento del Imam en las cuestiones académicas y religiosas -por supuesto en la medida que la situación política reinante lo permitía-, porque en esa época reinaba sobre el mundo islámico una situación política asfixiante y muy difícil, al punto que mantener cualquier contacto amistoso con la familia de ‘Alî (a.s.) se consideraba un crimen imperdonable por parte del aparato omeya liderado por Mu‘âwîiah.
Ibn Abil Hadîd –famoso sabio mu‘tazilita- transmitió del libro “Al-Ahdâz” de Abul Hasan Al-Madâ’inî: “Tras tomar las riendas de los asuntos de los musulmanes Mu‘âwîiah en algunas de sus cartas que les escribía a sus oficiales de gobierno en las diferentes ciudades del territorio islámico les ordenaba que trataran a los shias duramente, que eliminaran sus nombres del Diwân (o listado de personas que recibían dádivas), que cortaran sus sueldos del Tesoro Público, y que torturaran a todo el que manifestara su amor por ‘Alî ibn Abî Tâlib (a.s.).
A raíz de estas órdenes de Mu‘âwîiah la vida para los shias -especialmente la de los shias de Kufa- se volvió muy difícil, y por temor a los espías y oficiales de Mu‘âwîiah, la inseguridad imperó por todas partes, e incluso las personas no confiaban ni en sus propios sirvientes.
Por otra parte, además de prohibir que se narraran las virtudes de ‘Alî ibn Abî Tâlib (a.s.), Mu‘âwîiah ordenó que se narraran virtudes para ‘Uzmân y que se les demostrara el máximo respeto y afecto a los partidarios de ‘Uzmân. Aún más, ordenó que para opacar las virtudes de ‘Alî ibn Abî Tâlib (a.s.) se inventaran y divulgaran las mismas virtudes para el resto de los Compañeros, especialmente los 3 primeros califas. A raíz de estas órdenes se difundieron muchísimos hadices inventados en la sociedad islámica.
El método de Mu‘âwîiah también continuó tras él, y tal como dijo Ibn ‘Urfah -conocido como Naftawaih, uno de los grandes transmisores de hadices-: La mayoría de los hadices inventados respecto a las virtudes de los Compañeros fueron inventados en épocas de los Omeyas. Por medio de esto ellos pretendían vengarse de Banî Hâshim”.[3]
Además, Mu‘âwîiah le pagó a ciertos narradores de hadices como Samurah ibn Ÿundab para que inventaran y transmitieran hadices en detrimento de ‘Alî ibn Abî Tâlib (a.s.).
Resumiendo, en épocas del gobierno de Mu‘âwîiah que continuó hasta el año 60 H.L., los shias vivieron bajo las más difíciles condiciones, fueron víctimas de los más atroces crímenes por parte del aparato omeya, y muchas de las grandes personalidades de los shias como Huÿr ibn ‘Adî, ‘Amr ibn Al-Hamaq Al-Juzâ‘î, Rushaid Al-Haÿarî, ‘Abdul·lah Al-Jadramî y otros, fueron martirizados por órdenes de Mu’âwîiah.
Además, contrario a lo que había aceptado en el Pacto de Paz con el Imam Al-Hasan (a.s.), respecto a que no designaría a nadie como su sucesor, Mu‘âwîiah designó a su hijo Iazîd -que era un bebedor de embriagantes y jugaba con perros y monos- como su sucesor para ser el Califa y liderar a los musulmanes, y a pesar de la oposición de un grupo de grandes personalidades del mundo islámico, Mu‘âwîiah logró tomar la bai‘ah de la gente para su hijo.
El Imam Al-Husein (a.s.), que se hizo cargo del asunto del Imamato tras el martirio de Imam Al-Hasan en el año 50 H.L., en su trato con Mu‘âwîiah siguió el método de su hermano Al-Hasan (a.s.) y no se levantó en su contra, pero por supuesto, aprovechaba cualquier oportunidad para divulgar entre la gente las injusticias y desenfrenos de Mu‘âwîiah y sus oficiales.

b)    Período posterior al levantamiento de Karbalâ’

Con la muerte de Mu‘âwîiah en el año 60 de la Hégira, su hijo Iazîd tomó las riendas del gobierno islámico. Él había decidido tomar a como diera lugar la bai‘ah de la gente de Medina, especialmente la de algunas personalidades destacadas, entre las que se encontraba el Imam Al-Husein (a.s.). Pero el Imam no aceptó darle la bai‘ah y abandonó Medina para dirigirse a La Meca. Residió algunos meses en La Meca y cuando se enteró que Iazîd y sus oficiales pretendían matarlo atacándole por sorpresa durante las ceremonias del Haÿÿ, el Imam abandonó La Meca para dirigirse hacia Kufa. Había elegido Kufa puesto que la mayoría de su gente eran shias y le habían enviado muchísimas cartas invitándolo a Kufa, anunciándole su fidelidad a él y su repudio a Iazîd. Pero las amenazas de ‘Ubaidul·lâh ibn Ziâd, que era el gobernador de Kufa designado por Iazîd, cambiaron la decisión de la mayoría de ellos, lo que trajo aparejado el sangriento suceso de Karbalâ’ en el año 61 H.L., donde fueron martirizados injustamente el Imam Al-Husein (a.s.) y sus sacrificados compañeros, y sus mujeres e hijos fueron tomados prisioneros.
Aún cuando el suceso de Karbalâ’ aparentemente finalizó con la victoria de Iazîd y del aparato omeya, y la derrota del Imam Al-Husein (a.s.) y sus compañeros, sin embargo, en realidad este suceso fue un punto de inflexión en la historia del Islam y la vida del Shiísmo, y produjo una gran transformación en el mundo islámico, despertando las mentes aletargadas de los musulmanes, y puso de manifiesto para la gente la crueldad y la animadversión hacia la religión por parte de los omeyas, y al mismo tiempo la grandeza y la procura de la verdad y la justicia del Imam Al-Husein y sus compañeros. Este gran movimiento del Imam echó abajo los veinte años de esfuerzos e intentos de Mu‘âwîiah por borrar el nombre de la familia de ‘Alî (a.s.) y por presentar al Shiísmo como ilegítimo.
Tal como escribieron los historiadores tanto shias como sunnis, el sangriento suceso de Karbalâ’ tuvo un gran efecto en provocar la repulsión y repudio en los corazones de los musulmanes con relación a Iazîd y el gobierno omeya, y por otra parte, inclinó los corazones aún más hacia Ahl-ul Bait, la familia del Profeta, duplicando su afecto y amor por ellos, al punto que incluso en Shâm (actual Siria) donde por años se había divulgado en contra del Imam ‘Alî (a.s.) y su familia, y había sido la capital del gobierno de Mu‘âwîiah y Iazîd, el entorno general pasó a estar en contra de los omeyas y a favor de la familia del Profeta (s.a.w.). 





[1] Ia’qûbî transmitió que fueron solo dos meses, y según otra versión, fueron cuatro meses (Ta’rîj al-Ia’qûbî, t. 2, p. 121). Pero según lo transmitido por As-Suiûtî, el período del Califato manifiesto de Al-Hasan (a.s.) fue de cinco a seis meses (Ta’rîj al-Julafâ’, p. 192).
[2] Al-Irshâd, del Sheij Mufîd, t. 2, p. 14.
[3] Sharh Nahÿ al-Balâgah, t. 11, pp. 44-46.

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